El inquilino
Él llegó aquí diciendo que necesitaba un lugar donde vivir. Pero pronto comprendí que había venido a destruir nuestros planes de vida…nuestra paz.
Un año atrás, mi rutina fue escuchar música tranquila en mis momentos de ocio cultural: lectura, escritura, o en los momentos que mi trabajo me sofocaba y necesitaba un respiro.
¡Cómo extraño esa paz! Aquella calma sencilla en la que las horas parecían transcurrir sin dejar huella. Deslizarme por la casa en silencio, sin angustia, sin enfados. Sin esa sensación persistente de que alguien más está presente en mi espacio. A veces, incluso cuando la casa parece vacía, puedo sentir una presencia detrás de las paredes, atenta, inmóvil, esperando. Acechando.
Astronómicamente, por la fecha, aún es verano; pero la imagen que proyectan los días es el anuncio de un inverno apresurado. La estampa del atardecer tiene algo de invierno nostálgico: la luz comienza a retirarse temprano, una luz débil que apenas consigue atravesar las ventanas, los rincones adquieren una sombra distinta; el aire parece distinto y, de alguna manera, todo me recuerda aquellos días de calor abrasador, al sudor que brotaba a chorros empapando mi piel, al cansancio bajo el sol y a la desesperación por encontrar un poco de alivio a la sombra.
Ahora, en cambio, siento frío.
Un frío extraño.
No nace de la temperatura, sino de la casa.
El inquilino indeseado vino aquí. Y toda aquella paz terminó con su llegada. Y poco a poco, fue destruyendo lo que se había hecho. Él decidió venir a esta casa, como si algo lo hubiese llamado. Y a veces me pregunto si solo se trata de una persona.
Al principio pensé que sería algo temporal, una presencia pasajera
que terminaría por desvanecerse con el tiempo.
No fue así. No se marchó.
Poco a poco, la casa comenzó a sentirse diferente.
Desde que llegó, tengo la extraña impresión de que la casa ya no nos pertenece.
Y aquello que alguna vez sentí como mi refugio dejó de serlo. La casa dejó de parecerme luminosa, las plantas que antes me parecían extraordinariamente bellas, hoy cuelgan de sus ramitas las hojas secas, modelo de mi descuido y abandono. Los cristales de las ventanas, que mucho tiempo mantuve impecables, hoy acumulan polvo, con unas letras garabateadas sobre ellas.
O quizá simplemente fui yo quien empezó a mirar la casa y las cosas de otra manera.
A veces intento recordar cómo era antes.
Y ahí es donde comienzan las dudas.
Recuerdo la tranquilidad, eso sí. Recuerdo la música, las tardes,
la sensación de estar solo y de que ese silencio me pertenecía.
Después el silencio cambió. Se volvió demasiado largo. Pesado. Insostenible. Silencio que parecía esconder algo.
Hay noches en las que por un instante tengo la impresión de que algo en la casa recuerda cómo era antes de que él llegara. Como si también ella extrañara esa época. Como si estuviera esperando que algún día vuelva la paz.
No me sorprende cuando escucho crujir la casa en algún lugar lejano.
Porque ya no sé si son las paredes acomodándose con el paso del
tiempo…o si simplemente la casa trae a su memoria sus propios recuerdos…
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