Estrellas...
Me desperté sin razón de un tranquilo sueño. Eran las 2:00 de la madrugada y el cielo permanecía en silencio, oscuro y profundo. El silencio fue roto solo por el ruido de los motores automotrices que a esas horas circulaban por la calle. Ni un maullido, ni un ladrido, ni una voz humana que recordaran a la creación se dejaron escuchar en ese rato.
Levanté la vista a través de la ventana, que dejé abierta
permitiendo la entrada del aire fresco de principios de octubre. En el cielo
vislumbré algo que llamó mi atención: tres estrellas celestes, brillando con
una luz serena, dispuestas en perfecta armonía, una debajo de la otra.
No parecían estar allí por casualidad.
Durante unos instantes permanecí contemplándolas. Sentí una extraña
paz, como si aquella pequeña alineación quisiera decirme algo que no podía
comprender con palabras. Acudió a mi mente el recuerdo de años pasados:
equivocaciones, sentimientos expresados de forma indebida, palabras que no
dije. Pensé entonces que quizá el cielo también tiene formas de hablarnos, pero
que debemos aprender a mirar con algo más que los ojos.
Cerré los ojos por un momento y elevé una oración en silencio. Una sola palabra brotó de mis labios: ¡¡¡Gracias!!!
Cuando volví a mirar, las tres estrellas habían desaparecido.
El cielo estaba nuevamente vacío.
Sin embargo, algo había cambiado dentro de mí. Comprendí que quizá
no necesitaba saber cuánto tiempo permanecería aquella señal, ni por qué había
aparecido precisamente esa noche.
Algunas luces llegan solamente por unos instantes, pero basta con
haberlas visto para que su resplandor permanezca en el alma.
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