El veneno que entra por los ojos

 






                                           Imagen creada por IA Gemini


I.- Nunca serás "Ella"

Junio, 2025


Se dejó caer de rodillas en medio de la sala. Doblada sobre sí misma, lloraba como si algo dentro de ella se estuviera rompiendo. Los sollozos eran ásperos, desesperados, casi animales. Las lágrimas caían sin descanso, pero no eran suficientes para apagar el fuego que le quemaba el pecho. Se cubrió el rostro con ambas manos, como si pudiera esconderse de la única verdad que la perseguía desde hacía años; intentando sobrevivir al derrumbe de su propio mundo. Lágrimas, una limpieza profunda del corazón, que ha guardado momentos, palabras y actitudes sin quejarse, con la esperanza de ser admirada, deseada y amada por alguien. Pero no por Sebastián, para él solo existe cualquier otra mujer, menos ella. Momentos después el sonido de un mensaje se hace presente.

 

“¿Te gustó lo que viste?”


El mensaje se muestra en la pantalla del celular con una crueldad y burla que casi pueden tocarse. Hiriente como el filo de una navaja rasgando su piel. Ese golpe bajo de Sebastián la ha quebrado.  Decide no contestar. Seca sus lágrimas con la mano, trata de recomponerse, total, no es la primera vez que se entera de los deslices de su marido, pero sí es la primera vez que lo sorprende in fraganti con su amante de turno. Esa mañana escucha un murmullo de voces apagadas que el viento arrastra desde la calle. Risillas nerviosas. Una punzada de celos golpea su estómago al reconocer la voz de su esposo. Llega hasta la verja de entrada, se desliza sin hacer ruido entre los arbustos y por los huecos que dejan entre sí las hojas de sus queridas plantas y arbolitos, ve a Sebastián hablando ¿o…debería decir coqueteando? con Yara, la joven vecina de al lado. El ruido del tráfico le impide escuchar lo que dicen. La escena es clara. Yara está recargada en el tronco del árbol, sobre ella Sebastián. Sonríen, seguro hablan tonterías de amantes. Observa de pronto a su esposo inclinarse sobre la vecina. Emma se queda estática ante la escena. Celos. Ira. Impotencia por no estar en el lugar de la amante en turno de Sebastián. Atormentada entre sus deseos y sentimientos, no lo ve venir: los ojos de Sebastián ahora están clavados en los suyos; y lo que reflejan esos ojos es burla. Emma, como en un trance hipnótico, observa a Sebastián saciarse de los atributos maternales de Yara. 

El timbre del celular se escucha, mira el nombre de Sebastián en la pantalla. Duda si contestar o no. Al final, con la esperanza de que el hombre le pida perdón, contesta. 

—¿Sí? 

—No me has contestado el mensaje.

—¿Es una pregunta o una provocación? -Contesta con la voz más calmada que puede. 

—Digamos que… curiosidad. Hace tiempo que no te veía mirar algo con tanto interés.

—No. Lo que vi no me gustó.

—¿Estás segura? 

Silencio del otro lado del teléfono. Emma siente el corazón golpearle con fuerza las costillas.

—Sí, estoy segura. 

—Ya, sé honesta por una vez en tu vida. Acepta que te gustó ver como acariciaba a Yara, acepta que deseas que mi afecto y mis caricias hagan nido en tu cuerpo. Es la realización plena de una mujer el ser el deseo del hombre que ama. 

Emma no sabe qué contestar. Un torrente de palabras formando frases de reproches, preguntas que sabe no tendrán respuesta, y preguntas de las que no quiere respuestas se quedan en su boca, sin salir de ella.

—Vaya. -Se adelanta Sebastián en responder, sabe que Emma no tiene argumentos para debatir.- La honestidad no es lo tuyo. Nunca lo ha sido. Lo que sabes hacer, y de manera excelente, lo reconozco, es robar. 

—¡Sebastián! -La reacción visceral de Emma no se hace esperar. Deja escapar un grito que más bien parece el aullido de un animal herido.  

—Es la verdad y lo sabes. -La voz de Sebastián comienza a tener un tono acusador.- Estos últimos años has vivido en una piel y una vida que no te pertenecen, nunca te pertenecieron ni te pertenecerán. ¡¡Porque nunca serás ella!!

Silencio al otro lado de la línea. Sebastián ha colgado. 

"¿Por qué ella? ¿Por qué siempre ella?"

La pregunta se repetía como un susurro interminable detrás de sus pensamientos. Intentó apartar la idea, pero la voz se hizo más fuerte. Un sollozo desgarrador escapó de su garganta. Sus hombros temblaban con violencia, sus dedos bañados por las lágrimas al tiempo que una risa amarga se deja escuchar en la habitación. El dolor era insoportable al estar consiente que nunca provocaría admiración espontánea, nunca sería la persona que ocupaba las conversaciones y recuerdos de los demás.   

Nunca serás ella. Tres simples palabras se repiten en su mente como una melodía que suena, suena y suena eternamente sin llegar el final. Se cubre los oídos con las manos, invitando a las palabras a marcharse, a no anidar en su pensamiento. Tres palabras, tres clavos ardiendo enterrados en el corazón. Recordatorio diario de que es la sombra de alguien a quien jamás alcanzará. 


II.- Cinco años atrás…

Mírala. Todo le llega sin esfuerzo. Las miradas, las oportunidades, el cariño de la gente. Sonríe y el mundo se inclina ante ella. ¿Qué tiene que yo no tenga?


Vivían en la misma colonia, con calles de diferencia. A pesar de la cercanía, nunca se conocieron antes de que el caprichoso señor destino decidiera cruzar la vida de las dos mujeres en un curso de manualidades. 

La depresión se había instalado en la vida de Emma hacía meses; gracias a su única hija adolescente que estaba en plena fase de rebeldía, y por el abandono, varios años atrás, de su esposo. Ya no reconocía a la mujer que veía en el espejo. Dormía demasiado o no dormía en absoluto. Cada mañana era una batalla silenciosa contra la idea de levantarse de la cama. Su terapeuta insistió en que encontrara una actividad que la obligara a convivir con otras personas. Así terminó allí, en los cursos gratuitos impartidos por la municipalidad, inscrita en el curso de tejido y fieltro para hacer muñecos. Es hábil con las manos gracias a las tareas escolares manuales con que ayudaba a su hija.


Daniela llega por una razón muy distinta, soltera, ejerce su profesión de manera independiente, no es rica, ni famosa ni extraordinaria. Apasionada por las artes,  nada se le dificulta, todo le es dado de forma natural. Escritora por vocación, en sus horas libres aprende piano, y lo que le atrae aparte de las letras y las notas musicales, es la pintura, en especial la acuarela. Afortunadamente para ella, ese taller va incluido en los cursos gratuitos. Es una persona que disfruta las pequeñas cosas que le regala la vida. No busca ser admirada, y precisamente por eso lo es. Hace sentir importante a quien esté frente a ella. Comparte sus materiales sin que se le pida, celebra los logros ajenos sin presumir los propios. Ofrece su ayuda aunque no se lo pidan, y sus palabras causan un efecto tranquilizador en las personas que conversan con ella. 

Emma observa cómo Daniela habla con todos sin esfuerzo. Cómo las instructoras elogian sus trabajos. Cómo otras compañeras buscan sentarse junto a ella. Daniela no deja que otros vean sus noches de cansancio, los problemas económicos u otros vaivenes que existen dentro de su mundo personal, que ella sabe ocultar muy bien. Emma solo ve el brillo.

Es precisamente la luz que irradia Daniela la que siembra la semilla de la discordia.

Cada sonrisa de Daniela es interpretada como superioridad. Cada felicitación como una humillación. Cada nuevo proyecto terminado, aprobado y elogiado, es un golpe en carne viva para la autoestima de Emma. Poco a poco en el corazón de Emma surge y crece una emoción silenciosa y letal. La envidia. Como una gota de tinta cayendo sobre agua limpia. Apenas visible al principio, luego comenzaron las pequeñas grietas. Un comentario disfrazado de broma. Una crítica dicha en voz baja. Un rumor lanzado "sin intención".


*  *  *  *  *

Ella conquista, tú languideces. Ella recibe aplausos mientras tu vives en la sombra. Los elogios que ella recibe te los está robando a ti.

De repente, Daniela comenzó a notar cambios de sus compañeras hacia ella: risillas a sus espaldas, respuestas bruscas, burlonas e incluso groseras. Personas que antes la saludaban, ahora, al encontrarla, cambiaban de acera. Al principio disculpó esos pequeños malentendidos, encontró para ellos una explicación: estrés, cansancio, prisa, quizá no me vió. Llegado el momento, decide descubrir quién estaba dañando su reputación. 

Emma empeoraba en su estado de ánimo, cada logro de Daniela alimentaba un vacío aún mayor. Cada intento por hacerla caer recordaba a Emma todo aquello que seguía sin lograr. Su oscuridad interna cada vez era más profunda, se consumía a cada minuto imaginando cómo apagar la luz de la mujer que, sin proponérselo, ilumina todo aquello que está a su alrededor. Había intentado competir con Daniela. Observa cómo Daniela saluda con una sonrisa discreta. Cómo mueve los anillos en sus dedos distraídamente. Cómo dibuja objetos sin forma definida en su cuaderno mientras el instructor explica la clase. Presta mucha atención a las palabras que ella usa, a las historias que cuenta, a su forma de reír. Emma cambió los colores de su guardarropa, accesorios como diademas, anillos y joyería que por lo regular no acostumbraba usar, ahora formaban parte de su imagen. Se hizo con libretas nuevas y bolígrafos. Sus frases tienen un estilo casi idéntico al de Daniela; y en cierto momento, hace pasar por suyos los textos que Daniela sube al grupo de emprendedoras expresando opiniones y sugerencias. 


En cuestión de días, Daniela unió las piezas. Los rumores, las miradas incómodas, las amistades que comenzaron a alejarse y los pequeños sabotajes parecían hechos aislados, hasta que una conversación escuchada por accidente reveló un nombre:  Emma. Sí, la mujer silenciosa que siempre bajaba la mirada, frágil, callada, incapaz de hacer daño, la mujer de quien Daniela siempre pasó de largo, simples saludos al llegar a clase y no más. Sí, la mujer con la que menos conversaciones tuvo, fue quien sembró, con paciencia, la desconfianza a su alrededor. Daniela decide enfrentarla una mañana. al terminar la clase, tranquilamente, sin enojo ni insultos de su parte. 

—Emma…-aborda el tema Daniela, con cautela, lo que menos desea es una discusión acalorada y que las miradas de la gente las señalen.-—He notado algunas cosas... y preferí preguntártelas directamente.

—¿Qué cosas?

Daniela respiró despacio. No era fácil para ella, que nunca se encontró en situaciones parecidas, reclamar lo que está afectando su entorno. 

—Últimamente…haces comentarios sobre mí que llegan a otras personas. También... has empezado a imitar muchas cosas que hago.

Emma soltó una pequeña risa.

—¿Porque compré una blusa parecida? Por favor...

—No hablo solo de una blusa.

Emma cruzó los brazos y alzó las cejas, en gesto desafiante.

—Mira, los textos que publicas en el grupo son míos. La muñeca que presentaste la semana pasada es mi dibujo -hizo marcado énfasis en estas últimas palabras.- que voy a llevar al lienzo. Incluso -señala la libreta que Emma trae en la mano.- te has hecho de una libreta idéntica a la mía. Al principio pensé que era coincidencia.

—¿Y ahora?

—Ahora creo que no.

Emma desvió la mirada unos segundos, el silencio se hizo pesado. 

—No quiero pelear contigo —dijo Daniela con calma—. Solo quiero entender por qué haces esto.

Emma tardó unos segundos en responder. Cuando lo hizo, su voz temblaba entre la rabia y el dolor.

—Porque estaba cansada de que siempre fueras tú.

Daniela la observó en silencio. Por primera vez entendió que no estaba hablando con una rival. Estaba hablando con una mujer que había convertido su propia tristeza en una guerra contra quien jamás había pretendido ser su enemiga.

—Si te hice daño sin darme cuenta, lo lamento. Pero no merecía los rumores. Que estés bien. -Se aleja con paso rápido, comienza a sentir leves pulsaciones en el lado derecho de la cabeza. Nota que no encuentra en Emma arrepentimiento ni vergüenza, solo cinismo y furia.  

Emma ya había cruzado una línea de la que no pensaba regresar. Al saberse descubierta, Emma ya no buscó competir con Daniela. Solo quiso verla caer. El demonio esboza una sonrisa desde algún oscuro rincón de su alma. Le da una idea que la llena de entusiasmo. 

-Si cayera…si cometiera un error… 


*  *  *  *  *

Al final del curso, se realizó una exposición como examen final para las emprendedoras. Emma elaboró una muñeca simple, apenas unas cuantas hebras de hilo y dos cuerdas de mediano grosor. En la exposición de muñecas, la creación de Emma pasó sin pena ni gloria. Con un semblante serio, que no denota ninguna emoción, Emma miraba cómo la gente pasaba de largo del stand de creaciones de hilo, la mayor de las veces con críticas para las creadoras, haciéndolas extensivas a sus creaciones. El stand vecino, que mostraba diversas formas de arte, acapara la atención de la gente, por lo que se acercó a curiosear. 

La atronadora voz de la directora del curso se deja escuchar.

-Bueno pues… estamos hoy aquí para dar por terminados los cursos para emprendedoras que el municipio les proporcionó. Y en agradecimiento por haber participado realizamos esta exposición, para dar a conocer sus futuros negocios y quizá hasta les ayude para ir formando su cartera de clientes.

Un murmullo lleno de entusiasmo recorre la estancia.  

—Quiero felicitar a Daniela por su extraordinario trabajo en acuarela —dijo la maestra mientras sostenía la pintura frente al grupo.—  Transmite una gama de emociones en cada color, en cada pincelada. Es una pintora dotada de una sensibilidad exquisita. 

Los asistentes comenzaron a aplaudir. Emma miraba la pintura con desdén y a su autora con desprecio. 

—Es impresionante —comentó uno de los invitados.— La composición y el manejo de la luz son excelentes.

Daniela sonrió, ruborizada. La verdad, no esperaba aquel reconocimiento. 

—Felicidades Daniela—añadió otra profesora—. Tu dedicación tiene recompensa: los aplausos de tus compañeras y de los aquí presentes. 

Entre aplausos, las compañeras intercambiaban miradas.

—Con tanto tiempo libre y dinero para comprar el material, cualquiera pintamos así —murmuró una.

Responde otra con una sonrisa torcida y negando con la cabeza.

—Si fuera así de fácil, todos estaríamos recibiendo felicitaciones ahora mismo 

La maestra continuó:

—El talento abre puertas, pero la disciplina las mantiene abiertas. Daniela ha demostrado ambas cosas. Espero que este reconocimiento sea solo el primero de muchos.

Los aplausos volvieron a llenar la sala, mientras Emma y el resto de envidiosos miraban con recelo a la pintura y a su autora. 

De pronto, un rostro entre la gente captó la atención de Emma.


Promesas de niños 

-No pensé que volveríamos a vernos, -dijo Emma, observando las reacciones del hombre que tiene frente a ella, intentando encontrar al compañero de pupitre que conoció en la escuela primaria.- Sigues igual que cuando éramos unos críos. 

-No lo creo, -responde el hombre con una sonrisa cansada enmarcando su rostro.- ¿Has visto el calendario? Han pasado más de treinta años. 

Emma ignora el comentario, absorta en esos rizos rubios que a fuerza de tanto gel caen hacia la nuca, los ojos color verde pálido que traslucen alegría. La piel blanca ahora con un ligero bronceado.

-¿Sabes? -Yo aún continúo recordando los días de infancia. El salón, los recreos, los trabajos en equipo. Las promesas tontas que hacíamos de niños.

-Promesas que no debían tomarse tan a pecho, éramos unos niños…

El silencio se tornó incómodo. 

El hombre tomó la mano de Emma en un gesto de despedida. Me dio gusto verte, pero me voy, debo alcanzar a mi novia. -señala con la barbilla hacia la calle. 

Emma se queda parada en medio del patio del auditorio. Gira la vista para ver alejarse a su compañero y lo que ve le hiela la sangre. 


*  *  *  *  *

El sol de la tarde tiñe los vitrales de tonos rojizos. La misa hubo terminado. Afuera, las voces de la gente se van apagando mientras el silencio se instala en la sacristía de la parroquia. El sacerdote acomoda algunos ornamentos litúrgicos antes de dar por terminado su día, cuando una voz familiar interrumpe su delicioso momento de paz. 

-Padre, ¿tiene un momento? Hay un asunto que necesito comentar con usted. -Termina de decir Daniela, sin esperar respuesta a su pregunta inicial. La mujer cierra la puerta suavemente. Durante los últimos meses, su ritmo de vida se vio perturbado por circunstancias ajenas a su control, por lo que sintió la necesidad de hablar con Dios y ser escuchada.  

-Por supuesto Daniela, siempre hay tiempo para atender a quien lo necesita.  

El Padre Elías es un hombre al principio de sus cincuenta, apenas dos años menor que Daniela. Sin poseer un atractivo físico, llama la atención de las mujeres que se congregan a diario para escuchar la palabra de Dios. Daniela no es inmune a sus encantos, sin embargo, es consciente de que existe una línea que no se debe cruzar. Pero eso no impide que se sonroje como una adolescente cuando está ante la presencia del sacerdote. Y puede jurar que a él le sucede lo mismo.    

-Pareces inquieta, ¿qué es lo que pasa?

Daniela hablaba en voz baja, con la voz a punto de quebrarse, relatando problemas que solo podía compartir con alguien que le diera consuelo espiritual. El Padre Elías centra su atención en las palabras de Daniela, se inclina para escucharla mejor, mientras la distancia entre ambos se va estrechando sin que ninguno de los dos lo perciba. El sacerdote le ofrece un pañuelo, ella sonríe. La cercanía continúa. Un instante de aparente intimidad que puede interpretarse de manera muy distinta. Ninguno de los dos se dio cuenta que la puerta quedó entreabierta, desde el otro lado del pasillo, entre las sombras, alguien los observa. Motivado por la curiosidad, resentimiento y otros sentimientos negativos, había seguido a Daniela a la sacristía. Al ver la cercanía entre el sacerdote y ella, el veneno de la malicia corre en su mente como un río caudaloso, arrastrando con violencia todo lo que encuentra a su paso. Cuidando de no hacer ruido, saca su teléfono celular y lo enfoca a su objetivo. ¡Click! Primera fotografía, los rostros del sacerdote y Daniela muy cerca. ¡Click! Segunda fotografía, la sonrisa que Daniela le dedica al sacerdote. ¡Click! Tercera fotografía, el sacerdote sostiene entre sus manos el rostro de Daniela, mirándose a los ojos. Instantes privados congelados en imágenes. Imagina su obra y sonríe. Sin perder tiempo abre la aplicación del whatsapp, selecciona un contacto. No escribe ninguna frase, sólo envía las fotografías una tras otra. El indicador de entrega aparece de inmediato. En la sacristía, la conversación continúa, ajena a la vorágine que está por desatarse. Y a varios kilómetros de la iglesia, un teléfono indica a su dueño la llegada de un mensaje.

Guarda el teléfono y se aleja del pasillo con la satisfacción dibujada en el rostro.  


*  *  *  *  *

¿Desde cuándo empezaste a irte sin mover un solo pie?


No sabe con certeza si ha sido engañado, la duda ha pasado a formar parte de su rutina diaria, ese veneno que deforma todo lo que hay alrededor. El dolor de la mentira, la incertidumbre, lo han ido desgastando emocionalmente desde hacía semanas. Cansado de vivir prisionero de la duda, decide abandonar la relación. No está seguro de que exista una traición, solo ha visto detalles diminutos que por sí solos carecen de significado, pero su mente ya hubo construido un monstruo: sonrisas al leer un mensaje, el estar distraída mientras él hablaba entusiasmado, el llegar tarde a las citas…Estaba agotado de sospechar, de imaginar conversaciones que nunca había visto, de no poder preguntar más por miedo a evidenciarse.    

Esa tarde quedaron en la misma cafetería, la misma mesa junto a la ventana, se embriagaron con el aroma del café recién hecho. La observó mientras ella removía el café, al sentir la mirada, levanta la vista y pregunta: 

-¿Te ocurre algo? 

-Solo estoy cansado. 

Ella asiente, aunque por dentro una punzada le golpea el estómago. Sabe que algo ha cambiado. Intuición. Lo conoce desde hace varios años. 

-Últimamente te noto distante.

-He tenido mucho trabajo, lo sabes. 

Ella observa a través de la ventana el color del atardecer, entre azul y gris, quizá la luz también se resista a desaparecer. 

-Eso no es novedad, siempre lo has tenido. 

Él la mira y le dedica una sonrisa cansada. Un miedo extraño repta por la columna vertebral de la mujer, indicador de que algo invisible y destructivo se ha instalado entre ellos. Ya comienza a escuchar el crujido de algo que va a romperse. Terminaron hablando de cosas intrascendentes: el clima, el tráfico, tendencias en redes sociales… Dos desconocidos caminando alrededor de una despedida que ninguno se atreve a nombrar. Abandonaron el local con paso cansado, como si ninguno de los dos quisiera que acabara aquel encuentro. Caminaban juntos, ella escucha el ruido de sus propios pasos porque él ya no habla, el silencio entre ellos es un cementerio. Él camina con las manos dentro de los bolsillos, la mirada perdida en algún punto del suelo, evitando mirarla. Ella siente de nuevo la punzada en el estómago. El corazón le grita “es la despedida”. Ella intenta expulsar ese pensamiento. Llegaron por fin al lugar donde él dejó estacionado su automóvil. Él abrió los brazos, invitándola a fundirse en ellos. Ella correspondió con una fuerza desesperada, aun así, sabe que no va a convertirse en quien ruega por migajas de amor. Él solo esperaba el momento de separarse. Subió al automóvil y cerró la puerta. Antes de encender el motor, la observó por el retrovisor. Por última vez. 

Ella seguía ahí, pequeña, quieta, frágil. El automóvil comenzó a alejarse, llevándose también su fuerza, su energía vital. Las luces traseras fueron disminuyendo hasta perderse en la lejanía.  

Él sintió por un instante el impulso de regresar, bajar del auto, abrazarla de nuevo, aclarar lo que nunca se dijo. Pero fue más fuerte el miedo de estar amando a una imagen idealizada. Mientras avanzaba, un vacío inmenso empieza a instalarse en su vida. Esa noche descubrió que el amor cuando muere no hace ruido, no explota, no avisa. Simplemente deja de respirar. 


*  *  *  *  *

La cercanía de Emma con Sebastián dio sus frutos: desde antes de terminar con Daniela, ella era ya el apoyo emocional a quien Sebastián le confiaba las dudas e inseguridades en su relación de pareja. Para asombro de la propia Emma, la vida perfecta de Daniela se derrumbó muy rápido. La propuesta de matrimonio por parte de Sebastián llegó una mañana sin grandes aspavientos: pasa por ella a su casa, sin previo aviso. Emma apenas si tiene tiempo para arreglarse. Durante el trayecto la tensión podía cortarse con un cuchillo, Emma trataba de iniciar conversación, obteniendo monosílabos como respuesta. Entraron a una oficialía del registro civil, escucha las palabras “matrimonio civil”, minutos después los flamantes novios pasan a una oficina donde una señora joven, bien arreglada y con unos modales finos les da la bienvenida. Todo pasó tan rápido, que Emma apenas si tuvo oportunidad de entenderlo. Ya logró casarse con Sebastián Romero, su amor de la infancia. Más en su interior no está conforme: su boda debió haber sido conocida por todos. Sin embargo, Sebastián la llevó a varios municipios de distancia para casarse con ella. El resentimiento anida en su corazón, pues no verá la reacción de Daniela al saber que Sebastián la escogió a ella.        

Sebastián la apoya en todo lo que puede, cumple como esposo, pero emocionalmente está ausente. En diversas situaciones, Emma lo sorprende hablando de Daniela en presente, menciona recuerdos de ella sin darse cuenta; lo que pone en alerta sus enfermizos celos.     


III.- Un simple descuido  

Junio 2025


No puede parar de llorar. Todos los sentimientos guardados se precipitaron al exterior en una corriente salvaje de sollozos, jadeos y respiraciones entrecortadas. Recuerda una y otra vez a Sebastián saciando sus necesidades en el cuerpo de Yara, regalándole a esa despreciable mujer las caricias que por derecho le corresponden a ella. Recuerda con dolor el momento exacto en ella dejó de ser mujer para él. 


Cuatro años atrás…

Ha recordado aquella playera polo color aqua, la que usualmente combina con pantalones de vestir color blanco. Le encanta esa combinación de color, la sensación de frescura y juventud que trasmite. Pero no está colgada de la percha, quizá Emma no ha tenido el tiempo, en dos años que llevan viviendo en esa casa, de desempacar todas las pertenencias de ambos; por lo que se da a la tarea de buscarla él mismo. Su esposa ha salido a hacer la compra. Con desgana, observa las cuatro cajas apiladas al lado del closet, en ninguna de las dos primeras halla lo que busca. Al estar buscando en la tercera, encuentra otra de sus prendas favoritas, mientras la desdobla algo cae al suelo ocasionando un golpe seco. Un teléfono móvil desconocido, en un chillante color rojo, atrajo su atención. Lo levanta e intenta encender, una mueca de desagrado se dibuja en su rostro al notar que no tiene batería. Va por su cargador y lo conecta al aparato desconocido. El conector entra sin problema y en segundos la pantalla enciende. Sin foto de perfil, tiene una sola llamada telefónica y un único contacto en WhatsApp. Intrigado por el curioso hallazgo, mira el número marcado y una sonrisa traviesa se instala en sus labios, en cambio, el contenido del mensaje de WhatsApp le provoca náuseas. 


*  *  *  *  *

-Sebastián, ¿estás en casa? 

Silencio por única respuesta. 

-Mejor, así preparo la comida con tranquilidad. 

Alista los ingredientes y comienza a preparar la comida que compartirán al llegar Sebastián del trabajo. La pone en la estufa mientras acomoda la despensa en la alacena. Termina de acomodar los artículos y toma asiento frente al televisor que tiene instalado en la cocina, quedando de espalda a la puerta. El volumen del aparato no le permite escuchar que Sebastián ha llegado. Él permanece a sus espaldas, mirándola con frialdad. Por fin deja caer el teléfono sobre la mesa, a su lado. Ella reacciona sobresaltada, el color abandona su rostro al contemplar ese odioso teléfono en color rojo chillante. 

-¿Qué es esto? -le pregunta con una voz apenas audible. Inquietantemente tranquila.

Emma mira por unos segundos el teléfono, el origen de su falsa felicidad, el pasado que ahora regresa para cobrar la deuda. Supo entonces que todo ha terminado. 

Sebastián se hace con el teléfono, abre el mensaje donde horas antes encontró varias fotografías que reconoció al instante. De nuevo siente que el aire falta en la habitación. Aquellas imágenes… las mismas que años atrás le fueron enviadas de forma anónima.  

-Tú…inventaste todo esto…

-Pensé que jamás lo descubrirías. 

El silencio se vuelve incómodo.

Ella cerró los ojos. 

—Recuerdo cuando teníamos trece años. Dijiste que algún día tendríamos una casa con ventanas acristaladas, del suelo al techo. Que despertaríamos viendo la naturaleza.

-Emma ¡por favor! -gritó desesperado.- Fueron promesas de jóvenes tontos, nadie se casa con su novia de secundaria. En verdad que tu cerebro no da para más...  

La mujer bajó la cabeza, las lágrimas corrían silenciosas por su rostro.

—Mientras tú vivías, viajabas, te enamorabas y cometías errores... yo seguía aquí, esperándote. Ningún hombre de los que traté me llenó como me has llenado tú. 

El soltó una carcajada breve y amarga.

-Las cosas cambian, no debiste quedarte a vivir en el pasado.

—Lo intenté. En verdad que sí. Me casé con un tipo que solo me engendró una hija para luego abandonarme. Viví muchos años en la oscuridad. Y luego…volverte a encontrar fue como abrir una ventana que dejó entrar aire fresco. Pero ibas a casarte. Y no estuve dispuesta a solo mirar cómo alguien más ocuparía el lugar que durante años imaginé para mí.

Emma tardó varios segundos en reunir valor.

—Te amaba. Y pensé que era lo mejor...

Aquellas cinco palabras hicieron más daño que cualquier confesión.

—¿Lo mejor... para quién?

—Sabía que nunca ibas a dejarla... así que... -No terminó la frase. Sebastián entendió. 

—Y en nombre del amor... -lo dijo con tono sarcástico- decidiste que yo no eligiera libremente.

Aquella frase la atravesó. No encontró cómo defenderse. Porque era verdad.

Ella levantó la mirada hacia él. Un frío trepó por su espalda al notar la manera en que él la mira, no con ira, sino con desprecio y decepción. Se acerca a él e intenta tomar su mano, pero Sebastián retrocede y alza las manos en un gesto de “alto”. Se da la vuelta y sale de la casa, cerrando la puerta con suavidad tras de sí.


Los recuerdos de aquella tarde están vívidos en su memoria.

-¡Estúpida, estúpida! -gritaba con furia y desesperación, jalándose el cabello como si quisiera arrancarlo de raíz.- ¿Cómo fuiste a olvidar ese maldito cacharro? Debiste deshacerte de él antes de venir a vivir a esta casa. Pero no. Tenías que guardar la evidencia para vivir tu victoria una y otra vez. Pues bueno, has ganado el premio mayor. El llanto continúa dominando la escena, tiembla sin control, un ardor se ha apoderado de su garganta, y las lágrimas siguen fluyendo que apenas le permiten algo de visión. Intenta calmarse, pero solo logra emitir un sollozo más profundo que el anterior.

*  *  *  *  *

El castigo ya comenzó 


Una extraña calma se instaló en la casa. El silencio es tal, que pueden oírse conversaciones ajenas con claridad. Sebastián no le pidió que se marchara ni tampoco él se fue, aunque se mudó a la habitación que utilizaban para invitados. Esta situación le da pie a Emma a pensar que la perdonará. Al transcurrir de los meses, empieza a notar que su esposo días duerme en casa y el resto solo Dios sabe dónde. Su miedo más profundo se ha vuelto realidad: lo más seguro es que busque a Daniela, aclaren las cosas y piensen volver. Eso la desquicia. Se da a la tarea de buscar entre las cosas de Sebastián cualquier indicio de su reencuentro con Daniela. No encuentra evidencia alguna de ello, “pero eso no significa que no sea verdad”. 

Cierta mañana al marcharse Sebastián al trabajo, olvida su celular, el que suena con insistencia. Duda si contestar, por fin se levanta de la cama y corre a la habitación de su marido. Extiende la mano para tomar el teléfono, pero justo en ese momento deja de sonar. Mira que se está grabando un mensaje de voz, espera, le parece una eternidad los segundos que tarda en terminar la grabación. Sin reparo alguno, y con el corazón latiendo a su máxima capacidad, la escucha. 


“Todavía me acuerdo de todo lo que me dijiste anoche: que hacía años que no te sentías tan feliz, que conmigo sale a flote tu verdadera esencia, y que tu matrimonio y tu esposa no significan nada para ti. -La voz al otro lado de la línea emite una risita burlona, que le provocó una punzada de celos en el estómago.- Esas palabras no salen de mi cabeza. En fin…ven a cenar esta noche, te prometo una velada exquisita.”


En el transcurso del tiempo hubo otras conversaciones, mensajes de audio con conversaciones similares a aquella, así como mensajes escritos en papelitos bien doblados que a veces quedaban “olvidados” en los bolsillos de la ropa de Sebastián. Emma, inteligente,  entendió cuál es su castigo: saber de sus infidelidades, sin poder reclamar ni pedir nada.     


*  *  *  *  *

Una historia que se archiva


Es la última misa del domingo, por lo que hay una gran concurrencia de feligreses, él permanece oculto tras una de las puertas laterales de la parroquia. El rasgueo de la guitarra acompañando el canto de despedida se esparce por el aire, los recuerdos se muestran ante él con una claridad que duele, que aprieta el alma hasta sentir que se asfixia. Se sorprende entonando en automático las estrofas de ese canto, la voz quebrándose por momentos debido a las emociones inesperadas que inundan su corazón; lo remonta a días felices en compañía de Daniela, dibujando planes para su futuro, ajenos a la explosión de maldad que arrojaría esos planes por los aires.

La gente empieza a levantarse de las bancas, muy lentamente van caminando hacia la salida, los murmullos de las conversaciones sustituyen al silencio de la oración. Desde su escondite, Sebastián distingue a Daniela, quien va descendiendo los escalones del presbiterio, llevando unos libros entre los brazos. Un nudo se instaló en su garganta. “Sabía que te encontraría aquí…” Ella esboza una sonrisa serena, ya sin el dejo de coquetería que iba dedicado a él; saluda y conversa con algunos de los feligreses que al parecer la esperan.

Sebastián permanece inmóvil, con el miedo latiendo en el estómago. Soñó, imaginó y diseñó en su mente miles de veces ese momento durante los últimos años. Le pediría perdón por haberla condenado con unas pruebas que en su momento aceptó sin cuestionar, le devolvería la verdad que le había negado. Intenta dar un paso, pero es como si un imán lo mantuviera pegado al piso. La paz que transmite la sonrisa de la mujer es el detonante que lo saca de su campo magnético. Da un paso hacia ella, temblando, el corazón golpeándole con violencia el pecho. 

Una mano se posa con firmeza en su hombro. 

-Hace mucho que no se deja ver por aquí. 

Se vuelve y observa aquel rostro conocido. Las entradas del cabello más pronunciadas, algunas arrugas enmarcando su rostro, pero las facciones son las mismas que cinco años atrás. El hombre sonríe con amabilidad.

-Padre Elías…

-¿Cómo ha estado, Sebastián? ¿Qué lo trae de vuelta por la casa de Dios? 

Hay un intercambio automático de frases breves, dos personas que conversan al encontrarse en misa. Para el sacerdote no pasa inadvertido que Sebastián no deja de mirar hacia donde se encuentra Daniela. Se toma la libertad de intervenir.

-Ciertos encuentros no son de beneficio para quienes intervienen en ellos. 

Sebastián bajó la vista, el rubor inundó su rostro.

-Le debo una explicación, una verdad que me llegó demasiado tarde…

-Eso habla bien de usted. Por fuera quizá se mire igual que hace cinco años, pero por dentro el cambio es notable. 

Las palabras del sacerdote despertaron inquietud. 

-Durante mucho tiempo la vi consumirse buscando respuestas que nunca llegaron. Preguntas a las que nadie podíamos responderle. Duda tras duda, desvelos por andar buscando en las redes sociales el paradero de aquella persona con la que fue a merendar una tarde y al salir de la cafetería se volvió humo. Fueron unos meses muy, muy difíciles para ella. 

Sebastián cerró los ojos un instante, un dolor imaginario recorre su corazón. 

-Hasta que una tarde vino a verme, -continuó el sacerdote- me hizo saber su gran cansancio por querer encontrar algo que ya no le pertenecía. Decidió poner su energía, recursos y talento al servicio de esta comunidad. Y ahí tienes el resultado, -extiende la palma hacia Daniela- creó un grupo para ayudar a personas que atraviesan pérdidas, y ella misma recuperó la confianza en la vida. Esa tarde comenzó una vida distinta.  

Los ojos de Sebastián se empañaron. Cada palabra del sacerdote era una carga más en su costal de cobardía. La culpa en forma de lágrimas, siente alivio porque ella ha sanado; pero también lo invade la tristeza, porque una vez sanada, él ya no tiene entrada en su vida. 

-Se lo merece. -se le quebró la voz. -Quiero acercarme a pedirle perdón… ¿cree que tengo alguna posibilidad…? 

-No puedo responder tu pregunta. -El sacerdote sonríe con tristeza.- Piensa si tu necesidad de hablar coincide con la necesidad de ella de escuchar tu historia.

Esas palabras lo dejaron inmóvil. Tiene presente su arrepentimiento, su culpa, el perdón que desesperadamente necesita pedir y recibir. Pero nunca pensó que su presencia pudiera reabrir viejas heridas que Daniela tardó años en cerrar. Y en sanar. Instintivamente da un paso hacia adelante, pero en sus oídos resuenan las palabras del Padre Elías. Se detiene y regresa al lado del sacerdote. Permanecen los dos en silencio. 

-Tiene razón Padre Elías, el amor que aún siento por ella no me da derecho a romper la paz que ahora tiene. 

Y deleita sus ojos con la femenina imagen unos minutos más. Es exactamente como la imaginó ya entrada en años. Deseaba envejecer a su lado. Ahora debe conformarse solo con recuerdos. Se lleva esa sonrisa tatuada en su retina. Respira profundamente, le dedica una última mirada a la mujer que alguna vez lo amó y a quien le falló. Inclina levemente la cabeza, una reverencia como silenciosa disculpa. Después se dio la vuelta y salió al patio de la iglesia, habitado solo por las sombras que la noche trae con ella. Caminó hacia su auto, y antes de entrar en él, miró por última vez hacia el interior del templo, que permanecía abierto; como esperando a que él se marche para cerrar la puerta, y en el momento de cerrarse la puerta, también se archivará su historia como asunto totalmente concluido. Desde la cruz, Cristo es mudo testigo de su eterno desasosiego.

Fin 


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