Código invisible


 





Marysol Gutiérrez. Estricta profesora, famosa por nunca repetir una prueba. No solo en periodo de exámenes tiene en jaque a sus alumnos, sino durante todo el ciclo escolar. En esta clase sobresalen tres estudiantes, no por inteligentes ni por indisciplinados, sino por angustiados.    

Susana, una jovencita pasada de peso para su edad, con dos coletas enmarcando su bello rostro y que sostienen su abundante y rizada melena color rubio claro. Adolfo, un joven flaco, moreno, cabello negro y andar cansado, con miedo de hacer alguna cosa que vaya contra la ley y las buenas costumbres. Completa el grupo Eusebio, "Chebo", quien es el cabecilla: un joven despreocupado, que al contrario de Adolfo, es muy susceptible a que los problemas lo encuentren, al menos eso dice él. La repentina encomienda: acreditar a como dé lugar el examen de química. 

-Sé dónde se guardan los borradores de los exámenes. -comenta Chebo en tono misterioso, dando pie a un silencio para despertar la curiosidad de sus compañeros.

-¡Ay no! -Susana lleva sus manitas regordetas al rostro, cubriéndolo, al tiempo que niega con la cabeza; está segura de adivinar las intenciones de su amigo. Ideas que no comparte, pues no desea verse involucrada en algún lío que pueda manchar su expediente académico y comprometer así la llegada a la universidad.- Casi estoy segura de lo que nos vas a proponer...y de antemano mi respuesta es no. -Cruza los brazos y lanza a Chebo una gélida mirada. 

Adolfo por su parte, abre al máximo sus ojos color miel, sus labios forman una "o", pero no sale palabra alguna de ellos. 

Ante el silencio de Susana y Adolfo, Chebo termina de dar forma a su idea.

-Al lado de los laboratorios, en la sala de maestros, ahí cada uno tiene su módulo para guardar el material de clase. Está identificado con papeletas de colores, nombre del maestro, grupo y materia. por lo que no será difícil dar con lo que nos interesa. -Mira a sus compañeros, esperando una respuesta. Es un manipulador que sabe qué tornillos apretar para conseguir lo que necesita. Su mirada viaja de Adolfo a Susana, y por unos segundos, que se antojan eternos, nadie es capaz de responder. 

-Vamos chicos, ¿o qué? ¿Desean quedarse otro semestre llevando química? Porque yo no.

-La verdad...necesito sacar una buena nota final para acreditar. Aunque lo que voy a estudiar no tiene nada que ver con la química... -Comenta dubitativa Susana, llevándose el pulgar derecho a la boca. 

-Yo... yo... ni siquiera tengo la certeza de seguir estudiando. En casa no hay suficiente dinero para cubrir los gastos de una carrera profesional. Quizá no ingrese a la universidad junto con ustedes… -Una mezcla de tristeza e impotencia ensombrece el rostro de Adolfo. Se le retuerce el estómago al ver como Chebo desperdicia la oportunidad que le brindan sus padres. A veces se ha sorprendido pensando con amargura: “Dios, ¿por qué no me diste unos padres como ellos? Que gran jalada”- Estoy en esta preparatoria gracias a una beca, pero al terminar... -Deja la frase inconclusa. 

Chebo los mira con cara de circunstancias.

-A ver, a ver... -levanta las palmas de las manos en señal de que le presten atención.- Un administrador de empresas no necesita el tenderete de fórmulas que la maestra Gutiérrez nos escribe a diario en el pizarrón, pero es un mal necesario para llegar a la meta que cada quien nos hemos propuesto. 

La camarilla se sume en sus pensamientos. En el último examen, a todos les faltaron 5 puntos para acreditar con la nota mínima, de no haber sido por entregar tareas y exposición de clase, otra situación sería. 

-Bueno y... ¿cuál es el plan? -pregunta Adolfo, no muy convencido, pero sabe que requiere una nota alta si desea solicitar una beca por calificaciones en la universidad.

Chebo muestra los dientes con una sonrisa maliciosa.

-Lo haremos este sábado, entre 1 y 3 de la tarde, aprovechando que es mediodía de fin de semana. Entraremos por el agujero de la malla trasera, la que da vista al lote baldío, por lo que no es posible que alguien nos vea. Una vez dentro, vamos directo a la sala de maestros, localizamos el módulo de la maestra Gutiérrez, buscamos el borrador del examen y lo fotografiamos con el celular. Acomodamos todo tal como lo encontramos, cerramos el módulo y aquí no pasó nada. Asunto terminado. Nos vamos por donde llegamos. 

Susana y Adolfo se miran entre sí. 

-Pero... ¿si el módulo está cerrado con llave? -la preocupación se hace notar en la voz de la joven.- entonces no podremos copiar el examen y nos habremos arriesgado por nada. 

-Tengo la solución para ello, mis estimados. -Sonríe al tiempo que saca de su mochila un pequeño aro que contiene varias llaves.- Un buen amigo cerrajero me "apadrina" en esta noble labor, ji, ji. Y bien, ¿qué dicen? ¿Se animan? 

Tanto Adolfo como Susana guardaron silencio, sopesando cada uno sus opciones. Minutos después ambos dieron su respuesta. 


*  *  *  *  * 

Sábado al mediodía. Chebo escogió el horario para aprovechar que la gente recién llega de trabajar, y por consiguiente, estará ocupada en saborear la deliciosa comida de negocio que mandó comprar, como un gusto ya merecido al final de la semana laboral. Apenas si podrán fijarse en un grupito de tres personas que pasan en silencio frente a sus casas.

El plantel de la preparatoria “Yuri Gagarin” es un edificio sencillo, de tres niveles, sus paredes pintadas en un color rosa claro, se mantenían libres de pintas o frases gracias a la multa que sería impuesta a quien se le sorprendiera dañanado el patrimonio de los estudiantes. ¡Bah! Pisos siempre relucientes, provocando que las suelas de los zapatos se adhieran al pisar, dando la impresión de que el suelo no te dejará avanzar. El aroma a limpiador flota en el ambiente a todas horas. Pulcritud en su máxima expresión. Pero nada en esta vida es perfecto: la magnífica apariencia cubre un defecto que, para una escuela privada en vías de convertirse en la segunda opción después de la llamada universidad pública, es un error garrafal: su ubicación. Se encuentra  enclavada entre dos avenidas importantes: al oriente una avenida cruza de norte a sur hacia el centro de la ciudad; al sur otra avenida conecta con el poniente, mientras que 3 cuadras hacia el poniente hay una amplia calle, la cual tiene la mayoría de las casas abandonadas y lotes baldíos que funcionan como vertederos de basura a la vez que cementerio de mascotas; un foco de peligro para los pocos vecinos circundantes. Para rematar, al norte hay un camino de terracería paralelo a las vías de ferrocarril que da al patio trasero de la preparatoria. Ese es el perímetro delimitado con malla que facilita el acceso a la camarilla. Por la ausencia de vecinos, pueden moverse con toda libertad en el amplio espacio de patio que hay entre la malla y la construcción. Los salones están dispuestos en forma horizontal, son los grupos de tercer y cuarto semestre. En forma vertical hacia la izquierda, se encuentran la cafetería, los laboratorios, centro de copiado y las oficinas. En horizontal, y dando comienzo al centro educativo, se encuentran los grupos de primer y segundo semestre.  Un patio grande, con unos cuantos árboles a los costados, se encuentra entre ambas alas de salones. La sala de maestros está justo detrás de los salones de tercero, en la esquina oriente, al lado del laboratorio, pero con la entrada por el patio exterior, justo por el que acaban de entrar Chebo y compañía, por lo que no tuvieron que desplazarse gran distancia para lograr su objetivo. 

Susana y Adolfo tienen el miedo reflejado en el rostro, en tanto que Chebo esboza una sonrisa de satisfacción. Saca de su mochila el manojo de llaves y con toda la parsimonia del mundo se dispone a probar una por una a ver cual abre, ante la desesperación e impaciencia de sus compañeros. Pasaron algunos minutos, quizá muchos, para que una llave corriera sin problema alguno la cerradura. Chebo los mira con seriedad, para luego estallar en carcajadas, festejo al que se une el resto de la camarilla. 

-¡Yupi! -Susana se desvive en aplausos, como niña viendo un show que le hace gracia.- ¡Ese es mi Chebo! ¡Uh! -Corre hacia él para fundirse en un amistoso abrazo.

-Susana, sé que soy irresistible y traigo a muchas chicas arrastrando la cobija por mí, por favor… contrólate o me quedaré sin ninguna. -El tono serio por un momento confunde a su compañera, quien lo mira como pidiendo disculpas, a lo que Chebo contesta con otra carcajada. 

-No perdamos tiempo mi estimada Susana, al incierto paso darle prisa…

Entraron sin cuidar sus pasos, con la confianza de que es sábado, día inhábil, y tienen los recursos para hacer lo que les venga en gana en la escuela. 

-Veamos…-Chebo va por delante de sus compañeros, revisando el nombre que contiene el pegote al frente de cada casillero.- ¡Bingo! ¡Lo encontré! 

Susana y Adolfo se acercan a él, expectantes. Lo ven repetir la misma maniobra que hizo en la puerta de entrada. En cuestión de segundos, la puertecilla del casillero se abre y permite el acceso a un paquete de folders de cartón de diversos colores. Cada color indica la materia y el grado. Chebo lo saca y se dirige a tomar asiento en una de las mesas que están dispuestas frente a la torre de casilleros. Descarta los que no corresponden a su grupo. De pronto, su mirada destella fascinación, contiene el aliento, su boca ligeramente entreabierta, las cejas levantadas al máximo para absorber la inmensidad de la escena. Una expresión facial de asombro. 

-¿Qué pasa Chebo? -interrumpe Adolfo. -¿Acaso has encontrado el tesoro del Olimpo? 

-Podría decirse que así es… -extrae un documento y lo agita ante la mirada de sus compañeros.- Aquí está la joya del Olimpo. Nuestra salvación. 

Susana y Adolfo se acercan para cerciorarse que efectivamente es el borrador del examen. Se toman su tiempo para leerlo. 

-Ni de chiste acredito limpiamente. No me gusta hacer esto, pero dadas las circunstancias… -Se llevó la mano al bolsillo trasero de sus jeans y sacó su celular, dispuesto a fotografiar el documento. Sin embargo Adolfo, más práctico, obsesivo y precavido, le quita el aparato de las manos. 

-Pero qué haces mi amigo… -declara con desgana Chebo.

-Tengo una mejor idea. -Comenta, y ante el asombro de sus compañeros, de su mochila saca una botella de agua purificada, sus ojos buscan en la etiqueta un lugar donde anotar; luego, con un bolígrafo de punto fino, de tinta diluida, casi invisible, crea un sistema de marcas minúsculas; basándose en el borrador de examen. Sus compañeros miran sin pronunciar palabra, sin entender aquel código nacido de un momento a otro. Adolfo mira su obra y sonríe, explica a Susana y a Chebo el plan. 

-Nada de celulares, nada de fotografías ni pruebas físicas que puedan llegar hasta nosotros. Cero errores. Anoche un episodio de CSI me dio la idea…

Un ruido leve los obliga a callar. Intercambio de miradas llenas de sorpresa entre los tres. 

Chebo, viendo que se le puede venir encima las reclamaciones como bola de nieve, se anticipa a decir:

-Seguro que es michi que ronda el patio, nada de qué preocuparse.  

Va a la primera puerta que hay frente a los casilleros y de espaldas a las mesas, gira el pomo y abrió con lentitud. El interior está solo. Al lado hay otra puerta, gira el pomo pero éste no cede: está cerrada con llave. El letrero anuncia “Limpieza”. La tensión desaparece.

-Bueno, ya cerciorados de que estamos solos… imagino que las respuestas están escritas en el envase de agua, ¿o me equivoco? 


*  *  *  *  * 

Llega el día del examen. Los nervios se sustituyeron por una auto impuesta seguridad. Marysol Gutiérrez, la estricta profesora de química, entra al aula con el desafío en la mirada, tres de sus alumnos lo perciben, para el resto pasa desapercibido. 

Cada uno de la camarilla tiene la botella sobre el pupitre; las claves de acceso a la universidad están al alcance de sus ojos. Antes de entregar los exámenes, Marysol Gutiérrez, con una actitud tranquila, deja caer entre el alumnado algunos comentarios. 

—Muchachos, me gustaría que entendieran una cosa: en cualquier institución educativa a donde vayan a continuar sus estudios, recuerden que el conocimiento no se roba. Se demuestra.

Nadie responde. Las miradas clavadas en ella, atentos a qué más va a decir. 

—Hay decisiones que no necesitan pruebas… solo consecuencias.

La profesora continúa con su discurso, camina entre los pasillos con una calma quirúrgica. Se detiene junto a Chebo, observa la botella de agua, la toma y examina la etiqueta, como buscando la marca o especificaciones del producto. Sonríe y con suavidad la devuelve a donde la tomó. Chebo siente una punzada de miedo golpear su estómago, Adolfo comienza a sentir las palmas de las manos húmedas, y Susana toma el lápiz por los extremos y lo aprieta tan fuerte que hay riesgo de que lo quiebre. El resto del alumnado sigue las palabras de la profesora, algunos con atención, otros la oyen porque no tienen alternativa, porque es la profesora y tiene el poder para acreditarlos o reprobarlos. 

Pasea la mirada por cada uno de sus alumnos, fijándose un poco más en los integrantes de la camarilla, una mirada que no denota emoción alguna. Por fin mira la hora en su reloj de pulsera. Decide que ya es suficiente de consejos, es hora de cumplir con el deber.   

Todo está en su lugar: la botella de agua, el lápiz con suficiente punta, la goma de borrar, el bolígrafo de tinta color azul. Miradas cómplices entre la camarilla. El silencio.

Reciben la hoja.

No coincide ni una sola pregunta. ¡Sorpresa mayúscula! El aire se ha vuelto denso, pesado. 

Susana no escribe, cierra los ojos y alza una oración al cielo, pidiendo que la vergüenza no le salpique. Adolfo aprieta el bolígrafo hasta sentir que le duelen los dedos; lleno de frustración porque su código al final no ayudó a nada, se ha expuesto en vano. Chebo intenta adaptarse, pero su mente no procesa. Las respuestas que creía tener se vuelven inútiles, casi obscenas.

El tiempo transcurre, se escucha solo el sonido del lápiz rasgando el papel. La camarilla escribe para no quedarse atrás, para no levantar alguna sospecha. Para que algo de lo que están escribiendo, de pura casualidad o suerte, sea respuesta correcta. 

Al término de la clase, la profesora recoge los exámenes y, antes de que salgan, dice en tono pausado:

–Deseo que les vaya bien muchachos, aunque…hay a quienes les faltó observar mejor. 

*  *  *  *  *

La camarilla se reúne en casa de Susana para comer, aunque la angustia les impide disfrutar la comida. Comen en silencio, sin mirarse a la cara. Saben que su intento desesperado por sacar una buena nota en química, los ha llevado a ser reprobados, o quizá hasta dados de baja de manera deshonrosa. Horas más tarde, la bandeja de entrada del e-mail de la chica muestra la llegada de un correo electrónico. 

Para: sussy.melenadorada@outlook.com 

Asunto: Reprobados.

Motivo: fraude académico.

“Les faltó observar mejor”. 

La última frase con que la profesora Gutiérrez cerró el ciclo escolar. Ahora les resuena en los oídos como molestas campanadas.   

Y un archivo adjunto.  

Susana se dirige a descargar la imagen. Lo que ven les detiene la respiración. 

Una imagen ampliada de la botella de agua. El código, revelado bajo luz ultravioleta. Perfecto. Innegable.

Pero hay algo más.

Un segundo archivo. Esta vez de audio.

Primero, las voces de Chebo y Adolfo: 

-¿Qué pasa Chebo? ¿Acaso has encontrado el tesoro del Olimpo? 

-Podría decirse que así es… Aquí está la joya del Olimpo. Nuestra salvación. 

Luego, la voz de Adolfo ejecutando la idea:

-Nada de celulares, nada de fotografías ni pruebas físicas que puedan llegar hasta nosotros. Cero errores. Anoche un episodio de CSI me dio la idea…

Silencio. Luego, otra voz.

—Y qué buena idea...

No es Susana.  No es Chebo.

Es la profesora Marysol Gutiérrez. 

La grabación termina ahí.

Los tres sienten cómo les entra un frío en el cuerpo. Recuerdan cada segundo en esa oficina. La puerta cerrada del cuarto de limpieza. El silencio tenso y el ruido leve que achacaron a la mascota del plantel.

No estaban solos.

Minutos después, otro correo.

Para: sussy.melenadorada@outlook.com 

Asunto: Segunda oportunidad

Adjunto: Un nuevo examen.

Instrucciones: “Respondan correctamente y todo quedará olvidado.”

Pero al abrir el archivo, los muchachos no encontraron preguntas.

Solo fotografías.

Los tres entrando por la malla rota. Atravesando el patio. Entrando en la sala de maestros. Susana abrazando a Chebo, festejando su fechoría. Chebo abriendo el casillero de la maestra Gutiérrez.  Adolfo escribiendo en la botella. 

Y  una última imagen… tomada desde detrás de él…

La profesora Gutiérrez, de pie en la oscuridad, observando todo. Sonriendo con la malicia de quien sabe que tiene las cartas correctas para ganar la jugada. 




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