La oscuridad de los sueños rotos
Luego de una noche de fiesta
Mediados de noviembre. Ese año el invierno hace su aparición más temprano que de costumbre. Falta un mes para que, oficialmente, el invierno tome posesión de la estación que le corresponde en el calendario. El manto oscuro de la noche se cierne sobre la ciudad. Nubes plomizas de lluvia cubren el cielo. Paciencia, su más preciada cualidad. Aprendió a desarrollarla desde que se dio cuenta lo difícil que es superar la pérdida de un ser amado. Lleva varias horas esperando en el parque, con el viento helado azotándole con crueldad la piel del rostro. Situación que no le afecta en el aspecto físico, pues por experiencia sabe que el frío del corazón es el más letal.
Destino, coincidencia, suerte… no sabe cómo definir ese punto a su
favor. Quizá una mezcla de todas las anteriores. Agradece haber encontrado esa
banca, justo debajo de un frondoso árbol cuyo tronco se ramifica en dos partes,
formando una “v”, mención aparte, la luz pública brilla, o mejor dicho, alumbra
con su ausencia. La espera ha llegado a su fin, la mira pasar sin que ella se
percate de que está ahí. Sus mejores aliadas: las oscuras horas entre la
medianoche y el amanecer. Las personas de fe no desafían al demonio andando de
madrugada en la calle. La oscuridad es la cobija del mal, y su objetivo goza de
la protección del maligno. Solo hasta ese momento. Precisamente esa noche se
encuentra en medio de una oscuridad espesa y de un frío que cala hasta los
huesos para quebrar esa armadura.
Sabe que la mujer no dispone de automóvil, sino que hace uso de los
taxis, y esa entrada es la única que conduce al interior y exterior de la
colonia, por lo que para transitar por esa calle, o es en vehículo o se recorre
caminando; esto último lo hacen quienes asisten en la limpieza u otros
servicios en los hogares de las familias residentes, pero una mujer como
aquella nunca se la verá caminando por la calle con sus pies. Mejor, un
pensamiento lleno de odio llena su mente, así no ensuciará lo que también le
pertenece a otros.
Edith acaricia el metal dentro del bolsillo de su abrigo, eso la
hace sentir segura. No corre ningún riesgo, vive en un fraccionamiento de clase
media alta, privado, Residencial Granada. Patrullas de seguridad privada dando
rondines por las calles, preservando la integridad de sus habitantes.
Tranquilidad absoluta. El helado viento se encaja en su piel como afiladas
navajas. Aun y con la temperatura rondando los 5 grados Celsius, la mujer
considera una delicia haber salido de festejo con amigos a un bar céntrico. El
calor del alcohol contrasta con el frío ártico. A las 2 a.m. es difícil
conseguir un taxi, más que nada por el estado inconveniente que cree el taxista
se carga la “dama” que le hace la señal de stop. Los amigos se fueron marchando
antes que ella, y el último que se quedó a disfrutar de su compañía monetaria
no le ofreció llevarla a casa, al pedírselo ella, el hombre le comenta con mala
gana que solo puede acercarla a cierto punto, pues su rumbo es muy distinto y su
vehículo no cuenta con la gasolina suficiente para desviarse y luego regresar a
su ruta. Por lo que el “amigo” la dejó exactamente a tres manzanas y un
parquecillo de distancia de su casa. La ira hervía en sus venas. Maldito
aprovechado, la próxima vez a ver quién paga tu consumo, mira que gastarme una
feria en lo que tragaste para venir a dejarme en un paraje desolado. Niega con
la cabeza. Desliza silenciosa sus pasos por la calle desierta. Ni un alma
deambulando que le hiciese compañía. Apenas si dos vehículos han pasado por la
avenida. Al final de ésta, se encuentra un camellón de tierra en forma de
ovalo, conocido como parque divisorio, o parque oval. Su único atractivo son
unos cuantos árboles al centro del camellón. A la izquierda, una alta muralla es
la espalda con la vecina colonia Rey de Austria. Forma una estrecha calle por
la que transitan pocos automóviles y solo 3 farolas públicas dan una mortecina
iluminación. El camino de la derecha es conocido como el parquecillo: una
calzada amplia, recta, adoquinada, luciendo una sencilla fuente de cantera al
centro. El parquecillo continúa y marca el inicio de Residencial Granada,
adornado a ambos lados con hileras de árboles altos cuyas ramas se cruzan entre
sí formando una especie de techo, e iluminado con coquetos farolillos. Está por
llegar al parque oval cuando, sin precisar el por qué, su estómago se encoge de
un repentino miedo. Las farolas del parquecillo están apagadas. Solo cuenta con
la luz que proviene de la muralla. Duda durante unos segundos, vuelve a sentir
el metal dentro de su abrigo, se aferra a él como una tabla de salvación,
respira hondo para luego dejar escapar el aire por la boca con expresión
cansada. Trata de infundirse seguridad al ver que algunas de las casas vecinas
están iluminadas, pero no la mayoría.
Se adentra en el parquecillo con pasos firmes y presurosos.
Ya que la mujer ha avanzado cierta distancia, Sombra se levanta y
la sigue. El abrigo negro se confunde con la noche, escogió calzarse con
zapatillas deportivas para ahogar sus pasos. La mujer ha sentido su presencia,
aunque no se detuvo, giró la cabeza a ambos lados, buscando algo. La sombra se
detiene y se desliza detrás del tronco de un árbol, no sea que a la mujer se le
ocurra encender la linterna del celular.
Apenas ha avanzado unos metros cuando la sensación de que alguien
la sigue se hace latente. Mira hacia ambos lados esperando descubrir a alguien
tras ella. La escasa iluminación que proviene de la acera contraria dibuja en
el piso sombras negras que bailan al son del viento.
-Es tu imaginación, Edith. Bebiste un poco más de la cuenta, solo
eso. Adelante.
Reinicia el camino a paso normal. A quien sea que vaya tras ella no
le dará el gusto de mostrarle miedo. Un repentino frio le trepa por la espalda,
sabe que la presencia está a escasos metros de distancia. Temblando, decide
enfrentarlo. Inesperadamente da la vuelta: en apariencia la calzada se encuentra
solitaria, el movimiento proviene de las ramas de los árboles que parecen
aplaudir al compás del viento.
Sombra sonríe al ver logrado su propósito: la mujer está mostrando
miedo. Satisfacción, alegría, no sabe con exactitud que emoción es más fuerte
al punto de sentir la vida en total plenitud.
Luego de convencerse de que no hay amenaza real sigue su camino.
-Es tu imaginación. Adelante.
Pero se queda estática. Ha escuchado el crujir de las hojas secas
bajo los zapatos de alguien.
Sombra maldice en silencio al notar que las hojas secas crujen bajo
sus deportivas, pero ya la mujer no le presta atención, se aleja con presuroso
paso, sin volver la vista atrás.
-¡Muévete! Está muy oscuro, puede suceder cualquier cosa…
Prosigue el camino, a lo lejos ve la luz de la privada donde vive.
En circunstancias normales disfrutaría el paseo aunque nevara, pero con su vida
corriendo peligro, la más mínima distancia se vuelve interminable. Por fin
alcanza la calle. La casa que busca es la última, la de la esquina. Maldice
para sus adentros al ver que olvidó encender las luces de la entrada.
Altos muros con puerta de madera protegen la intimidad de sus
moradores de cualquier mirada indiscreta. A ambos lados de la puerta arbolillos
de ficus y otras especies dan un aspecto de vitalidad a esa solitaria y apagada
casa. Edith nota temblar sus manos mientras busca en su bolso las llaves. Lanza
una maldición al no hallarlas en ese momento tan peligroso.
-Para encontrarlas ahora, entre tantos chismes inútiles que traigo…
Algo cae de su bolso al piso, pero no le presta atención. Inmersa
en su búsqueda, muy tarde siente el violento empujón contra la puerta de maciza
madera, lo que ocasiona que se lastime el rostro. Quien sea que la mantenga sujeta, lo hace con tanta
fuerza que le impide respirar. Acto seguido, un pinchazo en el cuello. Luego, la
oscuridad.
Continuará…
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