¿Dónde dejé mi lápiz?




Es un lápiz para escritura. Común y corriente, de madera, color verde esmeralda con un borrador blanco y punta de grafito. Fue un obsequio de uno de los pocos amigos de su hermano mayor. Y eso lo convierte en especial. Con ese lápiz ha volcado sus sentimientos en su diario personal. Los poemas o frases de amor y otros pensamientos han sido plasmados en papel con ese lápiz. Aurora lo mira como hipnotizada, sonríe. Ya lo lleva gastado poco más de la mitad.
-Aurora, la comida está servida. -le avisa su madre.
-Ya voy, ‘ma.
Cierra el cuaderno y deja encima el lápiz. Sus primos están de visita en casa.

Reanuda sus actividades después de la comida y la plática de sobremesa. El cuaderno está tal y como lo dejó, más el lápiz ha desaparecido.
-¿Dónde dejé mi lápiz? –lo busca desesperada, en medio del cuaderno, en el suelo por si se ha caído, revisa su mochila. –Ninguno de mis primos pudo haberlo tomado, estuvimos comiendo todos juntos, nadie entró a la recámara. -Siente un nudo en la garganta, los ojos vidriosos. –Cálmate, Aurora, es tonto llorar por un lápiz.

Doris, hermana de Aurora, contesta un examen.
-Ay, que lapicito me cargo, -lo mira despectivamente- ni hablar, es el único que encontré. Le diré a papá que necesito que me compre algunos.
Luego de cuarenta minutos de pensar, escribir y borronear, Doris entrega el examen. Toma sus útiles y antes de abandonar el salón, arroja el inocente lápiz al cubo de basura. Por lo que se ve, no siente remordimiento alguno. Se cruza en el pasillo con doña Viges (Eduviges, nombre completo), intendente del plantel educativo donde Doria cursa la preparatoria. Es vecina de ésta y su familia, viven en la misma calle, a tres casas de diferencia. Se saludan brevemente. Salón 105A, el único que le falta por asear. Viges se da prisa, faltan diez minutos para su salida y aún debe acomodar la basura en el contenedor, ir a cambiarse y checar su tarjeta de asistencia. Antes de vaciar el recogedor en el cubo, ve el diminuto, más bien dicho, lo que queda de un lápiz, limpio, con la punta afiladita, un buen borrador, señales de que su dueño le dio un buen cuidado. Lo guarda en el bolsillo de su chaquetín.
-Muchachos condenados, tirando las cosas cuando aún sirven. Como no les cuestan a ellos…bueno, por algo fue. Con la falta que me hacen a mí los lápices y los bolígrafos…con eso que los pierdo a cada rato…

El padre de Aurora abasteció de útiles escolares a sus hijas. Cuadernos, bolígrafos, lápices y lapiceros desfilaron por las manos de las chicas. Aurora se agenció un lapicero transparente, la tapa superior de color verde aqua. Ah, la chiquilla y sus tonalidades de verde…aún y que lleva días usándolo, extraña su viejo lápiz. Ya, en serio, lo que lo hacía especial es que se lo regaló el muchacho que le gusta. Y consideraba que el lápiz como una forma de tener cerca al chico.
-Aurora, Aurora, -menciona para sí misma en tono cansado- ya despídete de ese lápiz. Deséale lo mejor esté donde esté. E igual, cuando limpies a fondo tu recámara lo encuentras…

Días más tarde, la madre de Aurora prepara un guiso especial, envía a ésta a llevarle a Eduviges una vianda. La mujer va a la cocina, Aurora espera en la sala y observa su lápiz en la mesilla de centro. Lo toma, observándolo con detenimiento, convencida de que es el suyo. Una voz comienza a lanzarle insultos.
-Deja eso ahí, escuincla ratera. –Viges corre hacia Aurora, de un manotazo la arroja sobre uno de los muebles, la vianda rueda por el suelo.- Agarra tu vasija y lárgate. Ni se te ocurra pararte de nuevo aquí en mi casa.
-Solo estaba viendo el lápiz, Viges. No pensaba llevármelo.
-Que ya te largues, vamos, fuera.
Sin salir del desconcierto, pero terriblemente asustada por la reacción violenta de Eduviges, Aurora toma la vasija y camina aprisa hacia la puerta.
Los sentimientos se mezclan: humillación, ira, miedo, vergüenza. Nunca antes le hubieron llamado ratera.    
-Estoy segura que es mi lápiz, ¿cómo llegó a las manos de Viges?

Eduviges entra con una sonrisa en los labios al despacho de Armando, el director del instituto, un hombretón alto, corpulento de abundante barriga. Éste le hace un gesto con la mano indicando que se sentase. Minutos después Doris entra también al despacho. Evita la mirada de Viges y toma asiento al lado de ella.
-Bien, -comienza Armando- estamos aquí para aclarar un malentendido, -mira a las dos personas que tiene frente a él- Viges, la jovencita Doris me reporta la pérdida de un lápiz y sospecha que usted lo tiene y hasta la fecha no lo reporta a los compañeros que están a cargo de los útiles extraviados. ¿Es cierto?
Eduviges la toma por sorpresa el acontecimiento. No sabe que contestar.
-Repito la pregunta Eduviges, ¿es cierto que usted encontró el lápiz de la compañera y no lo ha entregado a los extraviados?
-Sí, -no pudiendo retrasar la respuesta, contestó la mujer.- bueno, no exactamente, señor director. Verá, lo encontré en el cubo de la basura al realizar el aseo a la hora de salida.
El director mira a Doris.
-Debió habérseme caído, señor director. Me levanto a entregar el examen, me entretengo hablando con el profesor, y cuando regreso a mi lugar ya no encuentro el lápiz. Digo, no voy a tirar a la basura el lápiz que uso y que todavía sirve. Pregunto por él en útiles extraviados y me comentan que no han reportado útiles en los últimos días. Y Viges es la encargada de la limpieza. Quizá se le olvidó reportarlo y lo aún traiga en el chaquetín…¿por qué no lo busca?
La mujer mira con furia contenida a Doris. Silencio. Armando ordena.
-Muestre los bolsillos Eduviges. –la mujer no responde, ni se mueve, la mirada baja, clavada en un punto del escritorio.- Muestre los bolsillos Eduviges, o deme su chaquetín y yo lo hago…
El rostro de Eduviges enrojece. Se lleva las manos a los bolsillos y coloca los objetos sobre el escritorio. Varios bolígrafos, una libreta de direcciones, un lápiz labial, un llavero y un teléfono celular constituyen el pequeño botín.
El director levanta el auricular y llama a alguien.
-Habla Armando. Vengan un momento, por favor.
-La policía, me van a llevar presa…
El corazón de Eduviges late con fuerza, las palmas de sus manos sudan copiosamente, siente la boca seca y unas ganas tremendas de orinar.
Se tranquiliza al ver entrar a los compañeros encargados de registrar los útiles perdidos. Armando les da indicaciones.
-Estos objetos fueron encontrados por doña Eduviges. Hagan una lista con fecha de hoy y cuando aparezca el dueño que firme de recibido anotando la fecha en que le son devueltos. –los chicos asienten y salen del despacho.
-Doris, ya te diste cuenta que Eduviges no trae ningún lápiz, acepta que lo encontró y no lo reportó. Físicamente no podemos recuperarlo, más te ofrezco una disculpa a nombre de ella y de hoy en adelante tendremos más cuidado con este tipo de situaciones. Te pido que regreses a clases.
La chica agradece y se retira. Eduviges se levanta, impaciente.
-¿Puedo ya volver a mis labores, señor director?
Armando la mira unos segundos, le indica con la mirada la silla. Eduviges vuelve a sentarse.
-Eduviges, de gracias que no llamé a la policía. Rompió el reglamento, por lo tanto, usted ya no puede seguir laborando aquí. Acompáñeme, vamos por su carta de renuncia.    
Doris apenas pudo disimular su entusiasmo. Plan más que perfecto. Aunque en el fondo un remordimiento se hace presente. Eduviges es una señora de 52 años, no le será fácil encontrar otro empleo.
-Pobre Eduviges, la intención no era que la despidieran de la chamba, solo quería dejarla mal parada frente al director. Nadie que ofenda a mi familia se pasea tan tranquilo por la libre…Yo nunca hubiera pensado que a esta vieja jodida le gustara quedarse con las cosas ajenas. ¿Y ahora quien es la ratera, Eduviges? 

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