Señor de la Basura


No hay día en que me baje en la parada del autobús y él esté recogiendo la basura del parque. A veces con la mano, a veces con una herramienta vieja en forma de tenedor a la cual le faltan varios dientes; otras veces barriendo con una desgastada escoba de pajilla. Personaje oscuro. Personaje ordinario. Días atrás pasó frente a mí y comenzó a barrer, claro que como la tierra está suelta y seca, se alzó una polvareda que me ocasionó una tos incesante. Ayer me refugié del sol bajo un frondoso árbol esperando mi transporte, retocaba mi maquillaje pues sentí mis labios resecos, el labial ya se había desvanecido; sin advertir la presencia del desagradable tipo, de repente escucho el ruido de unas bolsas plásticas al caer, no desvié la atención de mi actividad pero pude ver que el muy desgraciado arrojó aquéllas a mis pies, por fortuna no me ensuciaron. ¡Maldito!
Siempre vistiendo sucios pantalones de mezclilla y un chaleco azul con dos rayas verticales en un chillante color naranja, es el “uniforme” que lo distingue como trabajador del departamento de limpia del municipio.
Su cabello crecido da la impresión de estar sucio y grasiento, con notorias canas en las sienes, demasiado aplanado a la cabeza a causa de la gorra que trae puesta a diario y con la cual esconde la mirada.
Le calculo una edad aproximada a los 55 o 60 años, moreno, de baja estatura, dueño de una mirada horrible, mórbida; durante todo el tiempo que espero por el transporte me hace sentir incómoda, molesta. Casi siento que me desnuda con la vista cuando me recorre de la cabeza a los pies. Trato de ignorar su presencia, pero las más de las veces es imposible hacerlo.
Hay algo en él que me resulta familiar. ¡Ay! Llegó mi transporte, por tantito y no lo alcanzo por distraerme con el señor de la basura.
Lo observo a través de la ventanilla del autobús, conversa animadamente con la mujer que vende periódicos y donas en la avenida. Insisto en que esos gestos y movimientos los he visto en otra persona.
Recuesto la cabeza sobre el respaldo del asiento y obligo a mi mente a retroceder en el tiempo. Descarto mis épocas de estudiante, desde la elemental hasta la preparatoriana. Estoy segura que lo conozco de alguno de mis primeros empleos. Comienzo a recapitular, más mi memoria no lleva orden cronológico. Escucho a una señora decirle a su hija que se aliste, pues ya bajarán en la próxima parada. “Sujétate con cuidado Inesita”, vocifera a la joven. Claro. Inesita. Inés. Mi primer empleo como asistente administrativa. Y se trata nada menos que de Don Chito, el dizque velador de la bodega, que de velador tenía lo que yo de enfermera. Varias veces quebraron los vidrios de las ventanas intentando entrar a la propiedad sin que los guardianes del orden recibieran reporte alguno, solo se limitó a poner en aviso a los jefes administrativos. Pero eso sí, cuando de inventar calumnias se trataba, era el mejor. Sembró la duda en mis jefes al decirles que me vio abrir una caja de chocolates y comerme uno. ¡Viejo mentiroso! Admito que sí me comí una barra de chocolate con una delicia de aquellas, pero la caja ya se encontraba abierta, alguien me ahorró el trabajo de hacerlo. Días más tarde, accidentalmente lo descubrí espiándome mientras yo archivaba unas facturas. En ese momento lo que menos imaginé es que esa actitud llegara a perjudicarme; más bien me provocó risa ese gesto pueril, total, yo no infringí de manera alguna el reglamento interno de la empresa.
Pero al final, esos comentarios llegaron a oídos de los jefes; y con el pretexto de que en el último inventario los resultados físicos variaban de las existencias que arrojaban las facturas de adquisiciones, se estableció que a partir de ese día se revisarían al salir las mochilas y bolsos de todos los empleados, hombres y mujeres por igual, ya que estaba desapareciendo mercancía de la bodega y alguien tenía que ser el responsable. Era una medida drástica, incluso ofensiva para nuestra persona y violatoria de nuestros derechos humanos, pero había que acatarla, después de todo, yo no hice nada indebido. Más mi sorpresa fue mayúscula al ver que el licenciado Avelino, el administrador de la empresa, sacaba de mi bolso un frasco de perfume y dos barras de chocolate. Mis compañeros compartían mi sorpresa, pues les constaba que durante varios días no tuve ninguna vuelta a la bodega. Ni idea de cómo llegaron esos objetos hasta mí. Alguien se tomó el trabajo de “sembrarme” evidencia. En ese momento comprendí por qué Don Chito me espiaba. Así lograría que me echaran de la empresa.
El resto de los empleados recibieron la orden de retirarse, mientras el licenciado Avelino y yo conversábamos en privado; era un hombre comprensivo y bonachón, me explicó que debía despedirme, ya que si pasaba por alto esa falta conmigo, perdería autoridad frente a los demás. Yo era una joven de apenas 19 años, sin experiencia en situaciones denigrantes como aquella, y por vergüenza me callé las propuestas asquerosas del viejo Chito de salir a pasear un fin de semana. ¡Ja, ja! Ya parece que aceptaría las invitaciones de un viejo hediondo que tenía la edad para ser mi papá. Tampoco hice del conocimiento de ninguno de mis compañeros la vez que me quedé sola en la oficina a terminar un inventario y al momento de llegar a la puerta para salir, el tipo me abraza por la espalda y recorre mi busto con sus sucias manos al tiempo que me susurra obscenidad y media al oído. Me salvó que Eleno, el compañero que laboraba para la empresa vecina, pasó por mí gritando mi nombre. Ese fue el motivo real de mi despido. Quizá si hubiera comentado con el licenciado Avelino esas cuestiones, la historia fuera diferente. Total, salí de la empresa con la cabeza en alto, aunque humillada y con la etiqueta de “Ladrona” tatuada de manera invisible en mi reputación laboral.

Afortunadamente, no me fue difícil encontrar otro empleo, gracias a que las referencias que el licenciado Avelino dio de mí fueron magníficas. Siempre me pregunté si lo hizo porque es un hombre justo o porque se enteró de alguna manera de los devaneos del viejo Chito. En fin, ese incidente significó un crecimiento positivo en mi vida.

Y ahora, después de varios años, vuelvo a encontrarme con el hombre que fue la causa de mi vergüenza. Me pregunto si esas miradas lascivas que me lanza es porque me reconoce y sus sucias intenciones siguen en pie después de tanto tiempo. Quien sabe. Pero estoy segura que esta vez las cosas serán diferentes.          

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