Plácido Domingo

Casa caída. Casa triste. Casa que inspira compasión. Casa habitada por fantasmas. Casa codiciada. Casa oscura.

Aún y con todos esos adjetivos, me gustaba mi casa los domingos de verano. Era el día más esperado de la semana, pues era el día “oficial” de visita de mis tías y mis primos. Era el único día que podíamos salir del “régimen de dictadura” impuesto por mamá durante la semana y comer sin restricciones galletas, helado, refresco y dulces.

Me gustaba ese ambiente formado de gritos, cuchicheos; los más pequeños correteaban por el inmenso patio, jugando a las escondidas, al voto o dejándose caer sobre las hojas secas de los árboles. Los mayores, en cambio, conversábamos sobre moda, chicos y chicas, música, etc., o simplemente nos mecíamos en el columpio que mi padre nos hizo teniendo como base los dos limoneros que generosamente nos regalaban su sombra y oxígeno para mitigar en algo el sofocante calor.

El piso era de tierra, en tiempo de lluvia se convertía en un pantano, pero en esa época del año era suelo firme, cubierto de hojas secas y coloreado de amarillo y verde debido a los limones que el viento tumbaba de las ramas y caían por doquier. De repente nos daba por escarbar buscando tesoros o enterrando los nuestros. Para nosotros, en nuestra mente infantil, un tesoro podría llamarse a una simple botella de vidrio que por su forma o color era diferente a las demás, podía ser también un recorte de periódico con una noticia amarillista o con la fotografía, lo mismo de un prisionero que purgaba condena en un reclusorio, que de un actor/actriz de televisión. O en el último de los casos, una vieja caja de cerillos con una frase grabada.     

Los primos recibíamos la orden de arrumbarnos la patio a jugar, pues las tías mantenían conversaciones que eran de adultos, o en la cocina se daban a la tarea de preparar los manjares para la comida: cocer el pollo y la verdura, hacer el mole con ingredientes caseros, según la receta de la abuela, amasar el maíz para hacer tortillas, cortar la fruta, etc. De repente alguno de nosotros, aprovechando que las tías estaban descuidadas, entraba en la cocina y se apoderaba de un tazón de fruta o de dulces para compartirlo con los demás. Ja,ja.

El rato que pasábamos sentados a la mesa se convertía en un caos. Todos hablando al mismo tiempo, carcajadas al por mayor, y por consecuencia, los regaños de los mayores también estaban presentes. Que si Chiquis se quemó la lengua con el caldo caliente, que si por estar peleando por las tortillas el canasto de éstas terminó rodando por el suelo, que si Adán y Julio intercambian secretos mientras comen y accidentalmente uno derrama el refresco helado sobre las piernas del otro; de repente un grito llama la atención: es Junior que se ha cortado el dedo índice al partir el limón, va al lugar de cada uno llorando y mostrándonos a todos el puntito de sangre apenas perceptible, la tía Arge cariñosamente lo lleva a lavarse la “herida” y le pone una vendita adhesiva. Después del momento de silencio estallan las risas…Una locura.

Terminábamos de comer el postre y pasábamos al juego de lotería. A mi no me gustaba jugar porque si perdía el dinero de mi “domingo”, el resto de la semana no tendría con que comprar mis antojos en la hora del descanso en la escuela, por lo que prefería irme a mecer al columpio saboreando limones con sal y chile en polvo.       

Ah! Que recuerdos tan gratos guardo de aquellos domingos familiares, reunidos en casa tíos y primos, comiendo, jugando, cantando.  

Casa con la puerta caída. Casa con el techo agujerado. Casa cerrada con un candado que no cierra. Casa con telarañas en su interior. Casa embrujada.

Quizá la energía que siempre mantuvo a esa casa en pie, fue, precisamente, la de esos alegres domingos en familia.

 

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