Me pregunto si...

Estoy física y emocionalmente agotada. Todo el día trajinando de un lado a otro en la oficina y aparte llego a casa a realizar las tareas que no alcanzo a organizar y que voy relegando dizque para mañana, y ese “mañana” no llega. Por fin ya tomé mi acostumbrada ducha tibia de la noche, cené algo ligero pero delicioso, luego un cafecito caliente para acompañar una rebanada de pastel. Y ahora pago las consecuencias de ingerir cafeína, además que hice trabajar demasiado a mi estómago y el resultado es que no puedo dormir, el sueño ha huido de mis ojos. Son las dos de la madrugada y solo doy vueltas y vueltas en la cama. Me quedo quieta, escuchando los ruidos de la soledad de la noche. A través de la ventana de mi habitación logro ver un cielo azul, límpido, con algunas estrellas iluminándolo. Algunas las veo azules, otras amarillas. Un cielo gélidamente invernal de enero. El escenario me transporta, sin quererlo yo, a mi infancia. A esas noches de domingo en las que después de hacer los deberes, mamá nos permitía ver la función de televisión programada a las 4:00 de la tarde, a las 6:00 nos reuníamos para cenar y con el programa policiaco de las 8:00 se cerraba para nosotros la barra de programación establecida. a las 9:00 teníamos que irnos a dormir, pues al día siguiente había que levantarse temprano para acudir a clases. En esos ayeres como hoy, tampoco lograba conciliar el sueño de inmediato. Calientita debajo de mis frazadas y con total oscuridad, esperaba transcurrir el reloj mientras escuchaba pasos de gente caminar por la calle, hablando, riendo; imaginaba sus rostros, sus gestos. En mi imaginación los acompañaba en su camino, como invisible fantasma. El inesperado frenar de un automóvil rompe con el encanto de la conversación. La pierdo. En su lugar queda una melodía tristona pero pegajosa de Roberto Carlos. Me gusta la música aunque la letra no la entiendo del todo. Son ideas muy complejas para ser asimiladas por la mente de una niña de ocho años. El semáforo cambia de luz, pienso yo, porque el auto reanuda su marcha llevándose la melodía con él. A lo lejos escucho el ladrido de un perro. Quizá algún intruso ande merodeando por los alrededores, eso me asusta. Recuerdo muy bien cierta noche que vi por el vidrio de la ventana la sombra de un tipo parado frente a la puerta de casa, intentando abrir la cerradura. Mis papás no se dieron cuenta ni escucharon nada, pues el hombre insistió un largo rato. Me pregunté que pasaría si lograba que la cerradura se abriera. “Mamá, mamá, hay un hombre que quiere abrir la puerta”, gritaba para mis adentros, queriendo que mamá escuchara mi pensamiento y se levantara a ahuyentar al desconocido, alguien que nos conociera nos llamaría por el nombre o tocaría el timbre. Paralizada por el miedo no me levanté de la cama, se me figuraba que el tipo me veía aún a través de la oscuridad y eso me ocasionó más terror. Unos minutos más tarde el hombre, al ver que su esfuerzo no dio fruto, se retiró. En ese momento reparé que era una buena idea tener un perro, los canes están alerta a cualquier cosa que les sea desconocida. No gritan por nada.

Muchas veces me pregunté cómo sería el mundo en las afueras de la burbuja de plástico en que yo vivía; quería pasear por la calle después de las 8:00 de la noche, reunirme con mis amigos en la plaza de la colonia así como lo hacían mis vecinos, la diferencia era que ellos andaban en sus 16 años y yo apenas contaba con la mitad; aunque a decir verdad, me asustaba la idea de andar lejos de casa por la noche, mamá siempre nos hizo saber que era peligroso.

Por lo regular me levantaba a las 6:00 de la mañana. Oscuridad, sin embargo, ya se escuchan murmullos de la gente yendo y viniendo, algunas estrellas continúan adornando y alumbrando el cielo. Mamá me lleva a la escuela, el aire frío de la todavía madrugada me azota levemente el rostro. Agradable sensación. Me gusta imaginar que es de noche y que camino sola por la calle desierta. No se siente tan atemorizante después de todo, quizá mamá se equivoque o sus fantasmas personales sean la verdadera razón de su miedo. “¡Ay!”, un grito de terror escapa involuntariamente de mi garganta al ver una sombra moverse con lentitud en un baldío abandonado. ¡Me ha salido al encuentro un perro, y con la fobia que me provocan! Ya lo reconozco, es Yordi, el guardián de Clotilde, la vecina de al lado que dos veces a la semana nos llevaba deliciosos atoles de avena para mitigar el frío; con razón el perro se me acerca con tanta familiaridad…

En mi ahora adulta imaginación, me pregunto si quisiera regresar a esos días grises y nostálgicos de mi infancia. Días de cielo estrellado y aire frío, de tareas escolares acabándolas al caer la tarde y de caricaturas los domingos por la mañana. Definitivamente la respuesta es no. Solo una vez somos niños, a la vida no le interesa si fuiste feliz o no. El pasado hay que dejarlo donde está, además, físicamente es imposible retroceder en la memoria, puesto que no se ha desarrollado el proyecto de ensamblar una máquina que viaje a través del tiempo. 

Me quedo en el escenario del cielo estrellado, frío, acordándome de Yordi y yendo de camino a la escuela…el sueño empieza a llegar…  


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