Una digna esposa



Días después de ese vergonzoso incidente, Eusebio, quien ya había recuperado su aplomo y sus buenos modales, invitó a comer a su hijo a su casa; al terminar la comida mencionó que debían revisar un nuevo contrato para H.T. y fueron a la biblioteca. Mientras Giovanni estaba frente al computador revisando el contrato, Eusebio, sentado frente a él, tocó el tema de Jazmín, de cómo la encontró y con quien en la casa de la montaña. La respuesta que obtuvo de Giovanni lo desconcertó.

-¿Sabes de cual de sus amantes se trataba, de Rubén o de Félix?

-¿Eh?

-Que si era Rubén o Félix quien estaba con Jazmín.

-¡Cómo! De modo que lo sabes…

Giovanni lo miró y dejó escapar una carcajada.

-Por supuesto que lo sé. Una mujer tan intensa como Jazmín necesita íntimamente de un hombre siempre. Y yo no soy ese hombre.

-Giovanni…no, no entiendo lo que pasa. ¿Te has vuelto loco?

-No papá, de ninguna manera –con la mirada fija en la pantalla del computador, prosiguió- tu deseabas emparentar con los Arreola o mejor dicho con su fortuna; no perdías oportunidad para insistir en que Jazmín era la mejor candidata para convertirse en mi esposa, la madre de mis hijos, ok, lo acepté. Tienes la fortuna de Margarito invertida en tus empresas, puedes hacer con ella lo que te venga en gana. Tu hijo formó una hermosa familia que te ha dado dos nietos maravillosos a los cuales adoras. Como ves, has logrado todo cuanto te propusiste hacer conmigo.

El tono empleado por Giovanni para con su padre era burlón pero denotaba un profundo rencor, Eusebio notó la mirada llena de desdén de su hijo.

-No soy tonto Giovanni, Jazmín confesó que el hijo que está esperando no es tuyo, y ve a saber si el mayor lo sea.

-Mira papá, -se levantó y caminó hasta quedar a espaldas de Eusebio- me tiene sin cuidado lo que Jazmín haga con su vida y con su cuerpo, en cuanto a los niños, sean míos o no, son tus nietos y como tal los tratarás. Mi matrimonio con Jazmín está estable y nada lo podrá romper. No te queda otra opción que guardar las apariencias y continuar con la mentira que tu mismo te has creado y que me obligaste a vivir.

-Giovanni… -Eusebio alzó la voz irritado e indignado, Giovanni se inclinó para hablarle al oído.

-Me obligaste a aceptar una mentira. -su tono era duro, el padre solo escuchaba los reproches sin atreverse a defender lo indefendible- Me obligaste a engañar gente para beneficio tuyo. Me obligaste a renunciar al verdadero amor. Todo por dinero. Pues bien, -el joven gozaba viendo el desconcierto de su padre, durante mucho tiempo esperó el momento para echarle en cara toda su amargura, y ese momento estaba presente. Era su momento de gloria y lo disfrutaba- ahora por dinero te conviene quedarte callado, de lo contrario Margarito puede retirar su fortuna de tus empresas si frente a la sociedad haces quedar a su hija como una ramera. Piénsalo bien papá, serías el mayor perdedor en la tragicomedia que tú mismo escribiste.

De camino a su casa, se detuvo en una plaza a comprar helado. Sentado en una banca saboreaba la nieve de fresa y chocolate, necesitaba un sabor agradable no solo en su paladar, sino también en su vida; escuchó unos adolescentes gritar y dirigió la mirada hacia ellos. Alcanzó a mirar la figura de una mujer que pasó frente a él hablando por teléfono. Una voz conocida. Solo la vio de espaldas pero su cara se iluminó.

-Janet.

Siguió a la mujer, temía perderla de nuevo. Ella terminó su llamada. Giovanni le dio alcance y la tomó del brazo. La mujer, sorprendida más que asustada, lo miró interrogante. Equivocación. No era quien buscaba.

-Discúlpeme señorita, por favor. La confundí con… una vieja amiga. Perdón.

-No se preocupe. A todos nos sucede alguna vez. Bye.

Giovanni la vio alejarse. La inquietud se hizo más fuerte en él. Nunca supo más de ella. Y quizá nunca lo sabría.

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