Una digna esposa



Las montañas y las colonias de frondosos pinos que adornaban la carretera y que se extendían más allá de lo que alcanzaba a apreciar el campo visual, ofrecían un relajante panorama a la cansada vista de Eusebio. Decidió pasar un fin de semana completamente solo en su casa de la montaña. Era una casa de estilo español antigüo, con paredes de piedra y enormes vigas de tronco de madera en el techo. Al cruzar la puerta de entrada una enorme sala dividida en dos invitaba a sentarse a disfrutar de una buena charla en familia, los accesorios (mesas, sillas, lámparas, floreros) era un magnífica combinación de elementos rústicos y modernos mezclando texturas de madera, cuero y el hierro. Disimulada en la pared frontal una chimenea acaparaba la atención; a mano izquierda una escalera del mismo material que la pared y con pasamanos de moderno diseño en metal conducía al segundo piso de la casa. Bajo el arco formado por la inclinación de la escalera y la pared descansaba una mini biblioteca con anaqueles integrados. Al llegar vio estacionado el auto de Giovanni, no sabía que tuviera pensado utilizar la casa de la montaña; a toda prisa bajó del auto, preocupado, quizá algo inesperado sucedió y no tuvo tiempo de avisarle. Con mano temblorosa introdujo la llave en la cerradura y abrió la pesada puerta. No corrió, voló sobre las escaleras hasta llegar a la recámara de Giovanni. El cuadro que se mostraba ante sus ojos lo dejó paralizado de la sorpresa. Jazmín, su nuera querida, a quien consideraba como su hija de sangre, estaba en plena práctica sexual con un desconocido en la cama de Giovanni.

-Jazmín, ¿qué significa esto?

La pareja interrumpió lo que estaba haciendo, Jazmín se sentó a la orilla de la cama, cubriéndose con la sábana; el hombre, evitando mirar a Eusebio, tomó sus ropas y se dirigió al baño.

Eusebio se dejó caer en un sillón de mimbre que estaba al lado de la ventana, su semblante cambió de preocupación a decepción y coraje. Sintió como si hubiese envejecido diez años en un solo instante.

-Lo último que pensé fue encontrarte a ti, y menos en estas circunstancias. Quería pasar un fin de semana tranquilo, y me encuentro con esta…basura. Creí que era Giovanni quien me acompañaría.

La mirada de Eusebio estaba fija en el suelo, sus delgados brazos colgaban a través del sillón dándole el aspecto de un títere. Su voz rasposa apenas era audible. El amante de Jazmín cruzó la habitación rumbo a la salida, la mujer le dijo antes de salir:

-Espérame afuera, enseguida nos marchamos. –dirigiéndose a su suegro- Lamento que te hayas enterado de mis devaneos, pero las cosas son como son y no pueden cambiarse. Yo no soy mujer para Giovanni, me cansé de ser invisible para él, al principio creí que éramos una pareja enamorada formando una feliz familia, pero no es así.

Eusebio la miró con dureza.

-¿Qué intentas decir con eso?

Jazmín se levantó de la cama a buscar su ropa, dejó caer la sábana al suelo quedando desnuda frente a Eusebio, era obvio que el pudor ya no le importaba. Comenzó a vestirse.

-Que me cansé de ser rechazada por tu hijo, soy una mujer y como tal quiero y deseo disfrutar mi sexualidad al máximo. Giovanni y yo no tenemos intimidad desde que me embaracé de nuestro hijo, desde hace dos años, -se paró frente a él y con su mano derecha le mostró los dedos índice y central recalcando sus palabras- dos años. Dos años de no tocarme, de no hacerme el amor, de rechazarme cuando yo me acercaba a él. Siempre de prisa, siempre ocupado, siempre añorando algo que no pudo tener. Me cansé de soportar sus tristezas. No tengo idea de lo que le pasa, pero imagino que tu sí lo sabes.

Eusebio recordó algo que lo hizo levantarse como impulsado por un resorte.

-Dices que no has tenido intimidad con mi hijo desde hace dos años y Giovanni nos dio la noticia hace días de que serán padres nuevamente. Eso que traes dentro –señaló el vientre de Jazmín con desprecio- no lleva mi sangre entonces ¿verdad?

-Oh, por supuesto que sí, ante la sociedad llevará su sangre y su apellido.

La furia de saberse engañado provocó que el caballero don Eusebio Hernández perdiera los estribos, abofeteó a Jazmín y la lanzó a la cama, se arrojó sobre ella y comenzó a apretar su cuello con toda la fuerza que su orgullo herido le proporcionó. El amante de Jazmín se quedó en el pasillo escuchando la plática previendo que algo pudiese salirse de control, entró al cuarto como un tornado tomando a Eusebio desprevenido, lo sujetó por los hombros y tirando de la camisa lo apartó de la mujer. Jazmín, sofocada, se refugió en los brazos de su amante y se alejaron dejando a Eusebio sumido en su furia y decepción.

-Golfa mentirosa. Y yo que te creía digna de llevar mi apellido. No vales nada. Nada.

Continuará...

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