Una digna esposa



El departamento se encontraba ubicado en pleno centro de la ciudad. Un mini complejo de tres pisos en una calle poco transitada pasaba desapercibido en medio de pequeños comercios, talleres mecánicos, una fabrica de ropa y un consultorio homeopático. Solo dos de los tres departamentos estaban rentados y eran el de la planta baja y el tercero, el segundo aún no había encontrado inquilino que le diera vida. El que ella ocupaba era, por fortuna, el de la planta baja. La elegante fachada del edificio era color amarillo pálido, protegida por una sencilla reja en color blanco. Al fondo del corredor, girando unos cuantos pasos hacia la izquierda, la puerta de entrada a su departamento quedaba de frente a las escaleras. Al entrar a mano derecha estaba el interruptor para encender las luces del pasillito que llevaba a la sala, ya que las paredes en tonalidad gris y la ausencia de luz natural en esa área lo hacían parecer más oscuro y sombrío al caer la tarde. Antes de llegar al salón, una puerta del mismo tono de las paredes podría pasar inadvertida de no ser por la oscura mancha redonda que era la chapa, este cubículo era el baño que utilizaban los visitantes. De espaldas al recibidor y frente al ventanal con vista a la calle, al centro de la habitación y sobre una alfombra de color azul grisáceo el saloncito informal constaba de un sillón en tono beige con cinco cojines en diversos tonos pastel, una mesa con extremos de cristal y centro de madera, minimalista, soportaba varios floreros pequeños en tono celeste, los cuales contenían cada uno una rosa; la mayoría de las flores presentaban sus bordes ya marchitos. Creando alrededor de la mesa un semicírculo, cuatro sillas enfundadas en tonos pastel haciendo juego con los cojines del sillón eran el complemento del confortable espacio. Del lado izquierdo una maceta con una planta permitía descansar la vista, al extremo derecho, pegada a la pared, una mesilla de cristal sostenía una delgada lámpara blanca acompañada de dos pequeñas y pesadas esculturas en vidrio soplado una imitando un botón de rosa en color rojo, la otra tenía forma de un ángel en un tono rosa pastel. Sobre esta misma pared colgaba un cuadro de fondo beige con flores en diferentes posiciones que iban desde el más tenue rosa hasta pinceladas rojas.

Recostada en el silloncito, Janet sentía como si el tiempo se hubiese detenido. Miró su reloj de pulsera por sexta vez. Llegó al departamento una hora atrás pero para ella era como si fuesen varias. A pesar de que su almuerzo lo ingirió muy temprano y ya eran pasadas las 4:00 de la tarde su estómago no reclamaba alimento. Fue a la cocina y del refrigerador extrajo una bebida de cola, se sentía mareada, quizá su presión estaba baja y un poco de azúcar le vendría bien. Vio entonces que continuaba el vino restante de la última cena que compartió con Giovanni; dejó la bebida de azúcar y se llevó el vino, tomó una servilleta y una copa y se instaló de nuevo en el silloncito. La primera copa se la bebió de un sorbo, como si estuviera sedienta, cosa que momentos después lamentó ya que sintió un ardor en el estómago. Se sirvió una segunda copa. Un sorbo pequeño. Permitió a ciertos recuerdos aflorar a su memoria, recordaba su casa en Morelia, sus primeros años de vida, una infancia feliz al lado de sus otros tres hermanos y sus padres Guillermo y Amalia. Pero en algún momento, cuando ella tenía doce años, toda esa estabilidad emocional se vino abajo: descubrieron que Guillermo tenía desde hacía varios años una segunda familia formada en la sombra con una mujer que conoció mientras ambos se desempeñaban como auxiliares de compras para una fábrica de ropa. De esta relación extramarital nacieron otros dos hijos, quienes tenían 7 y 5 años en ese tiempo.

Ella era muy pequeña para que su madre le contara lo que ocurría, más sin embargo se daba cuenta de los problemas que ésta tenía encima y que luchaba por salir a flote haciendo de cuenta que no pasaba nada. Comenzó a ser evidente la ausencia de su padre en casa, hasta que una mañana salió al trabajo como de costumbre y ya no regresó. Dos días después, Amalia, de la manera más sutil posible dio la noticia a sus pequeños hijos, contestó a todas sus preguntas acordando no volver a tocar el tema, al terminar se dirigió a la recámara para empacar todas las pertenencias de Guillermo (ropa, zapatos, perfumes, artículos de aseo, documentos y todo lo demás) en cajas que ya tenía listas para tal fin. Contrató un servicio de paquetería y ordenó llevaran las cajas a una dirección que solo ella y el recolector de la compañía sabían. Janet no recordaba haberla visto llorar, gritar ni realizar alguna de las rabietas que las mujeres suelen protagonizar cuando el hombre amado está por apartarse de sus vidas. Ni siquiera tristeza lucía el rostro sereno de Amalia, Janet la admiraba por eso y pensó que el mantenerse ocupada ejerciendo su profesión como dentista fue la mejor medicina que pudo ayudarla a salir de ese difícil trance.

Otro sorbo.

“Tuviste que convertirte en una mujer de acero para no hundirte en el mar de la desesperación mamá. Ahora que yo estoy atravesando por una situación parecida me pondré el mismo vestido de orgullo y dignidad que tu luciste hace diecisiete años”.

El ruido de la llave en la cerradura interrumpió sus recuerdos.

Avanzando lentamente hacia ella, Giovanni se sentó a su lado, tomó la botella y la expuso a la luz examinando el contenido.

-¿Cuánto de esto has bebido? –colocó de nuevo la botella sobre la mesa.

-El suficiente para mantenerme lúcida mientras llegabas.

Giovanni mantenía la mirada baja, observaba el piso, los codos apoyados en los muslos, frotándose las manos. En realidad le costaba mucho esfuerzo hablar. El solo hecho de dejar a un lado sus actividades para acudir al departamento con Janet ya era un gran esfuerzo que llevó a cabo de mala gana; hubiera preferido que ella atara cabos y sacara conclusiones que finalmente la obligarían a alejarse de él. Pero no. La muy compleja decidió atravesar la ruta difícil, fastidiándoles la existencia a todos. Bien. Habría que actuar para que desapareciera de sus vidas para siempre.

-Janet, vamos a terminar con esto como los adultos civilizados que somos, -la miró, pero ella tenía la vista fija en algún punto tras el cristal de la ventana- Desde el comienzo de esta relación supimos que no avanzaríamos a ningún lado y es mejor aceptar el resultado de nuestras decisiones.

¿Cómo? El hombre se tomó el atrevimiento de invitarla a salir, se hicieron más que amigos, fueron amantes y ahora todo eso quedaba reducido a nada. Por él dejó a un lado su regla de oro: no involucrarse sentimentalmente con compañeros de trabajo. Para ella era un insulto el que Giovanni cambiara completamente la historia de su relación.

-No era ese tu pensamiento cuando iniciamos el idilio y menos aún la última vez que estuvimos juntos, antes de irte a Baja California.

Hizo una pausa esperando tal vez una respuesta. Al ver que su interlocutor guardaba silencio, prosiguió.

-De lo contrario no me habría prestado a tu juego. Me diste un lugar en tu vida, al menos así lo sentí yo. Éramos como una sola persona, compartiendo gustos, intereses. Hablaste de un futuro juntos, un futuro maravilloso. ¿Qué pasó entonces Giovanni? ¿Ya estabas comprometido cuando te conocí y lo ocultaste? ¿O acaso te enamoraste repentinamente en Baja California? No fue un simple viaje de visita cuando permaneciste allá casi dos meses. Te casaste. Y ahora que regresas prefieres ignorarme y hacer de cuenta que nada ha pasado entre tú y yo, en vez de ser directo y decir las cosas tal como son.

Giovanni se levantó y caminó hacia el extremo del salón quedando frente al cuadro de flores, lo observó en silencio.

-Janet, Janet, las cosas nunca son como parecen. Para obtener las más hay que sacrificar las menos…

La mujer fue hacia donde él obligándolo a volverse a mirarla.

-Quieres decir…¿qué me utilizaste?

-Oh, no. Yo no lo llamaría de esa manera. Tú necesitabas afecto y compañía y yo te las otorgué. En mi caso necesitaba de alguien que fuera mi apoyo en la empresa y tú fuiste la indicada. Como ves, fue una “sociedad” que nos benefició a ambos.

Nunca atravesó por la mente de Janet que todo el romance vivido al lado de Giovanni fuera solo la maquinación de un perverso plan. Le contó muchas cosas acerca de su vida que con otras personas no sintió la confianza para hacerlo. Le confió su corazón, sus sueños. Estuvo muchas noches desnuda en su cama, entre sus brazos. Y el resultado final: una farsa.

-De modo que todo lo tenías fríamente planeado. No era verdad tu amor hacia mí. –recordó entonces la sorpresa de boda que ella esperó y que nunca le fue develada- Aquella casa que mandaste decorar con tanto esmero no estaba destinada a mí.

Giovanni caminó hacia el extremo contrario del salón dejando escapar una burlona carcajada. Janet sintió esa risa como un cuchillo afilado abriéndole heridas en la piel.

-¡Por supuesto que no! Nada de lo que hice fue por ti o para ti. Eres una mujercita muy simple. Te falta mucho para estar a la altura de un hombre como yo.

Janet intentaba no quebrarse, sabía que respecto a posición social estaba en desventaja frente a Giovanni, pero en relación a otros aspectos de la vida eran casi idénticos.

-Gracias a mi inteligencia y a mis conocimientos tu empresa se benefició económicamente, siempre estuve de acuerdo en mantener el secreto de nuestra relación para no perjudicarte ante tu familia mientras hallabas la manera de hacérselo saber a tu padre. Y aún haciendo todo lo posible para ayudarte a crecer me dices que no estoy a tu altura…

-Nada de eso hiciste gratis. Fuiste contratada para llevar esas tareas a cabo y te recompensé por ello, ¿o acaso te piensas que estabas en ese puesto solo por tus cualidades administrativas? No muñeca, todo, incluyendo los buenos ratos que pasamos juntos en la cama fueron pagados. Solo revisa tus comprobantes de nómina…

No estaba dispuesta a recibir insultos y aquello fue la gota que derramó el vaso. Tomó la estatuilla botón de rosa y la arrojó hacia Giovanni con toda la fuerza de que fue capaz. Éste con rápidos reflejos logró esquivar el golpe y la sorpresa se dibujó en su rostro. El botón de rosa fue a estrellarse contra la pared, la fuerza del rebote lo trajo de vuelta hacia los pies de Janet.

-Lárgate de aquí. –vociferó Janet.

-¿Qué? –otra vez se dejó escuchar la risa burlona de Giovanni- por si no te acuerdas, yo pago el alquiler de este departamento y…

-Lárgate. –tomó ahora el rosado ángel y alzó la mano para mostrárselo a Giovanni- Fallé una vez, no fallaré otra.

La mirada de Giovanni demostraba una especie de furia. Deseaba enfermizamente demostrarle quien era él, dejarle claro que a Giovanni Hernández nadie le hablaba ni mucho menos le trataba de esa manera. Pero calculador como era, se contuvo para no ocasionarse un problema mayor que pudiera traerle consecuencias de difícil o imposible reparación, puesto que ahora Janet no estaba obligada a guardar silencio; advirtió:

-En estas circunstancias no se puede razonar contigo. Terminaremos la conversación cuando se te haya pasado la ebriedad.

-No es necesario, para mí ya todo está aclarado. Adiós Giovanni.

Encaminó sus pasos hacia la puerta, pero antes dijo:

-Deberás abandonar este departamento lo más pronto posible; ya no tienes nada que hacer aquí.

Eso era lo último en que habría pensado, tener que abandonar ese refugio en el que se sentía tan bien. Entonces observó a su alrededor y vio que el encanto que lo rodeó se hubo desvanecido. Las paredes, los cuadros, los detalles que lo hicieron único ahora se dejaban ver tal cual eran: simples colores mezclados, simples trozos de cristal, naturaleza muerta, testigos mudos que guardaban infinidad de historias. La suya era archivada ahora junto con todas las demás que fueron antes de ella.

“Este lugar por más maravillosa decoración que tuviera, nunca llegaría a ser realmente un hogar. Únicamente es un refugio para quienes buscan libre diversión, sin compromisos ni obligaciones”.

Se quedó inmóvil durante un rato, levantó el botón de rosa y lo observó detenidamente, estaba entero, el golpe contra la pared no lo afectó en lo absoluto. Colocó ambas estatuillas en su lugar al lado de la lámpara. Encendió y apagó ésta varias veces en un intento por hacer de cuenta que la vida continuaba su curso normal después de Giovanni.

Antes de él era una persona con objetivos bien definidos y un buen plan de seguimiento para conseguirlos. Gustaba de la lectura, tenía una amplia biblioteca de títulos tanto impresos en papel como virtuales, aunque el género dominante era el policial detectivesco. Cada fin de semana se reunía con sus amigas para tomar un café o ir al bar. Se dio cuenta de que hacía varios meses abandonó tanto a sus amigas como a sus libros. Ahora que los caminos de Giovanni y ella se encontraban paralelos y nunca volverían a coincidir en punto alguno, regresaría a su mundo a continuar con las actividades que dejó de hacer por dedicar su tiempo y su esfuerzo a lo que creía era la mayor conquista de todo ser humano: el amor.

La llave girando en la cerradura. Quizá Giovanni olvidó decirle algo. Una presencia a sus espaldas, esperó algunos segundos para ver con que locura vendría ahora. Silencio. Encendió y apagó la lámpara de nueva cuenta. Miró por encima de su hombro derecho. Se volvió sorprendida.

-¿Usted?

Continuará...

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