Una digna esposa




-Muchas gracias señito. -el operador de la mudanza se guardó en el bolsillo de su desgastado pantalón la generosa propina que Janet le obsequió- No tiene por que molestarse, pero gracias de nuevo.
-No tiene nada que agradecerme señor, usted se ganó la propina con su trabajo. –le regaló una amable sonrisa.
-Diosito le dé más señito. Aquí le dejo mis datos por si se le ofrece algún otro servicio de flete. –le alargó una pequeña tarjeta que sacó del bolsillo de su camisa y Janet la tomó- Adiós.
-Adiós.
Janet esperó a que el hombre arrancara el pequeño y destartalado vehículo, lo observó hasta perderse en la lejanía, entonces entró a su casa y cerró la puerta, apoyándose de espalda contra aquélla durante unos segundos como tratando de evitar que alguien entrara.
No fue uno de sus mejores días, en esos momentos se sentía sola, desamparada, vulnerable, aunque contaba a su alrededor con muchos amigos que en verdad la estimaban; pero esos muchos amigos no podían darle la clase de afecto y compañía que cualquier ser humano necesita: el de una pareja.
-Basta –se dice en voz alta- Giovanni forma parte del pasado, y el pasado a partir de este momento lo dejo fuera de mi casa y fuera de mi vida.
Vio delante de ella las cajas que el operador de la mudanza dejó en la salita, eran cuatro las cajas que contenían sus objetos personales y dos maletas con ropa, realmente pocas pertenencias para hablar de una mudanza. Las dejó tal como estaban, no sentía ganas de acomodar nada. El frío de finales de noviembre ya estaba instalado en su casa y comenzó a hacer estragos en su cuerpo. Se le antojaba un baño caliente, una cena ligera seguida de un café acompañado por un pastelillo como postre y se iría a la cama. Había sido un día bastante difícil. Su habitación la encontró tal como la dejó meses atrás: en el clóset su ropa estaba ordenada primero la que más usaba a menos uso, el peinador y el espejo apenas lucían una ligera capa de polvo, la cama se cambió se sábanas y almohadas en su última visita y en el baño colocó toallas limpias, papel higiénico y un aromatizante con olor a coco, además de que shampoo, gel de baño y crema dental hacían presencia ahí.
Se felicitó a sí misma por darse el tiempo para ir una vez por semana a su casa y mantenerla limpia y habitable a pesar de que durante su noviazgo con Giovanni vivió en el departamento que él alquiló para ellos.
Se desvistió, abrió el grifo de la regadera y esperó unos segundos a que bajara el agua caliente, la sintió correr por su cuerpo como un bálsamo tranquilizante. Eso era precisamente lo que necesitaba, tranquilizarse, pensar con claridad que haría con su vida después de su ruptura, nada amigable por cierto, con Giovanni. Aspiró profundamente el aroma a shampoo que flotaba en el ambiente al terminar de lavarse el cabello. Cubrió con espuma su cuerpo para darle un suave masaje con la esponja durante unos minutos. Luego se colocó de nuevo bajo el agua. Cerró los ojos, los recuerdos fueron llenando su memoria de uno en uno como una sesión fotográfica.

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No dejaba de mirarse las uñas, las cuales llevaba cortas y sin esmalte. Las frotaba con gesto nervioso una por una empezando por el dedo pulgar y terminando con el dedo meñique mientras esperaba sentada en la salita de recepción al contador, o encargado de recursos humanos o a quien fuera a realizarle la entrevista de trabajo. “Asistente de Gerencia” rezaba el anuncio publicado en la sección de clasificados del periódico del día anterior. Cubría los requisitos exigidos en el mismo por lo que se animó a concertar una cita. A las 4:00 p.m. en punto le hubo dicho la telefonista al otro lado de la línea; ahí estaré, fue su respuesta.
Tenía ya seis meses desempleada, y aunque su familia la ayudaba económicamente, Janet estaba acostumbrada a cubrir sus propios gastos, y lo más importante, quería ingresar a la universidad, motivo por el cual abandonó su natal Morelia para ir en busca de su prometedor futuro en una de las ciudades más prósperas de la república: Monterrey. Alcanzaba ya los 29 años de edad y desde que tenía 16 había vivido de su sueldo como secretaria, archivista asistente administrativa o cualquier otro puesto que la ubicara dentro de una oficina, pero de un tiempo a la fecha decidió que ya era momento para un cambio en su vida profesional aunque aún estaba indecisa entre que carrera escoger: durante la preparatoria le atrajo la idea de ser psicólogo clínico; luego trabajó para un negocio que se encargaba de fabricar transformadores eléctricos y la mayoría de sus compañeros así como sus jefes ostentaban el título de ingeniero electricista o similar, se imaginaba ella con ese título pero sabía que no era buena para los cálculos, así que desistió de su idea. Últimamente el nombre más sonado entre estudiantes era la licenciatura en relaciones internacionales y solo por el nombre que se escuchaba de “categoría” pidió informes sobre la misma, pero al revisar el plan de estudios algo no le convenció, por lo que la elección de carrera quedó pendiente. En ese momento lo más importante era dedicarse a trabajar y tener un sueldo seguro, ya decidiría luego que estudiar, no tenía prisa en cuanto a eso, total, si ya había dejado escapar 13 preciosos años unos meses más postergando su decisión no significaban nada.
-Janet Treviño –una voz femenina rompió de golpe sus recuerdos- por favor, por este pasillo –señaló la mujer con la mano hacia su lado derecho- sube las escaleras y la segunda puerta a tu derecha.
Janet siguió las instrucciones dadas, las paredes del estrecho pasillo y el suelo eran inmaculadamente de color blanco. Frío. La luz blanca ayudaba a crear la impresión de estar caminado dentro de un hospital.
-Pobre de la persona que realice la limpieza, debe desgastarse el brazo fregando para que todo el día y todos los días permanezca inmaculado.
La segunda puerta estaba abierta, seguramente el contador o el reclutador ya sabía que de dirigía con él y la esperaba. Detrás del escritorio estaba sentado un joven rubio y de ojos claros que sonrió al verla.
-Tu debes ser…-buscó entre los papeles que tenía sobre el escritorio- sí, aquí está, Janet Treviño –el rubio se presentó tendiéndole la mano a la joven, y sin motivo alguno ella se sintió incómoda al estrecharla.- 4:00 de la tarde. –miró el reloj que marcaba as 4:43- Perdón por la demora, pero tenía una llamada que no podía terminar…
Janet sonrió, tuvo la impresión de que el tipo era distraído y mal organizado para trabajar, el escritorio desordenado y cubierto de documentos no le daba buen augurio.
“Santo cielo, si llego a quedarme con el puesto no me gustaría trabajar al lado de este señor”, fue el pensamiento que se instaló en su cerebro.
La entrevista terminó rápido, el entrevistador tenía más interés en dejar bien claro el impresionante currículum de la compañía, su giro dentro del mercado y lo que se esperaba de la asistente gerencial que conocer las habilidades e inquietudes de la aspirante al puesto.








Continuará...

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