Entre el amor y las apariencias


Hoy

La vida continúa, tengas o no a tu mejor amigo al lado. Claro que de cierta manera te falta una parte de tu vida porque el apoyo que recibimos de cada amigo es único. En fin, yo me dedique a trabajar y a estudiar para alcanzar mis objetivos.

Ingresé a desarrollar mi profesión en una dependencia gubernamental. Había varios estudiantes practicando profesionalmente y a la vez adquiriendo conocimientos; una practicante, Cinthya Cortés, era una muchachita delgada, de estatura media, cabello largo rizado y tez morena. Tuve la impresión de haberla visto antes aunque no recuerdo donde. En la oficina la llamaban “CC”. Me agradaba platicar con ella, tenía una gracia especial para contar las cosas. Llegué a sentir aprecio por ella, quien a la vez tuvo la confianza de platicarme sus cosas personales; me consideró su amiga, cosa que yo agradezco.

Cierta tarde, al terminar la jornada laboral y al ir de regreso a casa, pasé por el restaurante Elegance, que de elegante solo tiene el nombre. De acuerdo, el local está limpio, bien decorado, el mobiliario es nuevo, el personal te atiende a las mil maravillas, la comida es buena y los precios justos. Aún y con todo eso el nombre le queda grande. El restaurante está ubicado en la esquina opuesta a la oficina donde laboro. Al pasar frente a la amplia ventana, en una mesa dispuesta para dos personas situada a la orilla de la ventana para tener vista a la calle, una mujer sostenía entre sus dedos un cigarrillo ya consumido hasta la mitad. Algo en aquella mujer captó mi atención. Le señora debió sentir lo mismo porque volvió su mirada hacia mi como si intuyera mi pensamiento. De repente caí en la cuenta de que frente a mi estaba mi amiga preparatoriana, la extraviada desde hace más de 25 años. Con unos kilos de más, una corta melena rizada añorando el largo cabello que lució de antaño, un vestuario seguramente adquirido en el Palacio de Hierro, pero la reconocí en el instante. Sin dudarlo un momento entré y me dirigí a la mesa de la dama donde ella me esperaba con esa sonrisa tan suya.

-¿Margarita? –pregunté, todavía incrédula.

-Sí Evelyn, soy yo.

Nos fundimos en un efusivo abrazo, me invitó a acompañarla, intercambiamos opiniones, preguntas, direcciones, teléfonos. Escuché a ms espaldas una vocecita conocida.

-Hola, ¿cómo están? –un saludo nervioso y vacilante.

Me volví y vi a CC parada a un lado nuestro.

-CC, ¿qué haces aquí? –pregunté al tiempo que la expresión facial de Marga cambiaba de contenta a seriedad absoluta- Ustedes… ¿se conocen?

-Tanto como conocernos no, -fue la respuesta anticipada de Marga- pero la joven y yo necesitamos conversar de cierto asunto.

Me despedí de ambas. Margarita quedó en llamarme para acordar ir a comer. No sé por qué pero me sentía mortificada por CC. Ignoraba que ella y mi amiga se conocieran, en fin, si yo tenía algo que saber, Marga o la misma CC me lo dirían.

Al día siguiente noté a Cinthya extraña, quizá fuera mi imaginación pero la sentía seria, incluso distante conmigo. Los días que siguieron apenas me dirigía la palabra; aproveché encontrarla sola en el comedor para hablar con ella.

-Hola Cinthya, que milagro que nos encontramos.

Sonrió.

-Sí.

La conversación giró en torno a asuntos de poca importancia, ella tuvo la iniciativa de mencionar a Marga.

-Evelyn, ¿usted conoce a la señora con quien nos encontramos en el Elegance?

Pensé bien mi respuesta, no quería incomodar a CC.

-Sí, es una vieja amiga de mis tiempos de preparatoria; nos reencontramos casualmente después de 24 o 25 años de no vernos.

-Opss! Casi desde que yo nací…

-¿En serio? ¿Cuántos años tienes tú?

-24.

Que conversación tan interesante, me contó cosas de su vida que nunca antes me hubo confiado “tengo otro hermano mayor, nuestros padres no podían concebir hijos, así que decidieron adoptar dos niños, ¿y sabe que fue lo bueno de todo esto? Que tuvieron la oportunidad de escoger a sus hijos. Me gusta ser su hija…”.

Durante unos instantes mi mente retrocedió en el tiempo. ¿Qué sería del hijo que Marga esperaba de Benjamín? ¿Abortó? ¿Nació y lo entregó en adopción? ¿Acaso lo crió con ella? ¿Fue niño o niña? La respuesta a esas preguntas solo Marga las tenía, y seguro que las compartiría conmigo cuando nos volviésemos a ver.

La comida con Marga demoró un poco. Luego de un mes de reencontrarnos recibí su llamada y quedamos en vernos en un restaurante de mayor clase que el Elegance.

Luego de conversar sobre banalidades escuché su historia: al enterarse sus padres del embarazo decidieron irse a vivir a Sonora, en una casa propiedad de su abuela paterna. Ahí nació su hija, porque vio que fue una niña y se propuso que la criatura tuviese una familia aunque no fuera con ella, así que recurrió a una institución que se encargaba de tramitar adopciones. Entregó a la bebé a la trabajadora social y nunca supo más de ella.

Su padre encontró un mejor trabajo. Adrián desafortunadamente perdió la batalla contra la enfermedad. Su hermana y ella terminaron sus estudios. Por vueltas de la vida Marga logró conseguir trabajo en un exclusivo club de golf como asistente en la dirección de recursos humanos. Ahí conoció a su actual marido, Roberto Méndez, un contador divorciado y con un hijo varón que en ese tiempo contaba con seis años de edad. Aparte de Robby, Marga le había dado dos hijos más: Violeta y Leonel.

De Benjamín no volvió a saber nunca, ni curiosidad sintió por enterarse de la vida o suerte del hombre que solo la tomó por un juguete y luego la abandonó.

Aprovechando el tema de Benjamín, hice la pregunta con algo de miedo.

-Marga, dime una cosa, en cuanto a la niña ¿no sientes curiosidad por saber que ha sido de ella?

Pensó su respuesta durante varios minutos.

-La verdad, no. Sé que ella fue víctima de las circunstancias y yo no estaba preparada para convertirme en madre tan joven, y aparte sin el apoyo del padre de la criatura. Ahora tengo un hogar, tres hijos que atender, actividades laborales y sociales. Todo eso llena mi vida, no dispongo del tiempo ni el espacio para añorar lo que nunca debió suceder. Pero ya cambiemos de tema. Me gustaría que me hablaras de esa jovencita, con quien me cité en el Elegance el día que nos encontramos tú y yo.

-Te refieres a CC.

-¿CC? Que nombre es ese, por Dios…

-Son las iniciales de su nombre, Cinthya Cortés. ¿Qué clase de cosas necesitas saber sobre ella?

Vacilación en Marga.

-Mira Evelyn, voy a ser sincera. Roberto y yo no somos millonarios pero vivimos bien, hemos logrado hacernos de un patrimonio para nuestros hijos y tenemos amistades de cierto nivel social. Robby, a quien considero como si en verdad fuera hijo mío, anda muy entusiasmado con CC, y eso no me agrada. Él tiene, o tenía, planes de comprometerse con la hija de un amigo nuestro a quienes conocemos desde hace años, pero sus ideas cambiaron al conocer a esta muchachita. En un principio habló de ella como una buena amiga, de hecho la invitó a comer a casa varias veces y me simpatizó. Hay algo en ella que me recuerda a mi cuando tenía su edad; pero de eso a permitir que haya un compromiso entre ella y mi hijo hay un mundo de diferencia.

“Cuanto has cambiado Margarita, ya no recuerdas que vienes de una clase social media, todo lo que tienes ahora se debe a tu esfuerzo y al de tu esposo. No naciste siendo lo que hoy eres”.

-Que puedo yo decir de CC. Hasta donde la he tratado me parece una buena persona. En cuanto a lo profesional se esfuerza por salir adelante, está por terminar su carrera y la dependencia la tiene en lista de practicantes para otorgarle una plaza en cuanto sea posible.

-¿Y respecto a su familia qué sabes?

Una idea loca pasó por mi mente. No podía ser.

-Sé que tiene un hermano mayor que se graduó como ingeniero electricista, su mamá tiene un negocio de papelería, en cuanto a su papá es empleado en una ruta de transporte urbano…

La cara de Marga denotó sorpresa, espanto.

-¿Un chofer de urbano? –preguntó escandalizada.

-Es empleado administrativo, Margarita, se encarga de las nóminas del personal, altas y bajas ante seguridad social y cosas por el estilo, tú sabes de eso mejor que yo.

Hasta ese momento solo había escuchado una parte del litigio. Me faltaba escuchar la otra.

Continuará...

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