Entre el amor y las apariencias


El pasado

Margarita Sánchez Arreola. Mi mejor amiga durante la época de preparatoria. Al graduarnos continuamos frecuentándonos lo más que podíamos.

Era una chava de clase más o menos acomodada, segunda de tres hijos del matrimonio Sánchez Arreola; no eran lo que podía llamarse “gente de dinero” pero vivían con comodidades tales como automóvil, teléfono y ciertos lujos como por ejemplo la televisión de paga, que en esos años comenzaba a surgir.

Margarita no se distinguió precisamente por ser una destacada estudiante, sus notas eran buenas si hablamos de una calificación de 8.0 o un poco más; pero no se esforzaba por mejorarlas. Su familia atravesaba por fuertes problemas: su hermano mayor, Adrián, enfrentaba leucemia, su padre tenía casi un año de estar enfrascado en un litigio laboral porque fue despedido sin causa justificada de la empresa en la cual dejó doce años de servicio como contador general. Su hermana menor cursaba la secundaria pero ya andaba alborotada con uno de sus compañeros de clase y en casa había indicios de que ya probablemente tuviese relaciones sexuales con el susodicho. Se entendía que doña Esperancita se apoyara en su hija Margarita absorbiendo su tiempo y su atención. ¿El resultado? Margarita, quien ya cursaba el segundo semestre de la ingeniería en sistemas, reprobó varias materias, las cuales presentó y aprobó con las calificaciones mínimas, siendo tanto el hecho de reprobar, el pago para tener derecho a una nueva aplicación de exámenes y la calificación de pase un gran disgusto para doña Esperanza, quien pensaba que su hija debía esforzarse más para no hacerlos pasar semejantes vergüenzas.

El motor que mantenía a la desdichada Margarita en pie dentro de todo ese caos familiar fue Benjamín, un mecánico automotriz dueño de un taller que estaba a la vuelta de la escuela y quien pronto se convirtió en el novio de la futura ingeniera. Vivieron una relación tormentosa desde el principio, ya que doña Esperanza, mujer calculadora, deseaba para sus “muñequitas” hombres de buena familia, tanto moral como económicamente, por eso rechazaba a Benjamín, porque contaba con el dinero justo para vivir. Con él no habría lujos ni caprichos. Margarita no le daba importancia a la opinión de su madre, por lo que la relación con Ben, como le llamaba cariñosamente, continuó, pero la batalla final la perdió contra Obdulia, una chica que recién conoció a Ben se empeñó en conquistarlo. Contra la pasión malsana nacida del sexo no se puede luchar. Obdulia era una chica extrovertida, alta, piel blanca y de cuerpo casi perfecto que lo mismo con pantalones ajustados que con escotes atraía la atención y el deseo de los hombres. Margarita era el polo opuesto: una muchacha bajita, morena, de cabello negro rizado, que vestía faldas hasta un poco más debajo de la rodilla y blusas formales abotonadas apenas dejando ver su cuello. Obdulia consiguió que Ben se casara con ella después de haber salido varias veces, lo que provocó que Margarita decayera en ánimo y sus ya de por sí bajas calificaciones pagaran las consecuencias.

Durante varios meses fui su paño de lágrimas, pero inesperadamente la noté contenta, puedo decir que hasta feliz, no me dijo al principio la razón de su alegría pero imaginé que algún galán le hizo recuperar el brillo en su mirada. El galán era nada más y nada menos que Benjamín. Sí, el mismo Benjamín que tiempo atrás la cambió por otra.

-No me regañes amiga, solo que Ben ya me aclaró las razones que tuvo para desposar a Obdulia, se casó obligado por las circunstancias porque como ya se había acostado con ella no podía dejarla, pues su familia a pesar de ser pobre estaba bien relacionada y podrían ocasionarle un daño físico o material. Pero la dueña de su amor soy yo, me ama a mí, no quiere que dejemos de vernos, pero eso sí, nadie deberá enterarse.

-Marga, -lancé la temida pregunta- ¿aceptarás esa situación? Él no puede ofrecerte más que el tiempo que le sobre y si se entera tu familia o su esposa, no quiero imaginarme el lío que se armará.

Leí en sus ojos la respuesta.

-Estoy dispuesta a correr el riesgo, yo aún lo amo, y bueno…-se sonrojó- ya estuvimos juntos dos veces.


Semanas después de aquella conversación, recibí su llamada pidiéndome que nos encontráramos en un cafecito que está a unas cuadras de su casa. La noté angustiada. Supe que algo andaba mal porque estaba fumando, cosa que hacía solo cuando atravesaba por situaciones estresantes.

-¿Y que pasa ahora? –pregunté- la última vez que conversamos estabas radiante y hoy te noto triste, indecisa.

-Estoy bien, -una fingida sonrisa apareció en su triste rostro- bueno… no, no lo estoy. Está ocurriéndome algo grave. Estoy embarazada, tuve un retraso e inmediatamente me hice la prueba casera. Dio positivo.

Tranquilamente le dije:

-Es normal si tu vida sexual está activa, es trillado lo que voy a decirte pero ¿por qué no te cuidaste? ¿Ben ya lo sabe?

-No tuve oportunidad de tomar precauciones, no planeamos terminar en la habitación de un hotel. Ese día me invitó a comer, bebimos de más y nos excitamos. Y sí, Ben ya lo sabe pero no enfrenta su responsabilidad. Después de que se lo dije no he podido localizarlo, no puedo llamarlo a su casa por obvias razones, no está en el taller y su celular siempre está apagado. Estoy desesperada. No sé que voy a hacer.

-Calma, ¿aproximadamente cuanto tiempo tienes de gestación?

-Voy a cumplir once semanas.

-¿Y que vas a hacer ahora?

Guardó silencio. Esperé pacientemente su respuesta.

-Tengo los datos de un médico que se encarga de eliminar estos problemas. Pero tengo miedo. Mucho miedo. –se soltó a llorar.

-No precisamente tienes que llegar a eso. Háblalo con tus padres, se enojarán contigo al principio, pero en cuanto nazca el bebé…

-Me perdonarán, sí, lo sé, pero el caso es que yo no sé que hacer. Para el aborto el tiempo se agota, y si decido tener este hijo pienso que su nacimiento será la muerte de mis sueños. No podré disponer de mi tiempo como ahora por estar siempre al pendiente de él; me olvidaré de ser mujer para ser únicamente madre. Y yo no quiero eso, no quiero…

Fue la última vez que la vi.

Días después llamé a su casa pero nadie contestó. Fui a buscarla una tarde al salir de mi trabajo pero la casa daba un aspecto de que hacía varios días que no se aseaba, las plantas que adornaban la entrada fueron retiradas quedando solo las huellas de las macetas en el piso, había alguna correspondencia arrojada dentro de la cochera, cubierta de polvo. Las ventanas estaban cerradas y lucían las cortinas corridas. Uno de los vecinos al ver mi insistencia tocando el timbre tuvo la delicadeza de decirme que al parecer la familia se mudó, aunque no pudo darme más datos.

Así le perdí el rastro a mi amiga de preparatoria. De eso hace ya 23 años.

Continuará...

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