Entendiendo los Probervios



El bar se ubicaba en pleno centro de la ciudad, solo atravesaron la calle para llegar a donde el vaquero dejó estacionado su automóvil. El estacionamiento estaba oscuro en su mayor parte. Como buen caballero auxilió a la dama a subirse al auto, Laura Alicia se recostó y cerró los ojos, luego escuchó el cerrarse de la puerta del conductor. Sintió que el vaquero le acariciaba las mejillas, el sedoso y planchado cabello teñido de rubio, segundos después se encontró envuelta en un confortable abrazo. Escuchó el ruido de un cierre y sintió su mano explorar por el sexo del hombre. Desconcertada, Laura Alicia se separó del vaquero.
-¿Qué haces?
-Lo que querías que te hiciera desde que me viste –le contestó al tiempo que volvió a tomarla entre sus brazos y le besaba el cuello.
Laura Alicia volvió a rechazarlo.
-Te equivocas, yo no deseo tener intimidad contigo, apenas si te conozco…
La respuesta del hombre la detuvo en seco.
-Las mujeres de tu calaña, quiero decir, prostitutas –hizo énfasis burlón al pronunciar la palabra- porque eso es lo que eres, ¿o no? –Laura Alicia sentía la despectiva mirada del vaquero recorrer todo su cuerpo- ruegan al cielo –alzó las manos agitándolas en el aire- encontrar a quien les pague el consumo y al momento que el cliente desea hacer efectivo el “bono” que ya se ganó, las “princesitas” se hacen las decentes, cuando en realidad están más talladas y pulidas que la madera de un mueble.
El hombre buscaba con su mano izquierda algo debajo del asiento, Laura Alicia tomó su bolso e intentó abrir la puerta para salir, pero antes de lograrlo el vaquero la tomó por el cabello y la obligó a volverse a mirarlo, quedó paralizada por el miedo al ver claramente lo que el hombre sostenía en la mano, a unos pocos centímetros de su rostro. La mujer sintió el frío metal del arma pasear por su cuello.
-Imagino que con los añitos que cargas encima sabes como hacer un trabajo perfecto ¿no? Anda, termínalo –gritó, y tomándola de nuevo del cabello le acercó la cabeza a la entrepierna, obligándola a tocar con los labios su miembro. Asqueada, Laura Alicia comprendió que tenía que obedecer las órdenes de ese enfermo si quería vivir. Sentía la respiración de aquel criminal en la nuca, vio entonces que esa era su oportunidad para escapar. Con toda la fuerza que fue capaz de reunir, alzó la cabeza rápidamente y con brusquedad lastimando la nariz y la boca del vaquero, dejándolo por el momento sin respiración. El ataque tomó por sorpresa al hombre quien soltó el arma y se llevó las manos a la cara, momento en el que de nueva cuenta Laura Alicia intentó abrir la puerta, pero la combinación de alcohol y miedo la dominaba, sentía sus manos pesadas, pulsó varias veces el botón del seguro de la puerta hasta que al fin ésta cedió. Su bolso cayó al piso del auto, se entretuvo unos segundos buscándolo entre la oscuridad, mientras los gemidos de dolor del vaquero le ponían la piel de gallina. Al fin lo encontró. Dio gracias a Dios que estuviera cerrado. Se alejó de prisa lo más que pudo ya que por lo alto de sus tacones se le dificultaba correr. En su huída no reparó en que un auto venía a su costado derecho a toda velocidad, reaccionó al escuchar el bocinazo y por instinto corrió hasta alcanzar la acera. Estuvo a punto de ser atropellada.

A juzgar por ausencia de tráfico, debían ser las primeras horas de la madrugada; tenía la impresión de que el tiempo se hubo detenido desde que salió del bar. Perdió la noción de cuantas cuadras o cuanto tiempo pasó caminando sin dirección fija, vagaba por una estrecha avenida de oriente a poniente cuando se dio cuenta de que un auto se detuvo a su lado, el conductor bajó la ventanilla y vociferó algo, y aunque la iluminación de la calle era escasa logró distinguir al conductor: era el vaquero, y Laura Alicia aprovechó que era el final de la cuadra para doblar la esquina a la derecha, el vaquero no podría seguirla pues la calle era en sentido contrario a la que iba conduciendo. El auto pasó de largo. “No hay tiempo que perder” era el pensamiento de Laura Alicia, miró una casa protegida con una alta verja y un tupido jardín cuyo follaje enredado en la reja impedía la vista hacia dentro. Reinaba la oscuridad total, por lo visto los habitantes no estaban o se encontraban profundamente dormidos. La mujer tiró del pasador viendo que no tenía candado, la abrió con cautela tratando de no hacer ruido. Logró entrar, pero ahora se enfrentaba a la incertidumbre de que en cualquier momento un perro saliera a su encuentro y pusiera al descubierto su presencia en aquella casa. Transcurrieron unos minutos, por entre las hojas de la tupida reja Laura Alicia observaba si el auto de su perseguidor aún intentaba rastrearla. El corazón le latía con fuerza cada vez que escuchaba a lo lejos el sonido de algún motor. Respiró tranquila al darse cuenta de que la calle permaneció desierta durante un buen rato. Ya sin el acoso del vaquero ni la amenaza del perro, su mente comenzó a aclararse para saber que hacer. Sacó de su bolso el celular. Se encontraba descargado. “Maldición” fue lo que logró decir, buscó un rincón de la casa donde difícilmente podría ser vista, se sentó abrazada de sus rodillas. “Pronto amanecerá y podré marcharme, no creo que el tipo pierda su tiempo dando vueltas buscándome, no le conviene que yo arme un escándalo a plena luz del día”. Tenía frío, se pasaba las manos por los brazos semidesnudos.






Continuará...

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