Casa Nueva



Describiré al lector la casa en que transcurrió mi infancia, bueno, si es que a ese cuarteto de mal estructuradas paredes de block levantadas a las prisas, podría dársele el sustantivo de “casa”. El techo siempre fue de lámina, unos barrotes impedían que éstas estuvieran al ras de los cimientos, por lo que en invierno todo el aire frío se colaba impidiendo un ambiente cálido, las pobres láminas estaban ya tan desgastadas por el agresivo clima y factor tiempo, que cada vez que llovía no sabíamos si nos mojábamos más adentro que afuera. Eran tres cuartos dispuestos como vagones de ferrocarril; el primero podía decirse que era la sala, recámara y estudio para hacer nuestra tarea escolar. Por sala se contaban dos sillas desvencijadas que también formaban parte del comedor. La cama en que dormía mi abuela también hacía presencia en ese cuarto, ah, porque mamá tenía a su “santa madrecita” viviendo con nosotros, ya que al morir su concubino los hijos de éste se encargaron de hacerle ver que no le correspondía ninguno de los bienes materiales del difunto, ni siquiera la humilde choza en que vivieron los últimos años. La señora se encargó de hacernos a mis hermanas y a mí la vida imposible, cosa que mamá le pasaba por alto con el pretexto de que estaba azucarada, perdón, quiero decir enfermita la pobre, aunque yo nunca creí tal cosa, para mí que navegaba con bandera de loquita para sacar provecho de toda situación que se presentara favorable para ella. Existía también un tocador de madera con el espejo amarillento y dos cajoncitos que su mayor tiempo permanecieron llenos de nuestros recortes y librejos, así como un mueble con forma de escritorio el cual utilizábamos para realizar nuestros deberes escolares y guardar nuestras mochilas.

El segundo vagón, quiero decir cuarto, estaba formado por las camas en donde dormíamos mis hermanas, mi madre y yo, a la par de la mesa vieja (regalo de las muchachas del tío Luis cuando ellas se hicieron de un comedor nuevo) donde nos reuníamos para comer, y el tercer vagón contenía la cama donde dormía mi padre, le hacían compañía una estufa, el gabinete (con todo y sus patas guangas), el dizque fregadero donde lavábamos los trastes y una mesilla de lámina que era un auxiliar porque teníamos vasijas de sobra (quebradas y quemadas de las cuales mamá se negaba a desprenderse “por si acaso la necesito para…”, claro que nunca más las volvió a ocupar) y no había más espacio donde acomodarlas. Y a continuación el rey de la casa: un inodoro manchado de sarro, evidencia de que no era lavado lo suficientemente a fondo, y la cereza de la torta lo formaba una regadera que solo se alimentaba de agua fría.

La puerta que daba acceso al patio era una triste rejilla de madera, rejas, como en la cárcel, la cerradura de seguridad era una cadena con candado, y se cubría con otra puerta de madera (recogida de unos escombros dejados por el vecino al mudarse) y una barra de hierro atravesada. El patio era de tierra, y cuando llovía, cuidado con el zancudal y los gusanos que proliferaban ahí, aparte de la tupida población de carrizos que era difícil de podar.

En cierta manera, no me gustaba esa casa, se sentían cosas raras, se veían sombras correr de un lado a otro, en medio del silencio se escuchaba el abrir de una ventana o en el patio oíamos la voz de una mujer cantar. Ah, el patio! Adoraba ese patio de tierra durante el invierno, que era la estación del año en que se hallaba seco, ese patio con dos limoneros que dejaban caer sus hojas secas. Como me gustaba el domingo, el día que las tías venían de visita con los primos y ellos y nosotras nos sentábamos a la sombra de los árboles a inventar historias mientras los adultos conversaban adentro; otras veces nos daba por enterrar tesoros, en la edad infantil entiéndase tesoros a una simple caja de cerillos, una botella de perfume o un recorte de periódico sin entender la noticia que trajera impresa.

El tiempo de la miseria transcurrió y el momento de cambiar de hábitat se presentó de golpe. Yo estaba alegre porque al fin dejaríamos ese cascarón mal hecho; tanto esperé el instante de mudarme a otro lugar, una mejor colonia, vecinos nuevos… y ahora que llega la oportunidad de cierta manera no quiero irme.

Durante las últimas dos semanas, un amigo nos ha ayudado a llevar nuestras pertenencias al nuevo domicilio; hoy es nuestro último día de vivir en este museo del horror, siento una angustia instalarse en mi estómago, no puedo conciliar el sueño.

Nos levantamos, hacemos nuestros quehaceres y tomamos el desayuno normalmente; estamos en espera de la mudanza, yo me siento en la sala con la mascota french en brazos, huele a shampoo, ayer le dimos su último baño en esta casa; creo que también le he contagiado de mi nerviosismo porque no para de pedir que le acaricie la cabeza y que no la suelte. Por fin llega la mudanza, los operadores, con una habilidad maestra, comienzan a cargar los muebles, no los viejos que describí al principio, esos se desecharon a la primera oportunidad que se presentó, sino los más nuevos y modernos. En tan solo veinticinco minutos la casa queda completamente vacía.

Los demás se adelantan y yo me quedo a solas con el pretexto de cerrar las puertas, ya nadie va a entrar y nadie saldrá.

Voy recorriendo con la mirada cada espacio, no puedo explicar la sensación que me embarga al ver esos tres cuartos vacíos, aún y con fantasmas fue mi casa durante treinta y cinco años; acaso son la tristeza y la nostalgia el nudo que me aprieta la garganta en señal de despedida.

Me esperan para irnos. Doy una última mirada y cierro las puertas con llave al salir. El auto se pone en movimiento. Dicen que no es bueno mirar atrás pero no puedo evitarlo, miro de nuevo la casa hasta que se pierde en la lejanía.

Y con ella se quedan todos los momentos ahí vividos, todos los recuerdos.

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