Aprendizaje



En las conversaciones que mamá sostenía con otras personas, siempre la escuché decir que cuando yo entrara a cierta edad me enamoraría y me casaría. En mi mente infantil la frase “tener novio” significaba dos chiquillos platicando de cosas intrascendentes, mirarse lelos el uno al otro y sonreírse como tontitos. “Casarse” era cumplir la obligación de visitar la iglesia y luego acudir a una pomposa fiesta (que a final de cuentas los novios pagan y no disfrutan) para ser el centro de atención de todas las miradas (que si la novia luce de tal o cual manera, si el peinado la favorece, si el vestido así y asá, si el novio no se afeitó bien o se lastimó al hacerlo y cosas por el estilo que nunca faltan), convivir y escuchar las estupideces que por buenos deseos te hacen saber los invitados y padrinos. Nada que ver con la realidad.

Crecí en estatura y edad, maduré física y emocionalmente, el mundo dejó entonces de ser fácil como lo decía mamá y entendí con el paso de los años que el amor es como una obra de arte abstracto, sabemos que existe y sentimos su presencia pero muy pocas personas logran encontrarlo. Y yo no he sido una de ellas.

Mis primeras relaciones sentimentales fueron con muchachos que tenían mi misma edad, ¡un fraude total! Únicamente platicaban de tonterías y al comentarles de mis problemas o inquietudes ofrecían como respuesta un chiste idiota seguido de unas risitas igual de idiotas. Decepcionante. O estaban a mi altura intelectual ni emocional, ellos solo buscaban cubrir sus necesidades afectivas y de alguna manera económicas; quizá por estas razones me sentía atraída por hombres que me llevaban 10 o 12 años en edad. Esos hombres me hacían sentir importante, que yo era una parte esencial en su mundo.

Con este tipo de relación aprendí lo que es realmente un noviazgo, ambos aprendimos de nuestras anteriores experiencias, descubrimos que cualidades o defectos poseemos en común y la manera de sobrellevarlos, la comunicación en el momento oportuno y con las palabras exactas es un gran salvavidas en el inmenso mar de resentimientos, nuestros objetivos eran los mismos para ambos y planeamos la manera de conseguirlos. Más que compañeros sentimentales éramos socios dentro de una empresa intangible en la cual el interés de los socios es mutuo, si a uno de nosotros nos va bien ese beneficio se refleja en el otro.

Desafortunadamente ninguno de esos socios firmó la inversión de su capital en mi empresa; la mayor parte de mis amigos tienen ya la suya, yo continúo con mi aprendizaje. Hay todavía quedan muchas cosas por aprender.

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