Maestra Berenjena



La delicada mano femenina arrastraba el lápiz de color azul casi con furia sobre el papel. La maestra Tomastiana Bejarano miró a través del cristal de la ventana hacia el patio, era la hora del recreo para los alumnos. La mayoría de los niños habían terminado ya de comer su almuerzo y corrían y jugaban mientras ella avanzaba en sus deberes. Trabajaba contra reloj, su estómago reclamaba con ansias recibir alimento pero ella decidió aprovechar la hora del descanso para avanzar en una estadística que debía entregar a más tardar a la hora de salida al director escolar, y con disgusto se dio cuenta de que no la entregaría a tiempo si al terminar el receso se disponía a impartir clase a sus alumnos, por lo que decidió imponerles una pequeña tarea: como alumnos de primer grado de educación básica bastaba con pedirles que recortaran unos dibujos de su libro y los pegaran en su cuaderno, prometiendo que al terminar los dejaría que conversaran.
-Muy bien niños, pueden platicar pero no hablen tan alto, ¿entendido?
-Si maestra.- contestaron a coro los niños.
Durante algunos minutos el silencio fue total, “ahora sí puedo concentrarme”, pensó Tomy.
-¿Te gusta la maestra Tomy, Arturo? –le pregunta Luisín, uno de los niños más inquietos del grupo a su compañero al notar a aquél lelo mientras la maestra se concentraba en su trabajo.
-Claro que no.- fue la respuesta de Arturo.
Tomy era una joven delgada, de estatura promedio, dueña de unos ojos negros con unas largas pestañas que ella rizaba a diario para adornarlos, su boca era grande y se curvaba en una tierna sonrisa, complementada por una voz dulce y melodiosa que deleitaba los oídos de los niños cada vez que hablaba.
A pesar de que Tomy les pidió que guardaran silencio, los pequeños conversadores eran los niños que ocupaban los asientos en las primeras filas, por lo que no pudo evitar escuchar la plática y esbozar una discreta sonrisa.
-Es que no dejas de mirarla. Mamá dice que cuando te gusta una persona te distraes mirándola.
Arturo miró a su alrededor, como para cerciorarse de que no lo escucharía nadie más. Era un niño inteligente pero con una mirada triste, al principio Tomy pensó que sufriría un tipo de abuso por parte de su familia, pero al conocer al padre del niño su teoría quedó descartada: era el mismo rostro de su padre, melancólico, ojos tristes y una boca que difícilmente sonreía. Todo lo contrario a Luisín, un niño activo, demasiado para gusto de Tomy, de cabello rubio peinado con la raya por el lado izquierdo y ojos claros risueños.
-Mi mami dice que es una lástima que una persona tan amable como la maestra Tomy lleve un nombre tan…raro. –Tomy escuchó el comentario y por un momento, sin alzar la mirada, dejó de colorear- la llama entre risas Tomata Berenjena o Tomatísima Berenjeno.
Luisín dejó escapar una risita burlona.
-Niños… -advirtió la maestra sin dejar de arrastrar el lápiz y claro, sin voltear a mirarlos.
-El otro día escuché a mamá decirle a una de sus amigas que no tenía ni idea de cómo una persona con semejante nombre de presentaría en una reunión, que un nombre así no le ayuda a nadie. –Luisín empezó a gesticular imitando a su mamá- Me pregunto si dirá su kilométrico nombre o se presentará solo como Tomy. –fin de la actuación infantil.
Tomy estaba consiente de que su nombre siempre hubo sido objeto de burla entre sus compañeros de clase y de trabajo. En sus primeros años de escuela llegó a pelearse físicamente con los compañeros por ese motivo. Sus amigos y familiares la llamaban de cariño Tomy. Sus padres le explicaron el motivo de su original nombre: se llamaría Tomasa en recuerdo de su abuela materna y Venustiana en honor de su abuelo por el lado paterno, pero como los nombres se les hicieron muy largos al momento de escribirlos, optaron por resumirlo en uno solo: Tomastiana.
“Esto se pasa de la raya, que las madres de los niños sean quienes les enseñen a faltarle al respeto a la gente es increíble. Estamos en una sociedad carente de valores” pensó Tomy.
-Arturo, Luisín…guarden silencio. –pidió en un tono dulce y amable. Los miró y sonrió. Los niños hicieron un gesto de asentimiento.
Ya solo le faltaba por colorear dos barras y terminaría. Escuchó el murmullo surgir de nuevo entre Arturo y Luisín.
-A mi hermano Augusto le gustó la maestra Tomy, -prosiguió Luisín- pero cuando vio su nombre escrito en mis libros de desanimó. Dijo que nunca tendría una novia que llevara semejante nombre: dijo que le recordaba a los tomates y las berenjenas.
Tomy dejó a un lado el lápiz de color. Por fin terminó. Consultó su reloj y vio que aún faltaban 15 minutos para la salida.
-Luisín, ven por favor.
El pequeño obedeció.
-Mande usted maestra Tomy.
Por respuesta, Tomy vació todos los lápices de colores del empaque de cartón que los guardaba. Se lo mostró a Luisín con una sonrisa.
-Muerda esto Luisín, a ver si así entiende lo que es guardar silencio.
El niño obedeció. Regresó a su lugar sosteniendo el empaque de cartón entre sus diminutos dientes ante el azoro y la burla del resto de sus compañeritos.
Por las tardes la maestra Tomy se convertía en alumna, estudiaba un taller de dibujo para darle forma a todas las ideas creativas que le dictaba su cerebro. Pero en aquella ocasión no acudió a clase, ella y su novio quedaron en verse en el parque cercano a la casa de la chica. Sentada en una banca al centro de la plaza, simuló estar distraída observando las palomas comer y revolotear en el agua, el chico tomó asiento junto a ella. Apenas cruzaron los saludos, se dijeron las últimas novedades ocurridas en la vida de ambos desde el último día que se habían visto cuando Tomy se tornó silenciosa y pensativa.
-Estás muy seria Tomy, ¿será que te ocurre algo?
Tomy pensó antes de responder.
-Hace rato, en clase, reprendí a un niño porque nunca guardó silencio. Y me siento mal por ello.
-Pero el castigo es más que merecido si no obedecen. Escucha, todos tenemos nuestras anécdotas escolares. A todos alguna vez nos dibujaron orejas de burro, nos dieron con la regla en las palmas de las manos, pero es parte del aprendizaje.
Lo miró antes de contestarle.
-En sí no fue la desobediencia, sino algo que dijo.
El chico permaneció en silencio, arqueó las cejas en señal interrogatoria.
-Respecto de mi nombre, -y al decir esto lo miró fijamente a los ojos- me comentó que su hermano jamás tendría una novia cuyo nombre le recordara a los tomates y berenjenas, no deseaba que sus amigos se burlasen de él.
El rubor cubrió el apuesto rostro de Augusto.
-Tomy, permite que te explique…
Tomy alzó la mano en señal de “Alto”.
-No hay nada que explicar. –su voz estaba serena- Sé que mi nombre es algo poco…usual, pero es el nombre que mis padres escogieron para mí y no puedo cambiarlo. Y las personas que me estiman y conviven conmigo se han acostumbrado a eso.
-Tomy, por favor, somos dos adultos. Luisín es un niño…
-Pero un niño que escucha conversaciones de adultos y luego va contándolas por ahí, sin malicia claro, pero lo cuenta. Ya comprobé que resulta ser cierto eso de que los niños y los borrachos dicen la verdad.
Augusto comprendió que no podía decir nada a su favor. Optó por permanecer en silencio. En realidad llegó a sentir un afecto por aquella chica desenvuelta y físicamente atractiva, pero sabía que su relación nunca podría pasar más allá de la etapa del noviazgo. Y ahora Luisín le hubo facilitado el camino del rompimiento, de todas formas, mas antes o después, se iba a dar.
-Lo que sea que haya sido esta amistad hasta aquí llegó. No estoy dispuesta a aguantar burlas ni faltas de respeto hacia mi nombre o persona. Adiós augusto.
Se levantó sin darle tiempo a decir nada. Augusto la vio alejarse en silencio.
-Adiós Tomy.
Ella ya no lo escuchó.
Al día siguiente, al tomar lista entre sus alumnos, Tomy notó que Luisín Deandar no estaba presente. Esperaba que su ausencia no le ocasionara problemas por el incidente del día anterior, la familia Deandar pudo haber interpuesto alguna queja por el castigo a su pequeño hijo. Su corazón comenzó a latir apresuradamente al ver que el director se dirigía a su grupo. Entró y se situó frente a ella.
-Maestra Tomy, tengo una noticia que darle.
Sonrió nerviosamente. Esperaba lo peor.
-Usted dirá señor director.
-Luisín Deandar ya no es alumno de esta escuela a partir de hoy. Antes de inscribirlo aquí, sus padres buscaron opciones entre colegios particulares y uno de éstos les acaba de ofrecer una opción excelente que no desean desaprovechar. Le agradecen todo el tiempo y la atención que usted invirtió en su hijo y le hacen llegar este presente.
Dejó un paquete blanco con un elegante moño azul sobre el escritorio
-Puede continuar con su clase maestra. –le dedicó una sonrisa, Tomy pensó “quiere decir algo así como buen trabajo”- y salió del salón.

Durante el receso, mientras los niños comían y jugaban abrió el paquete. Era una cadena de plata con una placa del mismo material, en letra manuscrita se leía “Tomastiana Bejarano”. Al fondo de la caja venía una nota. Tomy la tomó y comenzó a leer:

Maestra Tomy: por favor acepte este pequeño detalle a la vez que le ruego acepte mis disculpas por haber hecho mofa de su nombre. Usted me dio una lección a través de mis hijos, y puede estar segura que quedó bien aprendida. Gracias.

Andrea Deandar.






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