Una migaja de afecto



Debo tener demasiada hambre de amor, de lo contrario nunca me hubiera rebajado a pedirle una cita a un tipo, muchísimo menos a confesarle los sentimientos que me provoca. Pero es que creo que es el hombre, o mejor dicho, el ideal de amor que forjé en mi imaginación de novela rosa. No conozco el amor.


Desde pequeña sentí el rechazo e indiferencia de mis padres, sobre todo el de mamá era muy remarcado hacia mi; ellos siempre estaban discutiendo, hasta por el detalle más insignificante: mamá quería que todos los demás pensáramos y actuáramos como ella; en cambio a papá todo le daba igual y hacía lo que le venía en gana. Pensaba solo en él, en su beneficio.


Miraba el espejo de ese matrimonio desastroso y me aterrorizaba. Yo no deseaba formar un hogar así, basado en la soledad y alimentado con gritos, insultos y como pasatiempo engendrando hijos que no eran deseados, traerlos al mundo solo porque no quiero quedarme sola y para que me mantengan económicamente cuando yo ya no pueda valerme por mi misma. Mamá se las ingenió siempre para hacerme sentir poco más que una basura, no dejaba de compararme con ella cuando tenía mi edad, decía ser superior y superarme en todos los sentidos, pero lo que sentí era que deseaba vengar su oscura suerte con alguien, eso fue el motivo de las humillaciones y las agresiones. Se creía hermosa, la verdad es que era de complexión regordeta, su mirada daba miedo, desbordaba maldad, parecía destilar veneno como vil serpiente ponzoñosa cada vez que hablaba. Inconscientemente se creía una princesa a quien todo el mundo tenía la obligación de servir, pobrecilla, ni siquiera terminó el primer año de primaria cuando ya la tenían arreando el ganado. Ni modo, unos nacemos con estrella y otros nacen estrellados.


Me gustaba visitar las casas de mis amigas con el pretexto de hacer las tareas escolares. Que sensación de bienestar y seguridad se respiraba en aquellos hogares! Un ambiente sano, de respeto y armonía entre padres e hijos. Entonces lo decidí. Escogería por esposo a un hombre que fuera semejante a la imagen que tenía del papá de alguna de mis amigas; quería ser tratada con amor, estaba sedienta de atenciones, quería conversaciones tranquilas, sin ofensas. Un hombre que me brindara su apoyo incondicional y su compañía. Digo, un tanto de excelente sexo también era esencial en la relación.


Y Román reunía todas las características que yo buscaba en un hombre: era serio, responsable, emprendedor, y económicamente un profesionista que amaba su trabajo. Trabajábamos para la misma empresa, al conocerle me cautivó su sencillez y al ver que yo no le era indiferente decidí acercarme, lo invité a tomar un café, estaba segura de que aceptaría, pero al pasar los días Román se portó frío y hasta grosero conmigo; entonces decidí jugar el as que escondí bajo mi manga: le confesaría mis sentimientos hacia él, quizá aceptara tratarme y darnos la oportunidad de ser pareja, sé que suena loco, pero en cuestión de semanas él ya ocupaba la totalidad de mi pensamiento. Contrario a lo que yo pensaba me rechazó.


Aún así yo insistí una vez más, la dureza con que me trató me hizo entender que el amor no se debe forzar, debe nacer de uno hacia el otro. Me vi como un perro hambriento que suplica le arrojen migajas de comida y solo obtiene maltrato. Así me sentí yo: suplicando una migaja de afecto que Román nunca estuvo ni estará dispuesto a darme.

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