Sin destino



Astrid miró de nueva cuenta el sobre que le fuera devuelto esa mañana. Llegó con la correspondencia habitual que le era enviada a sus padres: ofertas de tiendas departamentales, invitaciones a estudiar cursos a distancia, etc. Ella puso en el buzón esa carta la semana anterior.


Necesitaba hablar con Priscila, desde que terminaron ambas el curso no se volvieron a ver, y tenía muchas cosas que platicarle, en su casa se sentía ahogada con la presencia de su madre recordando a cada minuto que el dinero escaseaba en casa, que su ingreso no alcanzaba para cubrir todos los recibos, que por eso le consiguieron esa beca en el curso de computación, para que consiguiera un buen trabajo y ayudara con el gasto, ya que su padre estaba enfermo y no podía trabajar. -Muy enfermo, pero para emborracharse y andar en los congales buscando nalgas no está enfermo….

“No existe domicilio” rezaba el sello del correo.

-Y ahora como encontrar a Priscila?


Priscila Lizcano fue su mejor, más bien su única amiga durante aquel curso computacional de verano. Recordaba todas las veces que luego de terminada la clase se dedicaban a recorrer tiendas. Astrid la acompañaba gustosa, ella casi nunca salía de casa, a excepción de los días en que su madre le pedía que la acompañara a hacer la despensa al mercado de la colonia. Ese lugar siempre estaba lleno de gente, sucio, oliendo a desecho podrido y agua de drenaje; la gente se daba de empujones y pisotones, todos salían con grandes bolsas de fruta y víveres. Por ese motivo se arriesgaba a ir con Priscila, porque le gustaba entrar a esas tiendas, tan diferentes de las que su madre y ella acostumbraban a ir; le agradaba el olor a nuevo que en ellas se respiraba, puertas que se abrían solas con solo acercarse, el piso siempre pulido y brillante, los aparadores limpios y ordenados.


El padre de Priscila era dueño de tres tortillerías, por eso su hija traía siempre dinero en la bolsa y andaba bien vestida. Astrid se sentía poca cosa a su lado. Se las ingenió para apartar un poco de dinero del que su madre le daba para sus gastos de la escuela; con eso iría a buscar la dirección que le habían dado en el departamento escolar. Conocía la colonia, varias veces acudió por ese rumbo a entrevistas de trabajo.

-Bueno, ya estoy aquí, según el mapa que consulté estoy a dos calles al oriente de Manzano Azul. Ya debo andar cerca.

Echó a andar por la acera, el sol le quemaba la piel pero eso no la detendría para llevar a cabo su objetivo. Al final de la acera dobló la esquina a su derecha.

-Manzano Azul, ésta es la calle, ahora busquemos el número 6417.

Recorrió la calle bajo el quemante sol. La numeración llegaba solo hasta el 5912. Preguntó en las últimas cuadras por Priscila, a nadie se le hacía conocido el nombre de la muchacha ni el de su papá. Miró hacia el final de la calle. A las pocas cuadras se divisaba una avenida. Caminó hasta llegar a ella. Al otro lado únicamente existían lotes baldíos cubiertos de crecidas hierbas y basura. Optó por regresar, el miedo apareció entonces, la colonia lucía solitaria, el grafitti y la suciedad estaban presentes en cada calle.

-No imagino a Priscila viviendo en una colonia como ésta. Si al menos fuera en las calles que tienen un poco mas de categoría…

Sintió de pronto un doloroso nudo en la garganta, contuvo sus lágrimas.

-No existe domicilio, en verdad que no existe. Ay amiga, ojalá te encuentre pronto, necesito tanto tu apoyo…

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