Sin palabras


Éramos más que amigos.
Fuimos socios, confidentes, cómplices. Y de repente ¡¡boom!!, todo se acaba.
Nos entendíamos a la perfección, tan solo con miradas, no hacían falta las palabras para saber que sentíamos antojo de comer nachos con queso y hartos jalapeños.

Pero que le vamos a hacer. La vida es así. Cuando menos lo esperas te arrebata lo que más quieres.

Dijiste que fue culpa mía, y en un principio sí me sentí culpable. Pero ahora veo las cosas con claridad: realmente no fueron mis celos ni mi prisa por tenerte lo que dió al traste contigo. Fueron tus inseguridades, tu miedo al compromiso, tu miedo a amar de nuevo. Buscabas solo diversión barata, sinónimo de “gratuita”, utilizando a las mujeres sólo para satisfacer tus necesidades, lavarte las manos y listo. Si te he visto no me acuerdo…

Hoy, dos años después de aquella fría despedida, me encuentro sana mentalmente, aprendí a controlar mis sentimientos porque en ese punto sí tienes razón: soy transparente como el cristal y si el vecino de enfrente me desagrada se nota de inmediato. Y lo más importante, es que aprendí a pensar en mí primero.

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