¿Error u horror?
Ictus en el hemisferio izquierdo. Por el momento, Enrique es
víctima de una parálisis leve en el brazo y pierna del lado derecho; y su
lenguaje también se vio afectado, al grado de hablar con dificultad, pocas
palabras se le entienden. Con una buena fisioterapia, en unos seis u ocho meses
estará recuperado. Por lo pronto, no tiene otra opción que recuperarse en casa,
con su esposa. Lía encantada de la vida por no tener que abandonar su palacio.
Le brinda escasa atención en los ratos que no tiene que atender sus
asuntos.
Recostado en su cama, Enrique la ve llegar con una bandeja de comida, la
cual deja sobre el buró al lado de la cama.
-Hola amor, -le dice con fingido interés, y se sienta frente a él.-
debes tener hambre, pero ya te traje de comer. -le acomoda una servilleta en el
pecho para no manchar la ropa de comida y le acerca a los labios una cucharada
de un guiso caldoso.- Mhh, huele delicioso ¿verdad? Anda, es hora de comer. -no
pasa desapercibida para ella la mirada de desprecio que Enrique le dirige. Al ver
que el hombre no hace amago de abrir la boca, Lía con su mano libre lo toma por
la barbilla, clavando con excesiva fuerza sus dedos en la suave piel de las
mejillas del hombre, apretón que es suficiente para obligarlo a separar los
labios y deposita en ella el contenido de la cuchara.
Enrique mueve desesperadamente la cabeza de un lado a otro para evitar
que el líquido caliente entre en su boca, pero es inútil, ya se ha deslizado
por su garganta, quemando el interior a su paso. Su mano izquierda yace bajo la
sábana, agradece a Dios tener movilidad al menos en un lado de su cuerpo.
Lía revuelve el guiso de un lado a otro con la cuchara. Los femeninos
ojos negros semejan agujeros vacíos, sombras oscuras sobre fondo blanco moviéndose
de un lado a otro, para al final clavarse en los suyos.
-Fue una bendición, al menos para mí, el que te viniera el ictus. -Se
lleva la cuchara con el guiso la boca, soplando para enfriar el humeante
líquido.- Así estaré unos meses más… o quizá más tiempo…nadie lo sabe…-por fin
lleva la cuchara a la boca.- disfrutando de esta casa y de todo lo tuyo.
-Nnno…lolograrrasss…
-No entiendo lo que dices, háblame claro por favor. -Exhibe sus dientes blancos en una cínica
sonrisa, Enrique siente reptar el miedo por su columna vertebral.- Ten otra
cuchara de sopa. Te ayudará a recuperarte pronto, por ahora te ves muy
enclenque. Pensarán que no te cuido. -Esta vez la mujer no enfría el contenido,
sino que lo obliga de nuevo a separar los labios e introduce el contenido en la
boca de su esposo. Enrique balbucea algo que no logra entenderse, mientras
aprieta con desesperación su mano oculta bajo la sábana.
-Querido Enrique, te guste o no aun soy tu esposa, y te guste o no
dependes de mí. -Se señala el pecho con el dedo índice.- Sé que desprecias la
enfermedad, ese fue el motivo por el que te separaste de la estúpida de Janet.
No querías pasar el resto de tu vida mortificado por si le daba la crisis
cuando no estuvieras cerca de ella o a horas inapropiadas, sentirte culpable
porque confundiste o se te olvidó el horario de los medicamentos, el cansancio
de llevar al día las revisiones y análisis…Sí. Todo un galimatías. Por eso
decidí intervenir y ayudar a que tomaras la mejor decisión. No me costó trabajo
provocar que cayeras rendido ante mis encantos femeninos. Esos análisis que
viste son míos, pero eso ahora ya lo sabes, -fija la mirada en un punto
imaginario- tenía varios meses sin que la enfermedad se manifestara en mi
cuerpo, el médico programó otros estudios, a los que hice caso omiso, -su voz
es tranquila y deja sentir un halo de nostalgia- Me sentía bien, hasta que se
me ocurrió darme un gustito, -ahora hay un tono sexy en la voz- erotismo puro,
cosquillas recorriéndome el cuerpo…y de repente ¡zaz! -estrella una mano sobre
la palma de la otra, lo que provoca en Enrique un sobresalto- la jodida crisis
encarna en mí dejándome inconsciente, desnuda a la vista de todos. Un exquisito
deleite de pupila. Y gratis. -Otra vez aquella sonrisa de triunfo. Pronto se la
borrará.
-¡Mal-dii-ta peee rrrra!
Lía no estaba dispuesta a recibir insultos. Por toda respuesta, Enrique
recibe una tercera escaldada, pero esta vez se las ingenia para no tragar el
líquido, en un descuido de Lía y encendido su coraje por sus cínicas palabras, le
escupe la comida a la cara. Sorprendida y humillada, su mirada se torna afilada
como piedra, toma el cuenco y sin detenerse a pensar en el daño que resulte de
su acción, arroja el contenido caliente sobre el cuerpo de Enrique, un aullido
de animal herido llena el aire. Durante unos segundos se regocija con desprecio,
el golpe sordo de la puerta al chocar contra la pared, aunado a una potente voz
masculina que no reconoce, la vuelve al momento presente.
-Juliana Luján, queda arrestada por el delito de violencia en contra del
C. Enrique Toledo, quien es una persona enferma e incapacitada.
La cara de Lía es un rompecabezas: miedo, ira, sorpresa. Ni siquiera
nota que una agente le coloca las esposas y la conduce del brazo hacia la
salida, donde un auto patrulla la llevará a las celdas preventivas.
Meses después…
Janet aprovecha que esa mañana tiene que realizar algunas vueltas respecto de sus asuntos judiciales. Quedó con Enrique para almorzar en una conocidísima y confortable cafetería que está al lado de los tribunales. El punto de reunión de abogados, jueces y magistrados en los momentos que el trabajo se los permitía. Enrique llegó antes, eligió una mesa que estaba medio oculta tras una maceta que albergaba un árbol del que no tenía ni remota idea de cómo se llama. Distraído garabateando algo en un cuaderno, no la vio llegar. No pasa desapercibido para Janet que al verla guarda con premura lo que sea que esté haciendo. Una punzada de ¿celos? ¿curiosidad? la aguijonea.
-Hola Enrique, luces muy bien. Ya estás recuperado totalmente.
Sus finas facciones se iluminan con una franca sonrisa, que encierra un
sentimiento profundo de algo que en su momento fue amor, aunque por miedo no lo
haya querido reconocer; Janet corresponde con una sonrisa que denota la
nostalgia de lo que se tuvo y que se perdió; la dulzura añeja de lo que pudo
ser pero sin embargo no fue y ya no será.
Apretón de manos, sin besos ni otro tipo de muestras de afecto. Janet no
desea tener “inconvenientes” en su matrimonio, ya que desde el comienzo ha sido
una convivencia tranquila, con los normales altibajos que todo el mundo
atraviesa en la vida.
-En el aspecto físico sí, recuperado al cien por ciento, pero en el
emocional…hay heridas que no han podido cicatrizar. -lo dijo en un tono bajo,
pero perfectamente audible para Janet.
-El tiempo se encargará de ello, no te preocupes…
La conversación al principio fue tensa, más sin embargo poco a poco fue
reapareciendo la confianza entre los dos. La comida tuvo un sabor exquisito
para ambos. En cierto momento, Janet se levantó de la mesa para ir al baño,
Enrique, con movimientos rápidos cortó del cuaderno la nota que estaba
escribiendo cuando llegó Janet, la puso en un sobre blanco, mojó algunas
servilletas para activar el pegamento de la pestaña y lo cerró. Se acercó al
bolso de su amiga y lo deslizó.
-Enrique Toledo, que sorpresa verte. -El tono peculiar en que la voz
pronunció su nombre lo sobresaltó.- Déjame recordar -el no invitado se sentó en
el lugar de Janet. El hombre inspira un respeto que casi raya en temor, por lo
que no se atreve a decirle que está conviviendo con otra colega.- desde que no calificaste
en el procesal civil. -Una mueca adorna el rostro de su interlocutor, a Enrique
le parece que el individuo se burla de él.
-Samuel Martell. -Se da cuenta que le
ha llamado por su nombre de pila. Repara de inmediato su error.- Discúlpeme
licenciado, quiero decir juez.
Samuel mueve
las manos en un gesto por restar importancia al asunto.
-Ese título
es allá dentro, -señala el edificio contiguo.- Aquí soy Samuel, a secas. Ya no
soy tu maestro ni tu mi alumno, aquí y ahora somos colegas.
Janet regresa,
y para asombro de Enrique, saluda con familiaridad a Samuel.
-Hola Sam, ¿terminaste
ya con tus diligencias?
Samuel se
levanta para que Janet tome asiento, y la mujer se recorre en el sillón para
permitir que su interlocutor forme parte de aquella reunión. Al notar el
desconcierto en el rostro de Enrique, Janet se da a la tarea de aclarar la
situación.
-Enrique, hay
algo que no tuve tiempo de decirte. -Mira a Samuel y este asiente con un ligero
movimiento de cabeza.- Samuel y yo nos casamos hace tiempo. Somos más que
colegas, más que socios. Formamos una familia.
No pasa inadvertido
para Enrique el gesto de Samuel de tomar la mano de Janet mientras ésta
pronuncia la última frase. No hay más esperanza.
De vuelta a casa, Samuel le entrega a su esposa un sobre cerrado. Nota la interrogación en su mirada.
-Lo dejó Enrique dentro de tu bolso justo cuando yo llegué. No creo que
se diera cuenta que lo ví dejarlo, cuando me senté lo tomé y lo puse dentro de
mi bolsillo.
Una sonrisa traviesa adorna el rostro de Janet.
-¿Leíste una declaración de amor que va dirigida a mí?
-No lo hice, en verdad que no. Aunque me gustaría haberlo hecho…
Por toda respuesta, Janet rasga el sobre, el cual está perfectamente
sellado, y comienza a leer en voz alta:
“Camino por los túneles oscuros de mi vida, sin control, sin dirección,
sin brújula para orientar mis pasos. Reza mucho por mí, para volver a encontrar
el camino a casa, para convertirme en el ser humano que me negué a ser. Reza para
que entienda que el amor verdadero solo llega una vez. Reza para que lo acepte
sin miedo y sin dudar. Confío en que lo harás”.
F i n
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