¿Error u horror?
Cierta noche de verano, 2023
A través de la ventana observa pasar el tiempo, demasiado lento para su
gusto. Desliza la ventana para permitir que el aire fresco de la madrugada
acaricie su piel.
-Tú no tienes ni puta idea de lo que se siente que tu vida cambie por
completo sin pedirte permiso ni opinión. -Una agresividad clara pero sin llegar
a los extremos hizo presencia en la voz masculina.- Tenía 19 años. Iba en sus
primeros semestres de arquitectura. Siempre le gustó dibujar. Y sacaba
excelentes notas. -Janet no se atreve a interrumpir, ahora que está a un paso
de saber el motivo del alejamiento de Enrique; su corazón hubo recuperado la
normalidad en sus pulsaciones pero a pesar del calor que sofoca la ciudad, ella
siente un frío invadir su cuerpo.- Era innegable el amor y apoyo incondicional
de su familia, tenía un círculo amplio de muy buenos mejores amigos. Pero una
mañana, sin decir agua va, Aída se desmayó. Ese fue el día que cambió nuestra
vida. Citas para análisis clínicos, estudios de esto, de aquello, incontables
visitas a especialistas. Empezó a tener vómitos frecuentes, dormía demasiado, tanto
que… -Janet llegó a conocerlo bien para poder percibir que en ese momento hay
una sonrisa en su rostro.- mamá afirmó que estaba embarazada. Y pensaba en que
de un momento a otro le leería la cartilla. Creo que he omitido decirte quien
es, o mejor dicho quien fue Aída: mi hermana pequeña, por lo que como hermano
mayor tuve una buena parte de responsabilidad en su cuidado. Pero yo no soy
buen samaritano, y me fastidiaba cambiar mis horarios de actividades por estar
al pendiente de sus citas y su tratamiento. Lo que derivó en fuertes
discusiones con mamá y un alejamiento entre nosotros. Mi tormenta estalló la
tarde cuando unos amigos de Aída nos avisaron que terminó internada en la sala
de urgencias en el hospital. Fue diagnosticada con una enfermedad rara, no
recuerdo el nombre, algo que está relacionado con demasiadas enzimas en el
hígado. Total, que su organismo contenía altos niveles de amoniaco, lo que le
causó un daño cerebral irreversible y la condujo a un coma mortal.
Enrique ha terminado su relato, Janet guarda silencio, tantos reproches
que guardó para echárselos en cara en cuanto se le presentara la oportunidad, y
el derrotero que tomó la conversación la deja desarmada.
-No supe gestionar mis emociones, me llené de ira, maldecía no por la
enfermedad de mi hermana, sino porque su estado de salud me obligaba a cambiar
mis actividades, me pregunté ¿por qué voy a sacrificar mis planes solo porque
mi hermana necesite cuidados? La
situación me revolvía el estómago y me subía una rabia que me era muy difícil
controlar. La rabia se convirtió en frustración, en amargura permanente. Y me
alegré cuando por fin llegó el momento de la despedida. ¡Oh, sí! Mi actitud es
reprochable, lo sé, pero la sensación de que nada se interpone en tu camino es incomparable.
Ese fue mi motivo para despacharte de mi vida. No deseaba para mí una esposa
enferma, en quien tuviera que invertir mi tiempo y esfuerzo en cuidar. No señor.
Buscaba una persona cien por ciento sana. Y al ver ese sobre con tus iniciales
volví tiempo atrás, a una sensación de malestar que me era muy familiar y de la
cual hui, no deseaba volver a pasar por lo mismo. Ahí lo tienes: esa esa fue la
razón de mi distanciamiento.
El frío cala más intenso en su piel. Busca con la mirada algún saco que
su esposo haya dejado en el respaldo del sillón, pero no hay ninguno. Se
levanta y camina de un lado a otro, como alguien presa de los nervios en la
sala de espera de un hospital, contando el tiempo para que salga el médico o la
enfermera a dar las temidas noticias. Durante los minutos que siguieron nadie
habló. Los sentimientos dieron lugar a ideas confusas que formaron un
torbellino en la mente de Janet. Tristeza. Reproches. El dormir y el despertar
hundida en la desesperanza. La risa fingida. Lágrimas ahogadas para continuar
con el “todo está bien”.
-No…la verdad…no sé qué decirte Enrique. Mi mente tejió muchas
situaciones, pero este escenario nunca lo tuvo en cuenta. Siento mucho lo que
tuviste que pasar por la enfermedad de Aída…pero respecto a nosotros… -era el
momento para restregarle en la cara todos los reproches que guardó para sí y
los que lanzó al viento cuando nadie la escuchaba. Pero no podía. Se negaban a
salir de su garganta. No tiene caso echar más combustible al fuego, ya con el
que arde en el interior de enrique es más que suficiente para consumirlo en
vida.- Imaginemos que me confrontas acerca del diagnóstico médico…las cosas
fueran hoy distintas. En lugar de eso te encerraste en ti y me obligaste a
retirarme de tu vida. Me confías este episodio demasiado tarde. Nuestros
caminos ya no coinciden en punto alguno.
A través del auricular puede percibir su pesada respiración, lo escucha
farfullar palabras que oye pero no quiere escuchar, maledicencias que ya no
ayudan en nada. No sabe si colgar o esperar a que el ataque de realidad que
tiene preso a Enrique acabe.
-Sabes, -lo escucha por fin decir palabra- me dejé llevar por mi ira,
que me condujo a la lujuria, desde el inicio comprobé que era una mujercita
bastante fácil. No necesité mucha persuasión para que Lía accediera a
demostrarme su experiencia en artes eróticas. Pero, aun así, ni toda la delicia
y el gozo que me regaló su cuerpo joven, llenó el abismo que, con el
transcurrir de los días, se hizo más profundo y oscuro en mi corazón.
Semanas más tarde, 2023
LIA
Confusión. Somnolencia. Fatiga, y sobre todo dolores de cabeza, eran los
síntomas que la acompañaban desde que despertó de su coma. Por lo regular,
tras un episodio de coma, la mente despierta en blanco, sin recordar nada.
Contrario a toda explicación médica, Lía recuerda perfectamente lo sucedido.
Ladeó la cabeza y una sonrisa traviesa curva sus labios, el recuerdo del placer
recibido provoca en ella un cosquilleo en las entrañas. Una risilla burlona
sale de su boca.
-Maldita convulsión, me privó de disfrutar de una fabulosa sesión de
sexo. En fin... ya encontraré la manera de contactar de nuevo con Valdo... si
es que está dispuesto a terminar lo que empezamos...
Preparaba su desayuno; del de Enrique se encargaba la asistenta. Ya
listo, se retira al comedor; apenas da el primer trago a su café y ve aparecer
a su esposo, ha notado actitudes extrañas en él desde que ella regresó a casa.
Abiertamente no ha hecho mención en algún momento de las circunstancias de su
hospitalización. Mejor así, aunque Lía está segura de que su secreto ya quedó
al descubierto. Pero Enrique no dirá nada, de hacerlo él será quien pierda más
y la gente lo mirará como el villano del cuento. El hombre toma asiento en la
silla que hay libre frente a ella.
-¿Dormiste bien Lía?
Sorpresa.
-Mhh, sí, muy bien ¿Por qué la pregunta?
Siente los ojos de Enrique escrutar hasta el más mínimo detalle de su
persona. Hay algo diferente en su mirada y en su forma de hablar, pero no puede
descifrar que es.
-¿Cómo vas recuperándote?
Otra sorpresa, esta vez un puño de incertidumbre se estrella en su
estómago.
-Bien…supongo.
-Mhh, supones. -era una afirmación sarcástica.- ¿No estás siguiendo las
indicaciones y el tratamiento que te da el médico?
Maldito entrometido. ¿Y ahora que le ha dado por estar al pendiente de
mí? No me gusta que interfiera en mis asuntos.
-Sí, sí, sí, claro que lo hago. -da una mordida a la tostada con
mermelada que tiene en el plato.- Deseo estar sana. -contesta con la boca
llena.
-¿Desde cuando padeces epilepsia?
No esperaba la pregunta, casi se atraganta. Da un trago al café para que
la comida resbale por la garganta.
-No sé de que hablas…solo sufrí una convulsión, debió ser por el
cansancio, el estrés, que sé yo…no soy médico.
Enrique extrae del bolsillo de su saco un sobre, con el logotipo de la
clínica visible lo desliza por la superficie de la mesa hasta quedar frente a
Lía. Nota la expresión de desconcierto en el rostro de la mujer.
-¿Qué es esto?
-Dímelo tú, ya que hace algún tiempo lo pusiste entre mis documentos por
algún motivo que no logro entender.
Una risa chillona, frenética, escapa de la boca de Lía. Nunca antes odió
esa risa con la intensidad de este momento.
-¿Qué? ¿Te has vuelto loco? Desconozco de lo que me acusas.
Enrique por fin mira el verdadero rostro de la arpía que le destruyó la
vida. Una mujer a la que no le importa pisotear a los demás para salirse con la
suya.
-Expondré mi teoría del caso: sabías que Janet y yo estábamos a punto de
sellar el compromiso de boda. Sabías también que yo buscaba una persona sana,
sin enfermedades. Te aprovechaste que las iniciales de Janet y las tuyas
coincidían con una exactitud endemoniada. -nota la palidez en el rostro de
Lía.- Por lo que deslizaste el sobre con tu estudio médico entre mis documentos
para que yo pensara que se trataba de Janet. Un juego que te salió bien.
Combinaste de manera inigualable tus acrobacias eróticas con tu salud perfecta.
Pero ya se acabó Juliana. -el llamarla por su nombre completo indica el
desprecio que siente hacia ella. Se levanta de la silla con la intención de
salir de la vista de esa mujer, no soporta ni escuchar su respiración.- Busca a
donde irte, mañana a estas horas ya no quiero verte aquí.
Las palabras de Enrique resbalaron por el cuerpo de Juliana, o Lía, como
un balde de hielo, dejando congelada la razón de la mujer.
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Llegó a su oficina trastabillando, sintiendo caerse en cualquier momento. Además ese maldito dolor de cabeza que inició desde que salió de casa… Se deja caer sobre su sillón, inspira hondo, tratando de llenar de aire sus pulmones…
-Enrique, pasaste sin saludar, eso no es muy propio de ti, así que me
dije Remigio, si tu amigo no viene a ti, tú ve a tu amigo…
Las imágenes que pasan frente a los ojos de Enrique son borrosas y tiene
la impresión de que flotan sobre el aire. Mira los labios de Remigio moverse y
sonreír, escucha muy lejanas sus palabras, como un eco distorsionado, no las
entiende. Entonces el sueño cayó sobre él como una pesada losa.
Continuará...
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