Sin adjetivos ni emociones


La melodía escapa con suavidad, llenando el silencio. 1992. Ana Gabriel. Evidencias. En la joven, su mente, memoria o como se le suela nombrar más comúnmente, se alborota cual pájaro con alas. Corre, vuela a través del tiempo, desempolvando de lo más profundo del abismo abstracto del cerebro recuerdos que creía olvidados. Frente a sus ojos se exhibe una película en tiempo real: la joven ingenua, sintiéndose la dueña del mundo a sus 22 años solo porque el joven que la atrae se ha fijado en ella. Por una vez la vida le ha dicho “sí”. Tiene hambre de amor. O quizá lo que en verdad desea es escapar, poner distancia de por medio entre ella y la responsabilidad que tiene ahora de hacerse cargo de tres hermanas menores que ella. Ambos padres han muerto. La madre primero: disípela, una enfermedad tan extraña como su nombre. Le provocó la hinchazón de la pierna izquierda, en un principio solo le impidió caminar con normalidad, pero conforme avanzaban los días apareció el dolor. Hasta que fue imposible levantarse de la cama. El simple cambio de posición resultaba un tormento. Después de dos semanas de lenta agonía la señora murió. La joven considera este acontecimiento un premio del destino. “Aquí está la mano de Dios… o quizá la pata del diablo. Ja. Ja. Lo que importa es que mamá ya no está”. No siente dolor, mucho menos remordimiento. Es extraño, piensa para sí. “20 años vivimos juntas, me parió, mas nunca se ganó mi amor, perdió mi respeto, mi confianza. No llora. Su padre la considera una hija desagradecida. La joven salió de casa dejando sola a su madre. Cuando volvió ésta se encontraba en un tipo de shock: ojos en blanco, la piel fría, sudorosa. Salivación exagerada escurriendo por las comisuras de la boca. Decidió que nada de ambulancias, nada de doctores. Todavía no.
Acerca una silla y se sienta frente a la mujer. Le parece increíble que aquella mole de grasa y músculo que la atormentaba propinándole golpes y puntapiés la mayor parte de las veces por cosillas insignificantes, ahora acabe en una especie de gelatina fofa que inspira repulsión. La madre convulsiona. La joven deja transcurrir varios minutos más hasta que por fin llama a la ambulancia. Los paramédicos la revisan. Está entrando en coma, le oye decir a alguien. La trasladan de urgencia al hospital más cercano. Apenas alcanzan a bajarla a la camilla y la Señora Muerte viene a hacer de las suyas.    
El esposo, un borrachín empedernido, le entró con más ganas (y dolor) al líquido de cebada con alcohol. Su compañera inseparable: la cerveza. Su casa de veraneo las cuatro estaciones del año: la cantina. Maldito borracho, piensa con desprecio la joven. La madre podía estarla matando a golpes y él no intervenía ni para bien ni para mal, solo se le escuchaba gritar palabrotas tanto a la madre como a la hija. Meses atrás, justo antes de la navidad, el hombre enfermó de neumonía; hizo caso omiso al médico y continuó con sus trasnochadas. A raíz de la muerte de su esposa reanudó con mayor ahínco las actividades propias de un excelente borracho. Su voz cambió años antes, ahora ya la estaba perdiendo. Ingresó tres veces al quirófano en el lapso de un mes y medio. Ese fue el momento de la revancha: dejarlo solo, olvidado en ese frío cuarto de hospital, hasta el día en que el médico lo diera de alta. Un cuarto deprimente, sucio, compartido con otros tres enfermos. Última opción: quimioterapia o radioterapia. Cobarde, como siempre lo fue, escogió la segunda opción, creyendo que era la más sencilla e indolora. No precisamente. Sufrió…lo que debía sufrir. Precisamente en esos días era cuando su tristeza aumentaba y lloraba a lágrima viva la ausencia de su señora. Fue la única que lo aguantó. Sus hijas ni de chiste se levantaban a abrirle la puerta a las tres de la madrugada, mucho menos le preparaban cena o café a esas horas. Ja, ja, ja. Cada ser humano tenemos nuestra factura y el sello de cancelado se imprime al morir. Partimos de este mundo dejando nuestras cuentas en ceros.

La joven a sus escasos 21 años, vivía como una adulta de cuarenta, con la ardua responsabilidad de apoyar moral y económicamente a otras 3 condenadas escuinclas menores que ella, que no la apoyaban en ningún aspecto. Problemas mayores. En su casa siempre hubo carencias, pero el esperma. ¡uff! Era materia prima que no debía faltar. Volvamos. La joven vivía en su burbuja rosada. Las primeras semanas todo fue miel en las hojuelas con su chico, más tarde se dio cuenta que, aunque bien parecido y un futuro profesionista, el tipo era ordinario, corriente. Una entrega algo forzada en la habitación de un hotelucho de mala muerte. Luego de eso, la relación, si es que un día existió como tal, ahora solo es un recuerdo, en parte amargo, en parte insípido, y en parte como que indescriptible. Recuerdo, a secas. Sin adjetivos. Sin emociones. La joven varias veces lo encontró paseando de la mano de otra chica. Entendió el mensaje. Una tristeza la invadió, aunque no por mucho tiempo. 

La melodía ya llegó a su fin. La película mental también. 

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