La ciudad bajo la ciudad


Trabajaron con gran afán durante la primera semana, no les importó el calor, el hambre ni el cansancio, pero al pasar de los días se les comenzaba a notar desanimados y a veces podría decirse que hasta enfadados, creyendo que solo estaban desperdiciando su tiempo y esfuerzo sin obtener los resultados esperados. Llegó un momento en que Layo no aparecía por las excavaciones so pretexto de que debía ir a buscar el “sueldo” de sus amigos, situación que a Basty, dado su temperamento agresivo, no le caía en gracia; pero su coraje se desvanecía al momento que Layo les deslizaba billetes en la mano o bien los compensaba cada viernes con una abundante y nutritiva cena de cerveza y botana.

Las ausencias de Layo ocasionaron que el solo hecho de cavar en los cuartos que sirvieron de recámara se llevara casi dos semanas más de lo calculado por él. Viendo que sus esfuerzos no dieron fruto en esos lugares, comenzaron a excavar en la cocina. Una corazonada le decía que no andaba lejos de lo que buscaba.

Se las ingeniaron para tratar de avanzar a la misma distancia y al mismo tiempo. Días después, llevando poco más de diez metros de profundidad, Oscar vislumbró un débil brillo. Significaba que estaban a punto de descubrir algo, aunque tuvieran que quedarse unas horas más después de las 6 de la tarde. El brillo devolvió el ánimo al cansado muchacho.
-Layo, Layo, ven aquí. –gritó el joven con apremio- Pronto.
Layo se encontraba a unos cuantos metros al lado del chico. Al escuchar el entusiasmo con que gritaba su compañero, fue a su encuentro.
-¿Qué pasa Oscar? ¿Encontraste algo?
Señaló con la mano.
-Mira.
Layo miró el pequeño resplandor fijamente durante un instante, una duda asomó a sus labios. Su mirada volvió a Oscar.
-¿Cómo sabremos que no es un trozo de vidrio o un pedazo de metal que brilla con la luz?
Oscar se encogió de hombros.
-Cavando. –le extendió su pala a Layo- Este honor te corresponde a ti, mientras subiré a refrescarme un rato.
Layo tomó la herramienta y comenzó a remover la tierra. Le parecía extraño que a esa profundidad estuviese muy suave y suelta. Apenas hubo dado cuatro o cinco movimientos de pala cuando sintió la tierra moverse bajo sus pies. Su primer pensamiento fue que se hundiría como si estuviera en un pantano, de pronto el movimiento cesó. Recuperó la confianza y volvió a su tarea, la tierra se movió con más intensidad que antes. Creyó ver una silueta levantarse, el miedo lo hizo arrojar la pala y retroceder hacia la escalera; gritó a Sebastián:
-Sebastián, Sebastián, ¿sientes eso?
El tipo volteó y lo miró con expresión cansada.
-¿Sentir que cosa Layo?
Al parecer el área donde trabajaba Basty no sufría trastorno alguno, el hombre continuaba con su ritmo normal.
-El temblor –explicó- acaba de temblar.
-¡Ah caray! Yo no sentí absolutamente nada. Debe ser que la tierra está suelta… -dejó la frase sin terminar y regresó a sus labores.
Ante la indiferencia de Basty, Layo no quería parecer un chiflado, así que volvió a tomar la pala y prosiguió con su tarea. Notó que el resplandor que divisaron Oscar y él hubo desaparecido. Con desesperación su mirada lo buscaba; quizá regresó a trabajar en el lugar equivocado…
-Que demonios… el brillo se encontró aquí, claramente lo vimos.
Cerró y abrió los ojos varias veces como intentando convencerse de que era solo producto de su cansancio lo que sucedía. Nada. El brillo seguía ausente. Marcó el lugar donde estaba parado, tomando ese punto como referencia trazó sobre la tierra un círculo de varios metros.   
-Removeré únicamente dentro de este diámetro, quizá lo haya cubierto con la tierra.
Solo alcanzó a enterrar la pala cuando algo parecido a una mano humana salió de entre la tierra e intentó alcanzar el instrumento.
Layo, atónito, retrocedió.
-Sebastián, vámonos de aquí.
Basty de nueva cuenta le lanzó a Layo la expresión de cansancio de momentos atrás.
-¿Irnos? Pero si ya falta poco para que…
De entre el polvo se alzó una figura, lanzando sonidos guturales e ininteligibles, de su cuerpo colgaban harapos como si hubiera estado envuelta en vendajes, ahora rotos, tal como las momias del antiguo Egipto. Sebastián, al ver la escena que parecía sacada de una película de terror como las que a él tanto le gustaban, sin pensarlo dos veces trepó por la escalera poniéndose a salvo. No le alcanzaría la vida para agradecer la suerte de haber escogido utilizar la escalera de madera, pues por estar más maciza soportaba su complexión robusta y pesada.  Esperaba que Layo se reuniera con él para emprender la huída, pero a Layo el miedo le impedía moverse. En tanto más figuras emergían de entre la tierra.
-Layo, Layo, sube pronto. –escuchó gritar a Basty y lo vio hacerle señas con las manos, a lo que Layo reaccionó subiendo la delgada escalerilla metálica. Le temblaban las piernas. Al colocar el pie en le tercer peldaño resbaló y cayó al suelo; las figuras se movían con lentitud pero Layo sentía su cuerpo pesado, se levantó y comenzó a subir, esta vez con las momias atrás de él chillando y gruñendo, el sudor cubría las palmas de sus manos, lo sentía escurrir por su cuello y su espalda. Le faltaba solo el último escalón para estar en tierra cuando sintió que unas manos lo sujetaron por los tobillos, logró zafar uno y el otro por más que lanzaba pataletas al aire no pudo soltarlo.
-¡Basty, ayúdame!
El regordete Basty lo sujetó por las muñecas y lo estiró con toda la fuerza que pudo, Layo cerró los ojos y lanzó un gemido de dolor al sentir en su abdomen la fricción contra el suelo. La presión en su tobillo no había desaparecido y sintió que de nuevo era jalado hacia el foso, Basty no esperaba el jalón, por lo que lo tomó desprevenido y cayó de bruces a tierra.
-¡Ouch!
-¡Ay Sebastián! No me sueltes…
-Hago todo lo posible por sostenerte Layo, pero no sé si pueda seguir ayudándote, yo también estoy panza abajo…       
Continuará...

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