El beso de Judas
La
comida estaba deliciosa. Carne asada, botana, cerveza, barra de pasteles y
nieve. Mhhh! Un grupo de amigos que teníamos un buen tiempo de no vernos
decidimos pasar una tranquila y divertida tarde de sábado en un restaurante de
la ciudad.
Las
anécdotas y recuerdos de los viejos tiempos surgían uno tras otro, repasamos a
cada personaje, pero sin duda la comidilla principal fue Justina Sarmiento,
Nina, la recepcionista de la empresa para la cual todos nosotros trabajamos y
el punto de reunión donde nos conocimos.
-Que
Dios ayude a Justina. -exclamó en tono piadoso Mónica, quien en su momento fue
la encargada de relaciones públicas de Alta Seguridad- Es duro perder el empleo
cuando no depende de tu voluntad y más cuando se es el sostén de la familia,
pues para el “vaquetón” de Sergio (marido de Nina) el trabajar nomás no es lo
suyo, prefiere quedarse en casa a cuidar a las niñas y mandar a la tontorrona
de Nina a buscar el sustento. Eso sí que es amor.
El
comentario sarcástico de Mónica provocó risitas burlonas.
Justina,
mejor conocida por todos como Nina, era la primera imagen con la que el cliente
se encontraba al llegar a la empresa. Mujer a mitad de la treintena, rostro
huesudo acorde a su esquelética figura, una mirada penetrante que muchas veces
nos daba la impresión de que nos veía hasta los huesos. Su cabello intentaba
ser rizado y llegó solo a ondas sin definición, siempre lo usaba recogido en
una simple coleta. Tenía tres hijas, todas en edad escolar, la mayor tendría
algunos diez años. Sergio, su esposo, era un hombrecillo de baja estatura,
rechoncho, la calvicie hizo fuertes estragos en su entrecana cabellera. Según
nos contaba Nina, era auxiliar contable pero tenía varios años de no ejercer la
contabilidad, los gastos en casa iban en aumento por lo que se vio obligado a
aceptar un empleo como velador nocturno en una obra en construcción. El sueldo
no era mucho pero le dejaba la mayor parte del tiempo libre para estar al
pendiente de su casa y de sus hijas. Con esa excusa Sergio se desligó
parcialmente de sus obligaciones como proveedor mayoritario de la familia,
quedando sobre los hombros de Nina esta responsabilidad.
Recién
conocíamos a Nina, ésta no le caía en gracia a nadie. Con el paso del tiempo se
iba ganando nuestra confianza; ella y yo nos hicimos buenas amigas a pesar de
las advertencias de que tuviera cuidado con ella. Yo la ayudaba
desinteresadamente en todo lo que podía. Como yo tomé cursos de corte de
cabello me pidió si les podía cortar el cabello a sus niñas, yo accedí a dejarle
el trabajo a un precio más económico que las estéticas, total, el dinero era lo
de menos, lo que me importaba en ese momento era ayudarla. Varias veces me
invitó a comer a su casa, y yo me sentía a gusto entre su familia.
Yo
la admiraba porque era una excelente madre para las niñas, se mataba trabajando
horas extras y nunca la vi molesta o cansada. La escuché decir muchas veces que
todo lo que hacía era por el bienestar de sus hijas.
Muy
tarde comprendí tales advertencias al darme cuenta que Nina era los ojos y
oídos de la gerente y dueña de la empresa, la contadora Eréndira Dávila. Nina
acostumbraba a utilizar toda la información que obtenía de nuestra vida privada
proporcionándosela a la contadora. Eso la hacía merecedora a un vale de
despensa o algún otro beneficio económico. Obviamente para el bienestar de sus
hijas. De hecho mi vergonzoso despido de debió a una información
malintencionada que Nina divulgó sobre mi.
-En
verdad que fue una forma muy poco honrosa de dejar la empresa. –la voz de
Ariel, uno de los ingenieros proyectistas, ahora también ex compañero, me
volvió a la realidad- Creyó que por ser la espía de Eréndira sería intocable
para los demás, pero cometió el error de andar de lengua floja con asuntos
confidenciales que a ella ni le benefician ni le perjudican. En fin, cuando la
envidia y la ira se desbordan arrasan con todas las cosas buenas que sembraste
a tu alrededor…
-Sí,
-me atreví a comentar- La vida le regresó una parte de lo que a la mayoría de
nosotros nos tocó soportar gracias a su envidia. Esa forma traicionera de
comportarse con quienes le ayudamos desinteresadamente cobró su precio. Y quien
iba a decir que sería la propia Eréndira quien nos haría justicia.
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