Puede ser que te lleves una sorpresa...



Sentada a la mesa de aquel lujoso restaurant, mientras esperaba a Omar, su socio en el despacho, Yolanda se sentía poco menos que una cucaracha, acababa de realizar un muy jugoso deposito bancario gracias a un negocio judicial que le fue encomendado gracias a las recomendaciones que su amiga Elizabeth tuvo a bien hacer sobre ella.
-Elizabeth, nunca imaginaría que gracias a ti tendría muchas de las cosas de las que hoy gozo. Y pensar que te juzgué indebidamente, sin saber los problemas por los que atravesabas en esos días…

Mentalmente retrocedió en el tiempo.
Se conocieron cuando ambas cursaban la carrera de Derecho; dos años atrás Elizabeth suspendió sus estudios y ahora los reanudaba, integrándose al grupo de Yolanda, y aunque aquélla era demasiado reservada y además insegura al momento de relacionarse con otras personas, la amistad surgió de inmediato entre las dos.

Yolanda contaba con un gran defecto o virtud, dependiendo de la visión de cada quien: era demasiado perfeccionista, sus tareas y exposiciones eran las mejores de la clase pero no le agradaba trabajar en equipo, todo lo hacía ella sola y no lo compartía con ninguno de sus compañeros. En cuanto a Elizabeth, ella no era constante al acudir a clases, y ese detalle no era bien visto por Yoli, quien la ayudaba en todo lo que podía.

De repente Elizabeth se ausentó varios días del salón de clase, aparentemente sin justificación alguna. Al regresar tuvo el “atrevimiento” de pedirle prestados a Yolanda sus apuntes.
-¿Vas a sacarle copia?
-No, me los llevo y te los traigo mañana.
-Liz, no puedo prestártelos, tu no vienes a clases y luego yo no tengo manera de recuperarlos.
-Si voy a venir, tuve algunos problemillas en la casa pero ya los arreglé…
Ninguna razón fue válida ante la perfección de Yolanda, no le prestó a Liz los apuntes, y lejos de sentirse ofendida, Liz continuó su amistad como si nada.

Detalles de Liz como “¿Traes un poco de papel higiénico que me regales?” o “Préstame tu código, el mío se me quedó sobre la mesa” sacaban de sus casillas a Yolanda, quien más de las veces se contuvo para no dar respuestas como “Oye, tráete lo que te haga falta de tu casa”, “No, pues sí, allá guardados en tu casa no se desgastan los libros”. Yolanda estaba enterada de que Liz tenía una hija de ocho años a quien sus padres le ayudaban a cuidar, pero a últimas fechas tuvo fricciones con éstos y la niña pagaba los platos rotos quedándose sola.

Dedujo que Liz no tuvo con quien dejar a la pequeña y por eso se ausentó de clase varios días, Yolanda ni siquiera se molestó en llamarle por teléfono para ver que le sucedió.

Liz reapareció cuando comenzaron las evaluaciones de fin de curso, sabía que no aprobaría ninguna materia pero deseaba terminar el semestre como todos los compañeros. Se daría de baja.

El día del último examen, al terminar éste, las dos amigas se fueron a cenar a un sencillo restaurant que estaba a unas pocas calles de la universidad.
-Yoli, espero que vayas a visitarme a mi casa ahora que ya no voy a continuar en la escuela.
Yolanda se sorprendió ante la noticia.
-Liz, yo pienso que debes intentar pasar los exámenes, tienes la opción de presentarlos en segunda oportunidad, solo estudia la guía que nos dieron para éste.
.No Yoli, tengo problemas muy fuertes en casa y no estoy centrada en las materias. Sabes que no tengo quien cuide a mi niña mientras vengo a la escuela, mis papás a veces pueden y a veces no, otras no tengo dinero para los camiones. Además tuve un problema muy fuerte con una de mis vecinas que hasta a las celdas fui a parar. El licenciado Espiricueta fue quien me ayudó con esa bronca, por eso no estuve viniendo a clases las últimas semanas.
Yolanda guardó silencio, no sabía que decir. Se arrepintió mentalmente por todos los pensamientos injustos y críticas que tejió contra su amiga sin imaginar siquiera lo que realmente estaba ocurriendo.
-¿Estuviste en prisión? ¿Por qué?
Liz dio un largo trago a su refresco.
-Por un pleito con Juanela, mi vecina, a la vieja le da un coraje que riegue la calle porque dice que se le hace mucho mugrero, pero la verdad es que no me traga porque su esposo anduvo un tiempo pretendiéndome cuando yo fui bailarina y trabajaba en bares, salí con él varias veces pero solo a comer, sin llegar a nada. Ella se enteró y comenzó a darme pelea por cualquier insignificancia. Esa mañana después de discutir porque le mojé su banqueta, me arrojó una piedra y yo solo me defendí arrojándole otra, se metió a su casa y de rato llega una patrulla, nos sacaron a mi hermana y a mí esposadas de la casa. Hubieras visto a mi niña, llorando asustada. Otra vecina se la llevó con ella y les avisó a mis papás y se dejaron venir de su trabajo. Juanela me acusó de intentar golpearla y de causarle daños en su propiedad, pero yo solo le aventé una piedra pequeña y fue en la banqueta, y recuerdo muy bien que cuando íbamos en la patrulla mi hermana y yo, miré que los vidrios de sus ventanas estaban rotos y había varias piedras en el frente de su casa pero yo no las arrojé, ni idea tengo de donde salieron ni de cómo llegaron allí. El caso es que me pasé varios días detenida hasta que se comprobó que yo no causé ningún daño…

Liz se dio de baja en le escuela, pero eso no impidió que su amistad con Yolanda continuara, al contrario, so fortaleció más. Cada vez que se veían, Liz llegaba con algún obsequio para su amiga. Yolanda era invitada con frecuencia a las reuniones familiares en casa de Liz, y toda la familia llegó a sentir gran estimación hacia ella. Y que decir de toda la gente que gracias a las recomendaciones de Liz ahora eran sus clientes.

La voz de Omar la volvió a la realidad.
-Ya estoy aquí socia. ¿Festejaremos que acabas de cerrar favorablemente el negocio fiscal que tenías entre manos? Ya lo supe.
-Así es, y sí, podemos decir que es un pequeño festejo.
Omar ordenó su comida, entusiasmado, hablaba de algo pero Yolanda aún continuaba con sus recuerdos.
-¿Por qué tan pensativa Yoli? ¿Acaso algo no marcha bien?-No, no. Solo pienso. Tengo el mal hábito de juzgar a las personas por su apariencia física y su comportamiento, sin detenerme a averiguar que hay detrás de esa fachada. Es una lección que la vida me ha enseñado: no debo criticar ni hablar mal de personas que aún sin conocerlas merecen toda mi consideración y respeto.

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