La libreta de Rosalia



Rosalía tiene una libreta.
Común y corriente, con corazones, estrellas y flores en la portada.
En esa libreta Rosalía escribe y escribe.
Sus sueños, sus fantasías.
Cuidado, su jefe llega, la saluda, Rosalía cierra apresuradamente su libreta y contesta el saludo.
Gustavo se da cuenta del desasosiego que invade a Rosalía, advierte la reacción que su presencia le provoca.
El hombre sonríe con disimulo.

Llega la hora de salida, Rosalía guarda su libreta confidente, al saberse completamente solo, Gustavo abre el escritorio de Rosalía y mira la colorida libreta, la curiosidad la obliga a tomarla, se sienta, sabe que quizá la lectura sea extensa pero también entretenida. Comienza a leer:
“Este hombre me perturba, no sé con exactitud el por qué, será la manera en que me trata, nunca antes fui tratada con tantas consideraciones”.
Avanzó varias páginas sin reparar en lo escrito, por fin una acaparó su atención.
“Quizá sea imaginación mía, pero creo que cada vez que visto de escote, Gustavo no aparta la mirada de mi, puede ser casualidad, pero he sorprendido varias miradas…raras, por decirlo de alguna manera, que me hacen sentir incómoda. Y lo peor del caso, me siento atraída físicamente por él.”
Siguió avanzando páginas.
-“No sé que sentimiento surge en mi cada vez que miro la fotografía donde aparece al lado de su esposa…se ve tan amoroso, siempre al pendiente de ella, me gustaría tener un hombre así a mi lado. Y no me canso de admirar la foto de su hijito mayor; imagino que Gustavo fue idéntico a él cuando niño. Hoy le dije: “Tu papá me gusta pequeño, perdóname””
-Entonces no te soy tan indiferente. –se dijo en voz alta.

Conforme transcurrían los días, Gustavo continuó con la cacería respecto de su empleada, sin proponérselo, el destino estuvo de su parte. Días después, el arquitecto Gustavo se vio en la necesidad de terminar un trabajo urgente, razón por la que estuvo en su oficina desde temprano. Rosalía, fascinada y a la vez nerviosa por saberlo cerca, lo ayudaba en todo lo que se ofrecía.
El reloj avanzó rápido sin que lo notara ninguno de los dos, a las 3:40 de la tarde el hambre dejó hacer sentir sus estragos en el estómago de Gustavo.
-¿Ya viste que hora es Rosalía? ¿No tienes hambre?
-La verdad sí, ya es tarde. –respondió tímidamente.
-Como ya terminamos la tarea, podemos tomarnos la tarde para irnos a comer.
-Aquí están listas las carpetas con la documentación y el disco con los informes adicionales para el cliente.
-Bueno, prepara tus cosas, entregamos la propuesta y nos vamos a comer. Yo invito.
Rosalía estaba perpleja. “Me está invitando a comer, ¿qué hago? No puedo aceptar, no”.
Al notar la carita de asombro de su secretaria, Gustavo recalcó su invitación.
-Te estoy invitando a comer Rosalía, fuera de la oficina.
La chica reparó de inmediato que no podía aceptar esa invitación, primero porque desconocía que alimentos ingería aquel hombre, ¿qué pasaría si pedía un platillo que ella no supiera la forma correcta de comerlo? Se ensuciaría los dedos, utilizaría la lengua como servilleta y quedaría en un espantoso ridículo. Y en segundo lugar porque ellos dos no se verían bien juntos. El jefe y su asistente. La gente imaginaría cosas que no son…

Para su tranquilidad, su arquitecto resultó ser un hombre como cualquier otro en cuanto a apetito se refiere: le gustaba la grasa y el picante, el platillo que pidió era una simple carne asada, con guacamole y frijoles charros.
Terminada la comida, Gustavo ordenó cervezas para ambos.
-Gustavo, no es correcto ingerir alcohol en horas de trabajo.
-Mi estimada Rosalía, éstas ya no son horas de trabajo, además ¿quién puede reprendernos? Yo soy el jefe y tú estás conmigo.
Rosalía sonrió.
-Te vas a reír, pero…es que no tomo alcohol, cuando lo hago pierdo el piso y la cabeza de inmediato.
Escuchó la risa de Gustavo, aquella risa que tanto le agradaba.
Bebieron varias cervezas, no supo cuantas ingirió, pero ya una pesada somnolencia se apoderó de ella.
-Te agradezco la invitación y la comida Gustavo, pero creo que ha llegado la hora de marcharnos, tengo sueño, mucho sueño.
-Yo no quisiera que terminara esta velada, pero ni modo, otro día la repetiremos.
En el trayecto de regreso, Rosalía a momentos dormitaba, Gustavo recorrió con la mirada lujuriosa el cuerpo de la joven.
-Tienes algo que atrae mi atención, creo que valdría la pena tener una experiencia sexual contigo.
Rosalía despertó. Miró a su alrededor.
-¿Ya llegamos?
-No, hice una escala, -la miraba traviesamente- me gusta estar contigo, a solas.
La chica se turbó con aquella mirada, no sabía que hacer ni que decir.
-Gustavo, tienes que llegar a tu casa, te están esperando.
El hombre se acercó a ella. El olor del peligro era cada vez más fuerte.
-Nadie me espera, saben que no tengo horario fijo para llegar a casa.
Comenzó a besarle las mejillas, los labios, el cuello…
-Gustavo basta, esto no es correcto. –la lucha interna comenzó: intentaba apartarse de él, pero a la vez se apretaba contra su cuerpo.
-Lo deseas tanto como yo. -por fin sus bocas se unieron- Vamos a un lugar más íntimo. Necesitamos estar solos, completamente solos…

Rosalía sentíase flotar entre nubes, nunca creyó que el amor que sentía hacia Gustavo se hiciera real, aunque un sentimiento de culpa se instaló en ella. Gustavo también disfrutó de aquel encuentro, hacía tiempo atrás que la rutina invadió su vida sexual al lado de su esposa.

La joven yace en profundo sueño.
Gustavo teje planes en su mente.

La relación amorosa entre Gustavo y Rosalía se mantuvo firme durante varios meses. Pero en otro aspecto, las cosas no marchaban bien. De repente el trabajo comenzó a irse a pique, varios clientes le cancelaron construcciones al arquitecto, decían que por la cuestión de inseguridad preferían marcharse al extranjero. Las finanzas del joven profesionista estaban en números rojos. Gustavo despidió a su equipo de trabajadores, pero a Rosalía no le comentaba nada, y cuando ella tocaba el tema ambos terminaban en la cama.

Una mañana Rosalía llegó a la oficina con la firme decisión de fuera su último día de trabajo.
-Gustavo, por favor, vamos a finiquitar nuestra situación laboral, lleguemos a un arreglo conveniente para los dos.
Gustavo de mala gana la escuchó.
-¿Cuál es tu propuesta? –preguntó sin apartar la vista de su computadora.
-Mira, desde hace dos años que trabajo parta ti, y esta es la cantidad que me corresponde por mi despido. –le acercó una hoja.
Gustavo ni siquiera se tomó el trabajo de mirarla.
-¿Ah sí? ¿Y a cuanto asciende?
-A la cantidad de 12,534.78 pesos.
-No te los voy a pagar.
Rosalía incrédula solo acertó a pronunciar:
-¿Cómo dices?
-Que no voy a pagarte nada. No tengo dinero.
-Gustavo, no estoy de humor para tus juegos. Por favor, esto es serio.
El tipo se levantó como si trajese una mecha encendida en el trasero.
-No te voy a dar nada, Rosalía, entiéndelo, -comenzó a alzar la voz mientras se acercaba a la mujer- ¿como demonios quieres que te lo explique?
-Tranquilízate Gustavo, y no me grites, te escucho perfectamente.
-No eres nadie para decirme lo que hacer o dejar de hacer, -estaba frente a ella, gritando, pateando el suelo, insultándola, mostrándose tal cual era en verdad.
-Me voy, si no quieres terminar bien entonces será lo contrario. Adiós Gustavo.
Antes de que llegara a la puerta sintió que tiraban fuertemente de su cabello. La sorpresa hizo que un grito de dolor escapara de su garganta.
-Gustavo, déjame, te volviste loco.
A rastras la llevó hasta su privado, la arrojó sobre el sofá y se tiró encima de ella.
-No hagas algo de lo que te puedas arrepentir después, pequeña. –las masculinas manos estaban alrededor de su cuello, apretando- Piensa en tu carrera, estás a punto de convertirte en toda una abogada, ¿no es así? Tu reputación puede quedar por los suelos si tus catedráticos o compañeros de clase, o peor aún tus clientes vieran las candentes sesiones de sexo que viviste con tu jefe. Tuve la acertada idea de grabarlas, uno nunca sabe cuando necesitará las cosas. –violentamente comenzó a desvestirla. Aquellas manos recorrían su cuerpo, la boca que durante un tiempo le regaló inmenso placer ahora le obsequiaba dolorosos mordiscos de furia. La mujer estalló en llanto. Se sintió indefensa, en ese momento comenzó a temer por su vida.
Terminada aquella salvaje demostración de amor, le dejó unos billetes sobre el escritorio.
-Aquí está tu paga por los gratos momentos que me hiciste pasar, pequeña. Cierra bien la oficina cuando salgas, y no quiero volverte a ver por aquí. Si me das lata con eso del despido, ya sabes que no la vas a pasar nada bien…

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