Ese par de anillos



Desde hacía varios días que los observaba.
Gilberto estaba como hipnotizado, parado tras el aparador de aquella joyería que tenía en exhibición bisutería barata; ese par de anillos de latón corriente con la oración del Padre Nuestro grabada, atraía poderosamente su atención.
-Sé que son unos anillos corrientes, pero tienen algo que me gusta.
Entró decidido en la tienda, una sonriente joven se acercó a preguntarle si podría ayudarle en algo.
-Sí, muéstreme por favor esos anillos, los del Padre Nuestro.
-Solo en color plata, o combinado de oro y plata?
-Los combinados, uno en medida 6 y el otro en 10.
Se midió el número 10. Le gustó el aspecto que tenía ya puesto en su dedo.
-Me gusta, me llevo los dos.

Con su preciosa adquisición se dirigió a casa de Sofía, su novia; llevaban ya un año de noviazgo y los preparativos para su enlace matrimonial estaban demasiado adelantados.
A pesar de que la joyería le ofreció el servicio de grabado de sus nombres, decidió no hacerlo aún.
-Primero le daré la sorpresa del anillo, no sea que no le agrade y tenga que deshacerme de la argolla. O peor aún, que por una insignificancia se cancele nuestra boda.
Le sorprendió que su mente le dictara ese pensamiento.
-Pero que bobadas se me ocurren. Por supuesto que nuestra boda no se va a cancelar. Ya tenemos casi todo listo, no nos echaremos para atrás en el último momento.

Para Sofía si fue una verdadera sorpresa recibir sus argollas de boda.
-¿Pero como se te ocurre que llevemos estos anillos corrientes como alianzas? La gente va a reírse de nosotros. En verdad que lo vulgar nunca se te va a quitar.
-No digas eso Sofi; mira, -tomó su mano para colocarle el anillo pero la chica la retiró bruscamente.- Póntelo, -insistió Gil- te gustará la vista, además, tiene grabada la oración del Padre Nuestro, mira…
-Que Padre Nuestro, ahhhhh!, -gruñó la mujer- Mira Gil, dejémonos de tonterías, una amiga me mostró un diseño italiano precioso, y ya entregué en la joyería el anticipo para que las tengan listas dentro de una semana.
-Sofi, por favor, nada te cuesta complacerme en esto, todos los preparativos han sido a tu gusto, vamos a salirnos un poco de lo convencional llevando unos anillos diferentes a los tradicionales. Que nos importa lo que piense la gente, ellos no van a pagarlos. Acéptalos, por favor, por favor.
-No! -gritó la mujer. El bello rostro que Gil contemplaba con deleite ahora se hallaba transfigurado por la ira.
Gilberto permanecía sentado en el sofá, mientras su futura esposa caminaba de un lado a otro de la estancia gesticulando, hablando, diciendo cosas que él ya no escuchaba.
Por fin hubo un momento de silencio.
Sofía se sentó al lado de su novio y con voz fuerte, pero serena, le dijo:
-Mira Gil, viéndolos bien, los anillitos están “monos”, podemos usarlos como accesorios equis, pero nuestras alianzas de boda van a ser los que yo escogí, y esos son los del diseñador italiano.

Transcurrieron varias semanas desde aquel desagradable incidente con los anillos. Gilberto solicitó su cambio a otra sucursal del diario donde trabajaba, estaba una plaza vacante de fotógrafo en el centro de la república y la aceptó sin pensarlo. Era una buena idea alejarse de todo por un tiempo, necesitaba olvidar. Perdió dinero, es cierto, pero lo tomó como la factura que debía pagar por equivocarse. Sofía, ignorando su paradero, lo perseguía con mensajes de voz en el celular y en la contestadora de su casa, le enviaba correos electrónicos, pero algo, Gilberto no sabía como describirlo con exactitud, se hubo quebrado dentro de él.
-Quizá sea que se me cayó la venda de los ojos; -se contestó a si mismo- desde que mi familia y amigos conocieron a Sofía me advirtieron que es una mujer frívola y caprichosa, siempre viviendo de apariencias. Tenían razón, pero yo de tonto enamorado creyendo que cambiaría esa forma de ser al empezar nuestra vida juntos.
Aún no terminaba de acondicionar su nueva oficina, había documentos, libros, fotografías por doquier, el desorden imperaba en ella; de una caja puesta en un rincón sacó una cajilla: el anillo que compró para Sofía. Lo contempló con ternura, con la nostalgia que se siente al recordar al ser amado.
Tenía que deshacerse de él. Ya no le serviría.
Por instinto miró su mano, le agradaba ver como lucía aquel anillo.
-Que tal Gil, -saludó Irasema, una de sus nuevas compañeras de trabajo- oye, vengo a entregarte las fotos que enviaste a laboratorio, solo te molesto con tu firma de recibido en este recuadro.
Observó a Gil mientras firmaba.
-Me gusta tu anillo, a ti te sienta muy bien el color dorado.
Gilberto miró su mano.
-¿No te parece un anillo corriente?
-Ay no, para nada, al contrario, este tipo de argolla me parece muy elegante, desde hace tiempo ando queriendo comprarme una, pero por una o otra cosa no he podido hacerlo.
-¿De que medida es tu anillo?
-Cinco o seis, depende como tenga de hinchados los dedos en ese momento.
-Espera, -Gil reaccionó rápido- creo que hay algo para ti.
Le entregó la cajilla.
-La argolla. -gritó entusiasmada Irasema, al tiempo que su carita se iluminaba con una sonrisa- Gracias Gil, -la colocó en su dedo- está preciosa, ¿te debo algo?
-De ninguna manera. La adquirí pensando en que se podía ofrecer para un regalo, y mira, no me equivoqué.

Quien no la estaba pasando nada bien era Sofía, Gilberto no volvió a reportarse con ella, la situación estaba tensa en su casa, la madre de ésta hizo circo, maroma y teatro para que le fuera devuelto cuando menos algo del efectivo que desembolsaron en los preparativos de la misa, la música y el banquete, las alianzas italianas que le costaron su rompimiento con Gilberto se perdieron, de esas no quisieron reembolsarle ni un centavo, pero lo más humillante para ambas era enfrentar las murmuraciones de la gente.
-Pon los pies en la tierra, Sofía. -la criticó fuertemente su madre- Te sientes reina si apenas sabes leer y escribir. Te has ganado que excelentes prospectos te manden al diablo casi en la puerta de la iglesia por ambiciosa. Pero esta fue la última, no te quiero de ociosa en casa, te buscas un trabajo o a ver que haces. Ya tienes treinta y cinco años.
-Madre, ¿pero de que voy a trabajar, -gritó escandalizada Sofía- si no sé hacer nada?
-Esa es tu bronca. Lavas platos, tejes bufandas, cuidas niños, o perros… que sé yo, pero aquí no quiero verte más sin hacer nada. ¿Entendido?
-¿Y ahora que hago? Estúpido Gilberto, mira el problema que me has provocado… y todo por tus malditos anillos del Padre Nuestro.

Comentarios

Entradas populares