Privadas del Paraíso


Ernesto y Gladys intercambiaron miradas; entre ellos había una especie de conexión tan fuerte que daba la impresión de que se leían el pensamiento el uno al otro. Al fin Ernesto rompió el silencio.

-Es hora de quitarnos las máscaras y vernos tal cual somos. -se dirigió a Daniela- Supongo que ya mi esposa te ha puesto al tanto de todo, así que no tiene caso la espera ni para ti ni para nosotros. Terminemos con este asunto de una vez. –fue a reunirse con Gladys.

El miedo traicionó a Daniela, rompió a llorar abrazada a Darío, mientras los otros dos médicos se ataviaban con la ropa propia del cirujano.

La mente de Darío trabajaba a mil por segundo, buscando argumentos convincentes para persuadir al médico de seguir adelante con aquel plan.

-Ernesto, veo que tu quirófano está muy bien equipado, y no dudo de tu capacidad como médico, pero no puedes realizar la cesárea, tu especialidad es muy distinta, tratas alergias, desconoces por completo la práctica en obstetricia.

Por un momento en el rostro de aquel médico se dibujó un gesto de disgusto, se acercó a Darío con una bata que sacó del armario.

-Es verdad lo que usted dice doctor Ornelas, no poseo los conocimiento necesarios para llevar a cabo esta clase de cirugías, por lo mismo acabo de decidir que no la realizaré; -el silencio inundó la habitación, les volvió el alma al cuerpo a Darío y Daniela después de escuchar esas palabras, en contraste Gladys dio un paso hacia Ernesto, quizá con intenciones de discutir la decisión que éste tomó. Solo se escuchaba el murmullo de la agitada respiración de los presentes. Le entregó la bata a Darío,- la vas a realizar tú.

Sorprendido, Darío permaneció mudo durante unos segundos, sin poder moverse, como si tuviese los pies clavados en el suelo.

-Sí Darío, tú. –se apresuró a decir Ernesto, aprovechando el desconcierto de Darío.- Uno de los mejores especialistas y yo seré tu asistente. De lo contrario –al notar todavía su indecisión- yo tomaré el riesgo y operaré, pero no me hago responsable si algo no resulta como lo esperamos.

Silencio.

-No tienes opción Darío. Gladys y yo no queremos mancharnos las manos de sangre, solo queremos a nuestro hijo, -mirando a Daniela y a Darío prosiguió, el tono de su voz ahora denotaba tristeza- el primer y último embarazo de mi esposa era de alto riesgo, decidimos tomar unos días de descanso en nuestra casa en el campo. Pero algo pasó y Gladys tuvo un sangrado, pensé que siendo médico podría ayudarla, pero los nervios me traicionaron, y cuando llegamos al hospital ella tenía una fuerte infección, perdió el producto y además quedó estéril. Fue por mi negligencia, y no estoy dispuesto a fallarle una segunda vez. Por favor, -el nudo en su garganta lo sentía cada vez más fuerte,-cooperemos todos para regresar pronto a casa.

Comprendiendo ya que no existía otra opción y que con cada minuto que avanzada el reloj se sentía agotada, Daniela accedió al plan. Nunca antes deseó con ansia llegar a casa, tomar una ducha fría, descansar. Y sobre todo planear como enfrentaría su nueva situación ante los demás. Después de todo, las cosas no eran tan malas como pensaba: el saber que ese niño no era algo suyo de alguna forma le devolvía la libertad, podía seguir siendo ella, continuar con su vida como la imaginó antes de conocer a Ernesto. Gladys la ayudó a vestirse con la bata de paciente, Ernesto le daba instrucciones mientras Darío se preparaba a desinfectar la espalda de la mujer para anestesiarla.

Cerró los ojos. Lo último que escuchó fue la voz de Darío que la confortaba:

-Confía en mí, verás que todo va a salir bien…

Continuará...

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