Privadas del Paraíso


Por su parte, Gladys también invirtió su tiempo ultimando detalles: preparó dos maletas con ropa y sus objetos personales, y revisó el maletín que celosamente guardaban en el estudio, revisó varias veces toda la documentación legal de ella y su esposo, sus fotografías, recuerdos, los boletos de avión y pasaportes. Era importante no olvidar nada, ya que el más mínimo descuido podría echarles a la basura sus planes. Después del alumbramiento apenas si disponían de tiempo para asearse, comer algo y abordar el avión que los llevaría primero a Baja California, ya que necesitaban realizar algunos trámites y de ahí posteriormente a España, donde eligieron establecer su residencia. Convencida que ya nada le faltaba puso en la cajuela las maletas, ahora solo le faltaba lo más importante: Daniela.

Vio que ésta iba de salida, “seguramente a encontrarse con su amigo del alma: Darío”, pensó, pero antes de que lograra salir, Gladys la tomó por el brazo y se encaminaron hacia el automóvil de ésta.

-Veo que ya está lista señora, el auto ya está preparado.

Daniela estaba sorprendida, de hecho estaba atemorizada. El corazón comenzó a latirle con fuerza, eso no le daba buen augurio. Al notar su desconcierto Gladys se apresuró a decir:

-No se asuste, solo que el doctor me pidió que la llevara a dar un paseo.

Algo no estaba bien, Bernardo nunca antes delegó a Gladys la responsabilidad de cuidarla mucho menos de acompañarla de paseo.

-El doctor no me comentó nada. Además ya hice un compromiso, -intentaba librarse de la presión que la mano de aquella mujer ejercía sobre ella.

Haciendo gala de la poca paciencia que le quedaba, Gladys presionó sus afiladas uñas contra la piel de Daniela.

-Descuide, vamos a cumplir con su compromiso y luego nos encontraremos con el doctor, ¿está bien?

Continuará...

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