Privadas del Paraiso




El doctor Bernardo decidió cancelar todas sus consultas programadas para ese día. La última semana no hubo sido satisfactoria para él: uno de sus pacientes tuvo una reacción a cierto medicamento e insistió en que se le cambiara éste por otro que aseguró le daba mejores resultados, el doctor se negó argumentando que él era el experto en medicina, cosa que no fue del agrado del enfermo y ahora enfrentaba una demanda por negligencia médica, y quizá tal vez otra por despido injustificado por parte de una asistente médica con la cual ya no estaba a gusto con su trabajo pero no llegaron a ningún acuerdo económico para dar por terminada la relación laboral. Y aquella llamada de su esposa lo inquietó. El desasosiego y el temor hicieron presa de él impidiendo que pudiera centrarse en sus asuntos.

-Ella lo sabe. Te espero en casa para tomar el café.

Una triste e irónica sonrisa apareció en su rostro.

-Darío, esto debe ser obra tuya. Daniela es una pazguata con cerebro tan pequeñito que por si sola jamás imaginaría lo que hay detrás de la fachada de matrimonio feliz. Pero gracias a tu inoportuna aparición en nuestras vidas, ahora conoce cosas que no debería. Pero aún estoy a tiempo de evitar que mis planes se vayan por la borda, aún así y mi hijo tenga que nacer antes de lo previsto.


Condujo con tranquilidad por las calles. Se tomó su tiempo para llegar, esta vez no deseaba retardarse. Todo el trayecto estuvo absorto en sus pensamientos, tan así que con su carácter intransigente y en diferente situación habría enfrentado a ese desconocido conductor loco que repentinamente se emparejaba con su auto y luego lo dejaba adelantarse, como jugando a las carreras. Se detuvo en una sencilla casa en los límites de la ciudad. Fachada moderna, de planta alta, la pintura se notaba reciente, delimitada por altos muros y una reja de hierro. El pasto en el jardín se veía fresco, verde, sin duda alguien se tomaba la molestia o el trabajo de regarlo si no a diario, al menos dos o tres veces a la semana. Tomó el control remoto que llevaba en el asiento del pasajero, al oprimir un botón la pesada verja de hierro que protegía la casa se descorrió, entró en ésta y aparcó el auto en la entrada principal. Al entrar en la casa se detuvo unos segundos en la estancia buscando con la mirada indicios de que su esposa hubiera llegado ya. Se dirigió a la cocina con la intención de prepararse un café. Lo necesitaba. Durante varios días no durmió bien y en esa tarde tenía al sueño como compañero. Bebió lentamente el café.

Unas manos se posaron suavemente sobre sus hombros.



Continuará...

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