Privadas del Paraiso


“No tengo aptitudes para actriz, no sé como he podido llevar adelante esta comedia”, se repetía continuamente. Le costaba mucho esfuerzo fingir delante de Bernardo y Florina, o como se llamasen. Durante el día se mantenía alerta de cualquier movimiento que sucediera en su casa, y por la noche dormía con los ojos abiertos, tenía miedo de cerrar los ojos “si duermo quizá no despierte, no sé que pueda pasar”.
Agradecía no ser una mujer sexualmente activa en ese momento, no soportaba la cercanía de Bernardo, y no quería imaginar como reaccionaría si aquél la tocaba.
Lanzó una mirada despectiva a su vientre. En esas circunstancias salía a relucir el poco entusiasmo que sentía con la llegada de su primogénito.
-De no ser por ti ya me hubiera largado, sabía que algo ocurriría durante el embarazo, por algo no deseaba ser madre. Los hijos son un lastre, y yo no soy para estar atada a nada ni a nadie. Ni siquiera a Bernardo. Pero a estas alturas ya nada puedo hacer, solo esperar. Y eso si a este par de desquiciados no se les ocurre hacerme daño antes.
Florina y Bernardo no se encontraban en casa, señal de que ignoraban que Daniela estaba al tanto de su engaño; de no ser así no la dejarían sola ni por un instante. Estaba aburrida y sola en esa casa que ahora le parecía desconocida. Recordó con cuanta ilusión escogió los muebles, los objetos, dispuso el color de las paredes y los detalles que les daban vida. Y ahora se sentía una extraña en esa que siempre consideró su casa. Caminaba de una estancia a otra como si fuera la primera vez que estuviera ahí. Sus pasos la llevaron a la habitación que Bernardo utilizaba como estudio; se sentó tras el escritorio y encendió la computadora, mientras sus dedos tamborileaban suavemente sobre el teclado, escribiendo nada. Intentaba distraerse navegando por internet, se conecto a su cuenta de chat buscando entre sus contactos que Darío por casualidad también estuviera conectado. No fue así. Solo conversó de cosas sin importancia con algunas de sus empleadas. Necesitaba conversar con alguien. Las últimas semanas estuvo en cama la mayor parte del tiempo y Florina a su lado sobreprotegiéndola. Su desasosiego le impedía concentrarse. Distraídamente abrió el cajón del escritorio y comenzó a buscar sin saber exactamente qué. Una pequeña llave atrajo su atención, por el tamaño debía pertenecer a una cerradura pequeña. Y las únicas cerraduras de ese tipo eran las que tenían los muebles del estudio. Probaría suerte. Cada vez que insertó la llave su corazón latía con fuerza y una sensación ardiente se anidaba en su estómago. Tenía miedo de lo que hallaría tras aquellas puertas. Las tres primeras veces la llave no giró, pero en la cerradura de un apartado en la parte lateral del estante donde Bernardo exhibía algunos de sus libros y fotografías la llave giró sin dificultad. Libros, expedientes cuidadosamente encuadernados, objetos diversos, aprovechando la poca iluminación un portafolio negro en piel intentaba pasar inadvertido debajo de una pila de documentos. Respiró profundo. Siempre respetó la privacidad de los demás, pero las circunstancias ahora eran distintas. Era su vida la que posiblemente estaba en juego. Observó que el contenido estaba organizado en varios sobres y en alguno que otro folder. Los sobres estaban etiquetados, tomó el que estaba marcado con la leyenda “Personal”.
-“Lo tiene todo bajo control, organizado, calculado.”
El segundo tenía por título “Documentación Legal”, y optó por abrir este último.
-El acta de nacimiento de…Ernesto Alvarado. –leyó detenidamente cada dato asentado en el papel.- ¿Y ésta? Oh, es la de Gladys Santander. ¿Y esta otra de quien será? –Si muy en el fondo de su corazón guardaba la esperanza de que nada de lo que descubrió Darío fuera real, esos documentos se encargaron de desvanecerla.- es el acta de matrimonio de Ernesto y Gladys. –no sabía con exactitud que emoción sentía en ese momento, quizá impotencia por su debilidad, porque por emocionarse al encontrar el amor que tanto buscaba se olvidó de conocer a fondo la historia del hombre a quien consideraba el centro de su mundo y ahora no sabía que rumbo tomaría su vida. Devolvió a su lugar los documentos, tomó el sobre nombrado como “Personal” y encontró algo no menos doloroso: fotografías de la boda religiosa, Bernardo derrochaba felicidad, y que decir de Gladys, lucía dulce, tierna, con un brillo especial en la mirada; una invitación de boda aún estaba protegida por el sobre de celofán, su curiosidad fue muy fuerte y lo abrió, con indiferencia leyó el contenido, conoció la fecha y lugar de la misa y la recepción; con molestia guardó la invitación.
-Ahora entiendo por qué la negativa de casarnos por la iglesia, claro, en un acontecimiento así alguien podría reconocerlo y se le vendría abajo todo el numerito, en cambio una boda civil realizada en una oficialía cualquiera pasaría desapercibida.
Reconocía que esos documentos no dejaban lugar a duda sobre la posición que ocupaba ella en la vida de Bernardo y Florina, semejante a una pieza cualquiera en un tablero de ajedrez y que tanto Bernardo como Florina movían a su antojo y conveniencia. Revisó el resto de los folders pero eran documentos ajenos a la situación. Algo que parecía un álbum fotográfico era lo último que le faltaba por revisar.
-El pasado de Bernardo, ¿Qué nueva sorpresa encontraré aquí? Sea lo que encuentre no será peor que la angustia que estoy viviendo ahora.
Iniciaba con fotografías de Bernardo cuando niño, en el kínder, el primer dibujo dedicado a su mamá, en la secundaria la foto anual, brincó varias páginas hasta llegar a las fotos de su carrera como médico. En la mayoría estaba acompañado por Florina, la graduación de ambos, sus reconocimientos obtenidos…
-Aquí está la verdad sobre Bernardo, yo ahora debo pensar que haré con mi vida después de esto…
La alarma de su teléfono la sobresaltó volviéndola a la realidad, se olvidó por completo que Bernardo y Florina llegarían a casa en cualquier momento. Rápidamente devolvió los documentos a su lugar, cerró el libro de recuerdos y los acomodó en el maletín, y dejó éste como lo encontró.


Continuará...

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