Privadas del Paraiso


CAPITULO III
EL QUINTO BERNARDO

Hacía poco más de media hora que el doctor Darío Ornelas había atendido a su último paciente, sus consultas terminaron al menos por ese día. Estaba agotado, permaneció sentado tras su escritorio contemplando una vieja foto de sus días como estudiante en la facultad de medicina. La mayoría de sus ahora colegas estaban ahí: Jennifer, excelente oftalmóloga; Caleb, Lourdes y Adam, quienes optaron por ir a curar las enfermedades de la piel; Bernardo Montañana, Gabriela, Luisa, Ana Elena, Enrique y Valdemar, todos ellos del grupo de los obstetras; otro femenino rostro asomaba sonriente, pero no recordaba de momento su nombre.
Guardo la foto en el cajón. Horas antes creyó encontrarse por casualidad, en el restaurante a donde decidió ir a comer, con un ex compañero de clase, el doctor Ernesto Alvarado; aunque no fueron lo que puede llamarse grandes amigos mientras cursaban la carrera, se conocían de vista, saludábanse amablemente y de vez en cuando intercambiaron conversaciones respecto de cuestiones académicas, pero nunca de su vida personal. Amistosamente se acercó a saludarlo a su mesa.
-Ernesto Alvarado, que agradable sorpresa. Ya hace buen tiempo que no te has dejado ver.
La sonrisa en los labios de aquel hombre pasó a ser una mueca desagradable al escuchar aquella conocida voz. Recuperándose de la sorpresa logró decir:
-Disculpe señor, pero creo que hay una equivocación. Mi nombre es Bernardo Montañana.
Darío comprendió que no era el momento ni el lugar para hacer aclaraciones ni discutir identidades, se disculpó con Ernesto, o Bernardo, o como ahora se hiciera llamar aquel individuo y se retiró.
-“El mundo es demasiado grande, existen muchas personas parecidas físicamente, al igual que muchas personas ostentan el mismo nombre sin que exista un lazo entre ellas. Pero es extraño que haya varias personas llamadas Bernardo Montañana, sin alguna relación entre sí, y una de ellas tan parecida, casi exacta a Ernesto Alvarado y llamarse Bernardo Montañana”.
Darío Ornelas no era de las personas que se guardaban las dudas. En los días siguientes se dio a la tarea de buscar en el directorio telefónico a todos los hombres llamados Bernardo Montañana que residieran en esa ciudad; encontró cinco. Los visitó y descartó a dos de ellos por la edad, ya que eran varios años mayores, (Bernardo Montañana, Ernesto y él apenas se acercaban a la cuarentena); un tercero falleció dos años antes, apenas a los veintiún años; el cuarto Bernardo Montañana tenía 32 años y era un vendedor de seguros, casado y con dos hijos que mantener. Hasta ese momento, ninguno de los visitados era o recordaba ser familiar ni remoto del que fuera su amigo de carrera. Ya solo quedaba uno en su lista. Con este último se tomó el tiempo necesario para investigar el lugar y su horario de trabajo; conociendo ya su rutina, programó una visita con más tranquilidad y privacía.
Esa tarde Florina tuvo permiso para salir, y no regresaría sino hasta la noche; Daniela se encontraba sola cuando recibió la visita de Darío. Por lo regular no dejaba pasar a nadie al estar sola, pero aquel hombre alto, de cabello entrecano y hablar sereno y pausado, le inspiraba confianza, y más al saber que era colega de su esposo.
Las fotografías formaban, en mayor parte, la decoración de la sala, Darío las observó todas y no le quedaron dudas: ese Bernardo Montañana era la persona que estaba buscando, pero había algo que no encajaba en el rompecabezas; hasta donde estaba enterado, el Bernardo Montañana que hubo sido su amigo en la facultad permanecía soltero, víctima de una sociedad que margina a quienes tienen preferencias sexuales distintas a las de una persona “normal”; en cuanto a Ernesto, se casó con su eterna novia de estudiante, aquélla chica cuyo nombre no podía recordar y que también recientemente vio en la foto.
-Yo soy obstetra, me encanta darles la bienvenida a los niños a este mundo; imagino que Bernardo padece del mismo placer, ¿no es así?
-No, -Daniela le regaló una sonrisa- él no tiene nada que ver con nacimientos de bebés. Él es alergólogo.
Otra pieza que no encajaba: el Bernardo Montañana que conoció en la universidad también era obstetra. ¿Alergias? Ni de broma. Esa era la especialidad de Ernesto.
La charla fue interrumpida por la llegada de Florina. Darío reconoció aquella voz y rostro.
-No sabía que tenía visita, -exclamó apenada Flor- puedo ofrecerles algo de cenar?
-No se moleste, -Darío se apresuro a decir mientras caminaba apresuradamente a la salida, seguido por Daniela- ya me retiro, se me hizo un poco tarde. Fue un gusto conocerla.
-Lo mismo digo, ojalá que pueda darse la oportunidad de una convivencia entre los tres. Me encantaría que ambos me platicaran de sus anécdotas de estudiantes.
-Tenga por seguro que lo haremos. La veo pronto. Cuídese mucho, por favor.
Hizo mucho énfasis en estas últimas palabras, sin saber por qué, Daniela sintió que un aire helado recorría su espalda.

En el trayecto a su casa, Darío estaba inquieto, pensó que debió quedarse un rato más para esperar a Bernardo y aclarar todas las dudas que tenía en su mente desde el día en que sin proponérselo, ambos coincidieron en el restaurante. Como un relámpago, de pronto lo tuvo todo claro. Ahora recordaba aquél nombre…Gladys Santander, pediatra. La eterna novia de Ernesto. Debió quedarse para darse cuenta si lo reconocía o no.
-“Hice lo correcto, por ahora es mejor no ser reconocido, aunque Daniela comentará mi visita a Ernesto, Bernardo, como se llame…-asestó al volante un golpe con la mano mientras lanzaba un palabra poco digna de su vocabulario- No contaba con que Gladys también estuviera involucrada en esto…sirvienta de su propio esposo. Esto no tiene sentido. Menos logro entender que papel juega Daniela en este teatro”.

Continuara...

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