Privadas del Paraiso



Tomó la noticia del embarazo con tranquilidad. Después de todo, en la actualidad existen terapias psicológicas para poder superar el trauma que le ocasionaba el pensar en el momento de ser madre. En el fondo, conocía la raíz de su aversión hacia los niños: la relación con su madre fue pésima, peleas, insultos de la una a la otra, y aquélla se encargó de hacerle creer a su hija que sus retoños la maltratarían tal como Daniela hija lo estaba había hecho con ella. Tanto fue su miedo que Daniela decidió no casarse nunca, pero conforme creció, tanto en el plano físico como emocional, se dio cuenta de que permanecer sola toda la vida no era lo que buscaba. Como toda mujer, en el fondo deseaba un hogar propio, una casa la tendría, pero deseaba un lugar confortable a donde llegar al final del día, un hombre que la amara, la protegiera y la apoyara; y como consecuencia física de esa unión, daría vida a esos pequeños pedacitos de carne, un “trozo de ella misma”.

Bernardo se esmeraba en que estuviera cómoda, cuidaba estrictamente su dieta y de que no faltara a sus revisiones médicas. Le ordenó que disminuyera su ritmo de trabajo; por lo que Daniela solo acudía a su negocio dos horas por la mañana y otras dos por la tarde.

Acostumbrada a tener todo su tiempo ocupado, ahora que podía disponer de la mayor parte del día libre, comenzaba a notar ciertos detalles en los que nunca había reparado. Una tarde, al estar descansando en su sala, recorrió con la mirada las paredes: colgaba una pintura que no recordaba haber adquirido. “Seguramente Bernardo la compró y la colgó en ese lugar, pero no recuerdo que me lo haya comentado”.
-Danny, esa pintura ha estado siempre ahí, tu la escogiste en aquel bazar de pinturas de ese amigo tuyo…¿como se llama? Ah, Roberto. Roberto Meléndez.
-Sí, fuimos a esa vendimia de pinturas de Roberto, pero no compramos ninguna obra porque no fueron de nuestro agrado.
Observó durante un rato la pintura. De un jarrón transparente asomaban unas flores marchitas, de diversos colores, que dejaron caer algunos de sus pétalos sobre la mesilla. No le gustaban las pinturas de naturaleza, y tanto Bernardo como Roberto lo sabían; por eso era imposible haber comprado esa pintura.

Organizada como tuvo que aprender a ser al tomar el control de su vida, una de las cosas en las que ponía exagerado énfasis, era en la comida. No le gustaba comer lo mismo a diario, ni cocinado de la misma manera, por lo que se dio el tiempo para formar su recetario de cremas, plato fuerte y postre. Se obligó a realizar un menú para cada día de la semana. Claro, en un principio le pareció una tarea abrumadora, que realizaba como una obligación, pero conforme transcurrió el tiempo se divertía inventando sus propias combinaciones de platillos.
Ese día comería ella sola, Bernardo impartía unas conferencias fuera de la ciudad, que lo mantendrían fuera de casa durante varios días.
La sorpresa se apoderó de ella al ver servida en la mesa una ensalada fría.
-Florina, si mal no recuerdo, el platillo de hoy es macarrones con queso y filete de pescado al ajillo…
-En la copia de mi menú viene como ensalada de pollo con verduras al vapor…
Molesta más que nada porque comería sola de nuevo, no le permitió a Florina terminar su explicación, se dirigió a la cocina para buscar la carpeta que cada semana le entregara con los platillos a preparar. Efectivamente, ahí estaba: ensalada de pollo y verdura al vapor. Los macarrones no estaban programados para ningún día de esa semana. Revisó la fecha. Todo estaba en orden.
-No lo entiendo, estaba segura de que programé la pasta de macarrones para hoy.
-Tal vez cambió los platillos a última hora…o imaginó haberlo incluido.
Estaba desconcertada.
-Sí, tal vez fue eso.
Después de comer acostumbraba tomar su siesta, pero el sueño no fue lo suficientemente fuerte para vencerla.
-¿Que me está pasando? Esta inactividad no me sienta bien. Hablaré con Bernardo en cuanto regrese, necesito volver a mi rutina de siempre.

Bernardo, siempre tan tolerante, tan comprensivo, tan complaciente con ella…pero nunca imaginó la reacción casi violenta que éste tendría al mencionarle la idea de volver a su trabajo. En su mente vivía una y otra vez esa discusión, la primera en todo el tiempo que llevaban de casados.
-No, no puedes hacer esfuerzos que pongan en peligro tu salud o la del bebé. Además, debo estar al pendiente de tu dieta y tu peso.
-Bernardo, tu sabes que mi trabajo no es pesado, solo superviso a mis ayudantes, apenas tengo cuatro meses de embarazo, y no he tenido hasta ahorita las típicas molestias que tienen la mayoría de las mujeres. Además necesito distraerme, el encierro nunca me ha gustado y…
-La respuesta es no. Yo quiero, yo necesito un hijo sano. Espero que lo entiendas.
Sin darle tiempo a reaccionar, dio la media vuelta y se fue.
Daniela se despertó cuando sintió la luz del sol sobre su rostro. Lo primero que vio fue a Bernardo parado de espaldas a ella, mirando a través de la ventana, y luego el desorden que prevalecía en la habitación.
-Bernardo, ¿Qué pasó? –asustada, preguntó.
Sin una emoción reflejada en el rostro, Bernardo dijo:
-No lo sé, espero que puedas explicármelo tú.

Continuara...

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