Privadas del Paraiso


-Este producto no lo comercializamos en esta tienda señora, ningún producto para pies es vendido aquí.
Daniela observó la botella que sostenía la empleada entre sus manos.
-Entonces…-la empleada le regresó la botella.- Debe ser de otra tienda. Disculpe por haberle quitado su tiempo.
La empleada le regaló una amable sonrisa.
Salió de la tienda. Ya en su auto, antes de encenderlo pensó en voz alta.
-No hay otra tienda que yo haya visitado ayer, así que…es mejor no seguir averiguando que fue lo que pasó con esta crema. La dejaré para mi uso personal.
De sobra sabía que nunca iba a usar esa crema, Daniela no le daba tanta importancia a su arreglo personal más allá de traer su ropa impecablemente limpia y planchada y zapatos boleados, su único arreglo consistía en un poco de perfume barato y de vez en cuando plancharse el cabello. El resto del tiempo su melena lucía suelta dejando al viento jugar placenteramente con sus rizos.
Era el día de descanso de Florina, y Bernardo le había recordado esa mañana que no iría a comer a casa, pues debía asistir a un seminario médico. Le desagradaba profundamente comer sola, pero comprendía que Bernardo era un médico que luchaba por lograr un prestigio, cosa que se traduciría en una mejor posición económica, y por experiencia propia sabía que eso significaba trabajo y esfuerzo, además de no poder cumplir algunas veces con compromisos familiares. Así que llamó a una de sus mejores amigas, Miranda Landín, y quedaron en verse a las 3:00 en el restaurante favorito de ambas. Miranda tenía cinco años más que Daniela, y habían sido vecinas de niñas, pero mientras Daniela preveía asegurarse un futuro próspero económicamente mediante el estudio, Miranda era una mujer insegura, de quien los miedos hacían presa a cada momento. Al terminar la educación secundaria ambas fueron obligadas por sus padres a buscar trabajo, pues la situación en sus respectivos hogares era de miseria, Daniela trabajó primero como dependienta de una zapatería, aguantando compañeras envidiosas e intrigantes y clientes groseros; después de estudiar un curso brevísimo de computación, probó suerte como secretaria hasta lograr la posición de que gozaba actualmente, por el contrario, Miranda fue durante un breve tiempo demostradora de una sexy línea de lencería, pero el trabajo no estaba en sus planes, era floja y desorganizada en todos los aspectos de su vida. La firma de lencería era solo la fachada para que un tipo sin escrúpulos y ambicioso, pero que las mujeres consideraban irresistiblemente atractivo, utilizara a sus trabajadoras para obtener dinero fácil y rápido. El hombre se interesaba por la mujer, conocía sus necesidades, le ofrecía su ayuda desinteresada, y después de varias conversaciones les invitaba un café o a las más atrevidas un trago, ya al estar más en confianza les proponía un “empleo” en el que pudieran ganar el sueldo que realmente deseaban tener, solo había que bailar sensualmente y desnudarse al ritmo de la música, en lugares donde la mayor concurrencia era de público masculino. Con Miranda el tipo no necesitó poder de convencimiento, ella aceptó de inmediato incorporarse a las filas de bailarinas exóticas, empleo que se negaba a dejar a pesar de que casi a diario recibía de los clientes insultos haciendo alusión a su edad y a su regordete cuerpo, porque de aquella figura firme y curvilínea con la que durante varios años deleito noche tras noche a los borrachos asistentes a las cantinuchas de mala muerte, ya solo quedaba el recuerdo.
Conversaron animadamente, terminada la comida, en los momentos del postre, Daniela le confió ciertos temores a su amiga.
-Estos últimos días no me he sentido bien, quizá sea por el exceso de trabajo o porque no descanso como debiera, durante la noche duermo profundamente pero aún así tengo muchísimo sueño durante el día. Si vieras que por las tardes no quiero regresar al salón, quisiera quedarme en casa a dormir.
-Acude a realizarte un examen médico, -contestó Miranda.- Tal vez estés embarazada.
Ante ese comentario Daniela enmudeció. Eso no estaba previsto aún, cuando Bernardo y ella preparaban su enlace dejaron bien claro que luego de cuatro o cinco años de matrimonio llegarían los hijos. Eso les daría tiempo para adaptarse a su nueva vida juntos y a realizarse profesionalmente, claro. Y siendo Bernardo médico, era sencillo seguir un método de planificación familiar.
-No creo porque…bueno, tanto Bernardo como yo nos estamos cuidando, los hijos llegarán dentro de tres o cuatro años. Es lo que él y yo decidimos.
-Mi querida Daniela, eso no siempre ocurre como uno quisiera. El cuerpo humano es maravilloso, y aunque lleven el mejor método de planificación familiar puede haber fallas. Bernardo como médico lo sabe muy bien.

Durante el trayecto a su casa, no dejó de pensar en lo que Miranda había dicho. Odiaba reconocer que tenía razón, el método podía fallar y ella podría tener dentro de su vientre un frágil trozo de vida.
Se detuvo en una farmacia para comprar una prueba de embarazo.

Continuara...

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