Privadas del Paraiso


CAPITULO I
PASEO DE LA ILUSION

Paseo de la Ilusión número 208. Fraccionamiento Privadas del Paraíso “donde edificar su felicidad nunca antes fue tan placentero” rezaba el slogan de la empresa constructora. Un fraccionamiento nuevo, construido sobre las cenizas de lo que antes fuera la fundidora de acero más importante en el estado, la mayoría de nuevos dueños de ese conjunto habitacional eran matrimonios jóvenes, de un nivel socio-económico medio alto, y por lo regular recién casados y alguno que otro con hijos aún bebés.
Desde la planta alta de la casa se obtenía una agradable vista de los alrededores: tiendas comerciales, restaurantes, las avenidas que rodeaban ese exclusivo sector de la ciudad. Florina, la asistente doméstica, vio estacionarse el auto de Bernardo en la cochera, hizo una desagradable mueca con la boca al topar su mirada con una fotografía donde aparecían Bernardo y Daniela en algún momento feliz de su vida de casados. Siendo sincera, le desagradaba y no lograba comprender que un tipo como Bernardo, atractivo, que se entregaba sin reservas al amor, profesionista en la mejor etapa de su carrera y sin esos horribles vicios que pierden a los hombres y que se llaman alcohol, tabaco y mujeres, se hubiera fijado en una mujercita tan simple como Daniela, cuando existían muchas otras que hubieran podido elevarlo más socialmente. Bernardo, sin duda alguna, era el tipo de hombre que a cualquier mujer le gustaría poder presentar ante su madre. Odiaba esa felicidad, la odiaba porque ella años antes tuvo un matrimonio así: fue el centro de atención de un hombre maravilloso, siempre al pendiente de sus necesidades físicas y emocionales, fueron más que esposos, fueron amigos, socios, cómplices; compartieron la misma profesión. Pero todo lo que construyeron se vino abajo por uno de esos inesperados reveses del destino…
Dejó de lado sus sentimientos, no era el momento para hacerles caso. Bajó a encontrarse con su patrón. Era la 1:45 de la tarde, sabía que Daniela no tardaría en llegar.
-¿Que tal Flor? –Acostumbraba a llamarla por el diminutivo de su nombre y le palmeó cariñosamente los hombros al tiempo que le regalaba una sonrisa amistosa, a la que Florina correspondió.- Huele bien, eso significa que la comida está lista, tengo hambre.
-Todo está listo doctor, solo espere a que llegue la señora Daniela.
Miró el reloj.
-Espero que no demore, mientras voy a ponerme algo cómodo.
Florina lo vio alejarse, en su mirada apareció un brillo, ¿una lágrima quizá? ¿Estaría recordando tiempos felices al lado de ese hombre que tanto se parecía a Bernardo Montañana? Tuvo el impulso de ir tras él, justo en ese instante escuchó cerrarse la puerta principal. Daniela había llegado ya.
-¿Hola Flor, todo bien? –preguntó sin detenerse mientras caminaba hacia la recámara.
-Sí señora, -contestó Florina mirándola sorprendida- Voy a servir la comida.
Daniela entró en su habitación, escuchó a su esposo utilizar el baño, lanzó un suspiro y se recostó. No estaba del todo bien, el día anterior, rió para sus adentros al recordar el incidente, había encontrado, o se imagino encontrar, mejor dicho, al descorrer el edredón de su cama, un gusanejo café, brillante, horrible, de esos que la aterrorizaban en su niñez, cuando en tiempo de lluvia aparecía en su húmeda casa.
-Eso no es posible, en esta casa es nula la posibilidad que esos gusanejos aparezcan, gracias a Dios aquí no prolifera la humedad.
Sonrió que gritó una y otra vez, vino en su ayuda primero Florina y tras ella Bernardo, ella en su ataque de nervios y miedo recordó que sin decir palabra alguna empujó a Florina con tal fuerza hacia el lecho que ésta cayó de rodillas, y Bernardo, quien entraba justo en ese momento, la ayudó a levantarse y ambos buscaron, en todo el lecho primero, el gusanejo objeto de tal hecatombe: quitaron sábanas, dejaron las almohadas sin fundas, voltearon de lado el colchón, en fin. Luego procedieron a mover muebles, quitar cortinas, aspirar la alfombra, etc. Total, al término de esas actividades aquello parecía la ejecución de una orden de cateo. No logró conciliar el sueño, dormía por minutos y se despertaba repentinamente creyendo sentir ese gusano en su piel.
Recordaba cuando era niña no le gustaba la época de lluvia, odiaba su casa húmeda, las paredes sin recubrimiento de ese oscuro y maldito baño que durante los días de lluvia por falta de ventilación tardaban días en secarse. Y el patio trasero. Otro criadero perfecto para los gusanos, las ratas, los sapos y cualquier otra especie que fuera de humedad. Una pequeña selva habitada por árboles y hierbas silvestres que crecían con la lluvia, además había cacharros y muebles viejos por doquier. El piso se convertía en lodazal pues ni siquiera lo recubría una capa de cemento. Recordaba también que esos días se levantaba temprano para ducharse, entraba al baño casi de puntillas, evitando mirar las paredes mohosas y mojadas, pensando en cosas agradables para no ver cuando algún gusanejo apareciera. Al término de la ducha salía corriendo hacia su recámara. A raíz de ese miedo, se prometió a si misma que su próxima casa estaría libre de humedad. Y de plagas indeseables.
-Y cumplí mi promesa, -contestó para sus adentros.- Me ha costado mucho esfuerzo y dinero, pero lo merezco. Tuve muchas carencias, pero hoy tengo las posibilidades de vivir con comodidad.
Tan adentrada estaba en sus recuerdos, que no sintió que Bernardo se recostó a su lado y la abrazó fuertemente. Se volvió sobresaltada a mirarlo.
-Ay! Que susto me has dado. No sentí cuando te acercaste.
-Quien pensaste que era, eh? Un gusano gigante que te atrapa? –su voz estalló en sonoras carcajadas provocando que Daniela sonriera.- Me alegra que la alucinación ya pasó, -se incorporó- Vamos a comer, tengo mucha hambre y Flor preparó cosas deliciosas.
-No, discúlpame, pero no tengo hambre. –volvió a sonreír ante la mueca suplicante de Bernardo- Sabes que anoche no dormí, así que voy a hacerlo ahora. No regresaré por esta tarde al trabajo, además, debo hacer algunas vueltas.
Bernardo se levantó y caminó hacia la puerta.
-Por supuesto, las ventajas de ser el jefe…
Cerró la puerta tras de sí.

Continuara...

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