Los fantasmas de Lola



Llovía a torrenciales.
Sentada a su mesa, frente a la ventana, Lola contemplaba caer la lluvia. Su rostro era una mezcla de decepción, coraje, desesperación y quien sabe cuantas más emociones negativas. Unas horas atrás salió muy contenta de su casa con la seguridad de obtener el empleo que tanto necesitaba. Pero una nunca debe dar las cosas por hechas hasta que ya las tenga en la mano. Llegó a la empresa repartiendo sonrisas, después de todo, aquellas personas ya eran sus compañeros de trabajo y quería llevarse bien con todos. Mientras ella esperaba en la sala, su menta hizo una lista rápida de cómo distribuir el sueldo que le estaba asignado “acabo de solicitar la prórroga en la escuela y se vence hasta el próximo mes, pero la renta y la despensa…”
Aquellos planes se desvanecieron al salir de la oficina de recursos humanos. ¿El motivo? El puesto que le fue ofrecido apenas el día anterior ya era ocupado por otra persona, una recomendada del compadre de uno de los socios. Ni hablar. Dio las gracias amablemente y se retiró, llevándose consigo un profundo sentimiento de impotencia.
La chapa de la puerta necesitaba reparación; miró el pequeño sofá que empezaba a mojarse debido a una gotera que también requería una urgente mano de yeso. Y ni recordar las colegiaturas que debía en la escuela. Su mascota, una linda frenchecita color blanco, ladraba incesantemente, Lola se tapó los oídos con las manos para no escucharla, pero los ladridos se tornaron en un llanto agudo; de repente sintió el impulso de levantarse y arremeter a golpes contra el inocente animalito hasta sacar toda su ira contenida, tal como su madre hizo con ella en su indefensa niñez. Recordó todos esos maltratos e insultos, eso la hizo reaccionar. Observó los ojitos tiernos que la miraban, se veía tan pequeña y frágil, que la tomó entre sus brazos y la acarició. Chispa se tranquilizó.
-Tienes hambre Chispa, ven, vamos a comer.
Ajena a los problemas por los que su ama atravesaba, Chispa se dedicó por completo a su plato de comida.
Lola regresó a su lugar. De su bolso extrajo un estado de cuenta bancario. Su saldo ascendía solo a 1,500.00 pesos; que bien administrados solo le durarían dos semanas a lo sumo. La desesperación hizo presa de ella, a tal grado que se sorprendió llorando. Sabía que no estaba sola, Dan, su único hermano y que residía en la Unión Americana estaba al pendiente de ella y le depositaba una pequeña cantidad al finalizar cada mes. Y que decir de los amigos que en verdad la apreciaban, sabía que contaba con ellos para cualquier cosa, incluso en lo económico.
En el fondo de su corazón, Lola sabía la razón de su enfado: odiaba que le quitaran lo que le pertenecía. Desde niña, su madre dejó en evidencia el odio que sentía por ella cunado con gozo la despojaba de sus objetos más queridos (su ropa preferida, muñecas, fotos, tiliches diversos que para ella eran tesoros) solo para ganarse el cariño de sus sobrinos o para quedar bien con sus vecinas; sin importarle el valor sentimental que aquéllos tuvieran para su hija. Se los quitaba y punto. No se volvía a hablar del tema. Ahora, años después de la muerte de aquella mujer cruel, resonaban en los oídos de Lola el discurso de odio que día tras día le vomitó:
-Dolores, eres tan detestable como tu nombre, caes como golpe en el estómago, por eso estás sola, sin amigos, sin novio…
Tenía tarea académica pendiente para esa tarde, aunque en los últimos días sentía una tristeza enorme inundar su corazón: su amigo, el hombre a quien sentía querer y al que escogió para formar una sociedad exitosa al terminar ambos su carrera, ya no estabas más para ella. Comenzó a poner distancia de por medio, luego, amablemente, le pidió que si necesitaba comunicarle algo lo hiciera fuera de clase y de manera que el resto del grupo no se diera cuenta.
Una nueva estudiante acaparó su interés, y Lola, quien había sido hasta ese momento la amiga incondicional, la compañera perfecta para estudiar, pasó a ocupar un segundo plano en la vida del desdichado intento de estudiante. Lola al advertir esto, decidió luchar por lo que creía y sentía suyo; se jugó el as que guardaba bajo la manga. Y perdió.
Esa noche el sueño huyó de ella. Pensaba en la avalancha de preguntas y comentarios malintencionados que le esperaba al entrar al salón de clase. Su estrategia: actuó como si nada ocurriese, el orgullo evitaría que se quebrara emocionalmente.
Golpeó la mesa con el puño cerrado y con toda la fuerza que fue capaz.
-Quiero aplastarlos a los dos, a él por no importarle mis sentimientos y alejarse después de que gracias a mí obtuvo las calificaciones más altas durante el semestre, y a esa mujercita porque pisotea a los demás para beneficiarse ella. No cabe duda, es como lo menciona aquel pasaje bíblico “en el mundo hay demasiadas zorras destruyendo los viñedos del Señor”.
Se llevó las manos a la cabeza, la migraña iba tornándose más dolorosa. Tomó una decisión.
-Es la segunda vez en una semana que pierdo lo que con trabajo logro conseguir. No hago más que pensar en ello día y noche. Eso no es bueno para mí, me duele la cabeza de tanto darle vueltas y vueltas a lo mismo. Estoy enferma y no puedo continuar así, debo curarme.
Lentamente fue a su recámara, buscó entre sus cosas un libro azul que una amiga le regaló tiempo atrás. Causas metafísicas de las enfermedades. Recordaba haberlo comenzado a leer, sin embargo por falta de tiempo lo confinó en uno de los cajones de su armario. Y era hora de traerlo de vuelta a su vida. Se tumbó sobre la cama, la lluvia se tornaba más fuerte, comenzó a leer el libro. Lentamente el sueño fue haciendo presa de ella.
-los fantasmas de mi pasado se marcharán. Es hora de vivir libre y sana. Sin miedos, sin resentimientos…

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