Ella es importante



Un día más, un día de trabajo igual al de ayer, igual al de un día cualquiera de meses atrás, igual al que será mañana y a cualquier otro que vendrá dentro de algunas semanas.

A Felicia Villagrán su madre le enseño desde niña a ser la mejor en cada cosa que llevase a cabo, y en el trabajo no debía ser la excepción: era una empleada puntual, respetaba a sus jefes y compañeros, les ayudaba desinteresadamente, y se quedaba después de su hora de salida si era necesario; gracias a esto se ganó la confianza y simpatía de sus jefes, quienes al notar ese magnífico potencial no dudaron en asignarle las tareas más importantes y confidenciales. Esto llenaba de orgullo a Felicia, después de todo, era la hija de Altagracia Solero, y el resultado no podía ser el contrario.

A pesar de todas sus cualidades laborales, las últimas semanas no fueron del todo buenas para Felicia, tenía las ganas para continuar superándose académicamente, por lo que se atrevió a solicitarle un aumento de sueldo a su jefe, Dimas Pérez.
-Cuanto es ahorita su sueldo Felicia? –preguntó mientras escudriñaba detenidamente a la joven, ella hizo que no notaba la mirada de ese hombrecillo bajo, moreno, de tupido y desarreglado bigote, hacía tiempo había caído en la cuenta de cuanto asco le inspiraba aquel que era su jefe.
-Mil quinientos pesos por semana, señor.
-Y cuanto quiere usted que se le aumente?
-Me gustaría que se igualara a mil ochocientos pesos por semana.
Silencio. Dimas garabateó algo ilegible en su cuadernillo de notas, arrugaba continuamente la nariz, dejando al descubierto unos amarillentos dientes, producto de tantos años de fumar.
-No creo que se pueda, es demasiado. –dijo sin levantar la vista.
-No si lo vemos desde el punto de que yo prácticamente controlo la oficina entera, aparte de los asuntos personales suyos y de sus hermanos; además de hacerme cargo de la nueva empresa que está por iniciar.
-Aún así, oiga, -replicó el tipo- lo que usted hace son cosas comunes y corrientes, cualquiera lo puede hacer.
Este último comentario hirió el orgullo de Felicia, cada mañana, al vestir su uniforme, una sensación indescriptible la invadía, se sentía importante, creía merecer todo lo que pidiera en su trabajo porque por eso hacía todo bien; no, bien no, lo hacía excelente. Esas palabras de Dimas estaban fuera de lugar.
Felicia mantuvo la sonrisa en su rostro, escuchaba la voz del hombrecillo lejos, deseaba que ya se callara y salir de su oficina ya, no soportaba más el hedor de su transpiración, durante un momento creyó que vomitaría.

En un principio sintió coraje por aquella negativa, pero le pagaban por realizar un trabajo y lo continuaría haciendo con esmero.
Casi eran las 6:00 de la tarde, hora de salir, y su compañera Alexis no había vuelto de la comida, el regreso del personal era a las 3:00.
Timbró el teléfono. Conocía la voz al otro lado de la línea. Era Úrsula, la esposa de Dimas.
-Hola Licy, -Úrsula tan amable como siempre- ¿Me puedes decir si Dimas ya regresó de su junta? Como no vino a comer los niños lo están esperando para cenar.
No tuvo oportunidad Felicia para responder, en ese preciso instante llegó Alexis, con el cabello húmedo, como si acabara de ducharse, detrás de ella entró Dimas, y mientras contestaba la llamada de su esposa en el escritorio de Felicia, algo cayó del bolsillo de su chamarra justo a los pies de Felicia. Ésta se inclinó discretamente para ver que era: el empaque de un condón.
Comenzaba su mente a relacionar las cosas: cada vez que Alexis se retrasaba en volver de la comida, Dimas casualmente tenía una reunión que le impedía ir a comer a su casa, con su esposa e hijos. Supo que a su compañera le autorizaron un aumento y que éste era incluso superior a la cantidad que ella había pedido a Dimas. Se preguntó muchas veces como lo consiguió si era solo la telefonista de la recepción.

Las cosas transcurrieron con normalidad en aquella oficina.
Una tarde, Dimas y Alexis “coincidieron” en cierto hotel de paso. En la acera del frente, un taxi se estacionó después de entrar la pareja. Rato después el pasajero miró el reloj: habían transcurrido más de dos horas. Que horror!! Lo que tiene que aguantar una para “ganar” un buen sueldo sin gastarse tanto en el trabajo. Ojo. Alguien sale. Son ellos. El pasajero alista su cámara y flash!! Logra captar emotivas escenas. Le hace una seña al taxista. Va en camino a casa. Acaricia la cámara. La aprieta contra su pecho, en ese momento es su más preciado tesoro.

Días después, Felicia se sorprendió cuando de repente Alexis dejó de asistir al trabajo. “Amanecí enferma, mañana me presento” les hubo dicho en un principio, pero conforme pasaban los días y no se presentaba, Felicia la telefoneó, “pedí algunos días de vacaciones, estoy convaleciente aún”.

No fue sino hasta pasadas dos semanas que Felicia escuchó en el comedor la plática de otras compañeras:
-Úrsula puso en su lugar a esa Alexis sin perder el glamour, imagínate la vergüenza que debió pasar la muy golfa cuando la esposa de Dimas exhibió las fotos delante de todos los trabajadores donde aparece ella con “su jefecito” entrando o saliendo de un hotelucho…digo, si es que tiene vergüenza…
-En el vocabulario de las facilisas esa palabra no existe. –agregó la señora de la limpieza.
-Sí, debe ser feo que te exhiban delante de tus compañeros, y que bueno que la “salieron”, -se apresuró a decir Juany, una auxiliar de contabilidad- tuve problemas con mi novio por sus coqueteos, a leguas se notaba que solo buscaba a quien enredar para sacarle dinero…
-Pobrecito Dimas, tampoco la está pasando bien, tanto que se levantaba el cuello con “su empresa”, humillando a la gente, sintiéndose superior a los demás y resulta ser que la verdadera dueña es Úrsula. A él no le pertenece ni un centavo de todo el dinero que se maneja en esta compañía. No cabe duda que aunque el mono se vista de seda… muerto de hambre se queda, ja, ja, ja…
Felicia se quedó pensativa. Minutos después su rostro se iluminó con una sonrisa.

Comentarios

Entradas populares