Soy a quien quisiste destruir


Capitulo IV

Niñez.
Una casa con techo de lámina. Ahí transcurrió su infancia y la mayor parte de su vida. Las paredes exteriores mostraban una pintura desgastada por el calor del sol y la humedad. En el interior, una descolorida pintura que en su tiempo fue rosa mexicano ahora estaba cayéndose, dejando ver bajo ella un color verde pistache. Ambas paredes conservaban vestigios de que en un tiempo pendían de ellas fotografías o adornos, pues los hoyos en ellas eran demasiado evidentes.
Las bombillas eléctricas eran de bajo voltaje, de manera que la luz amarillenta y el piso cubierto con mosaico viejo color ladrillo le daban una apariencia fantasmal. Un trapo viejo y agujerado la hacía de cortina en la ventana de la sala, donde se hallaban dos sillones desgastados, sucios e inservibles, un tocador de madera al que casi nunca le sacudían el polvo y el espejo tenía fijada una mancha de laca para el cabello. La comodita infantil de las niñas tenía la puerta caída, y pintada sobre ésta, una simpática perrita rodeada de coloridas flores.
La recámara era una sola para todos; la cama individual era para papás y la matrimonial era ocupada por las niñas. El colchón era demasiado blando y viejo, se sentían los alambres de los resortes. En invierno las colchas no eran suficientes para mitigar el frío de la madrugada, y en verano el calor convertía aquellos cuartos en un verdadero horno.
Una mesa de metal ya deformada por el uso, oxidada y pintada sabrá Dios cuantas veces, era ocupada para todo trabajo y la que servía de comedor al mismo tiempo, y cuatro sillas con las patas dobladas; quien se sentara tenía que hacerlo con mucho cuidado porque se arriesgaban a caerse. En la estufa solo dos mechas servían y el horno apestaba a rata, la plaga de estos animales era continua por más veneno que se les pusiera en la comida.
El olor a aceite requemado inundaba el ambiente, Hermila no fue afortunada en el arte de cocinar, pero lo poco que sabía al menos era digerible. Un enorme hueco a medio terminar en la pared de la cocina era la ventana. Ésta era cubierta por otro trapo manchado de grasa y con algunos agujeros como el de la sala.
Al comenzar a anochecer, únicamente la bombilla de la cocina permanecía encendida, no podían darse el lujo de gastar luz de más.
El patio estaba descuidado, crecían los carrizos, una frondosa higuera daba su sombra y frescor en verano, y la lluvia convertía en fango líquido el piso de tierra. Un excelente caldo de cultivo para hierba silvestre, zancudos, mosquitos, y gusanos. Igual ocurría cuando lavaban y secaban la ropa en las sogas.
La lluvia también causaba estragos dentro de aquella casa, pues las láminas que servían de techo ya estaban carcomidas por las inclemencias del tiempo. Era difícil distinguir si al llover se mojaba más adentro que afuera.

Cuando se es niño no se entienden muchas cosas, igual se preguntan pero no se obtienen respuestas. Emilia no entendía por qué por más logros que obtuviera, a su madre nunca se le veía contenta. No se alegraba, al contrario, pareciera que disfrutara escupiendo veneno; criticando, ridiculizando a su hija. Siempre comparándola con la prima Hilda, o con la prima Mary, por quien Hermila sentía una gran debilidad, y un gran orgullo.

Y a pesar de esto Emilia continúo cosechando buenas notas en la escuela. Al llegar a casa después de la acostumbrada ceremonia de graduación de la educación elemental, la niña dejó sobre el sofá el sobre con sus documentos escolares, lo que provocó la furia de la madre.
-Emilia, huerca condenada, ven para acá. Mira –señaló el sillón- ¿así es como cuidas tus cosas? –estiró la mano y tomó a Emilia por el cabello, arrastrándola hasta dejarla frente al objeto de su ira- No mereces lo que uno gasta en ti, -la arrojó sobre los documentos, la niña se levantó y encarándola, aunque con miedo, le contestó:
-Yo no te pedí nada, ni tampoco tengo la culpa que vivas enojada siempre. ¿Crees que no me di cuenta? Cuando las mamás de mis amigas platicaban contigo se notaba tu cara larga, todas ellas festejando, riéndose, nomás tú parecía que estabas velando un muerto.
-Aparte de malagradecida eres grosera. –Agarró el sobre y lo arrojó a los pies de Emilia- A pesar de esos papeles no eres nada. –gritó- No eres nadie. Y maldigo la hora en que te traje al mundo. ¿Me escuchas, desgraciada? ¿Me entiendes? No eres nadie y nunca lo serás!
Emilia estrechó el sobre contra sí. Y respondió con la ingenuidad de sus once años:
-No tengo la culpa que siempre estés de mal humor.
Dicho esto se retiró, Hermila con llanto en los ojos se dejó caer sobre el sillón.
-“Mami, yo no puedo sola con estas escuinclas. Son unas malagradecidas, me pasó jodiéndome todo el méndigo día para traerles de tragar y esto es lo que obtengo de ellas, desobediencia, altanería; sobre todo de Emilia, en quien cifré todas mis esperanzas de que nos saque adelante; pero no será así. Ay mami! Lástima que ya no estés, sino yo dejaría todo este infierno y me iría contigo….”
Oyendo todo ese “raro” monólogo, tras la puerta estaban Mónica e Irene, las otras hijas de Hermila.
-No entiendo por qué llora mamá.
-¿No escuchaste decir que extraña a la abuela? –respondió Mónica- por eso está triste.
-Casi no escucho lo que dice, habla muy bajito. –risitas burlonas.
-Shhhh!, cállate o nos va a escuchar y entonces nos dará una zurra.




Continuará...

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