Soy a quien quisiste destruir


Capitulo I


Emilia.
Hacía frío. El viento soplaba incesantemente haciendo bailar en el suelo las hojas secas de los árboles. Era finales de Octubre, días antes de la celebración de los fieles difuntos.
El reloj marcaba casi las 5:00 de la tarde, los visitantes poco a poco iban abandonando el cementerio, el sol empezaba a ocultarse y el ambiente se antojaba propicio para la filmación de una clásica cinta de terror.
Emilia detuvo su andar antes de llegar a la cripta: especialmente la que ella buscaba se hallaba rodeada de hierbajos, con basura anidada en éstos, tal pareciera que durante años nadie se encargase de acudir a limpiarla. Lanzó unos insultos al aire, raro en ella que por su profesión cuidaba su forma de hablar, pero en aquel momento necesitaba sacar todas las sensaciones que invadían tanto su cerebro como su corazón. De no hacerlo terminaría rompiendo o estropeando los costosos objetos que decoraban su casa.
No quería acercarse, tenía una sensación de remordimiento, pues desde que murió su madre, 17 años atrás, ni una sola vez acudió a realizar los rituales con que se les honran a los muertos. Siempre eran sus tías, las hermanas de la difunta, quienes hacían acto de presencia en el camposanto en fechas importantes tales como su cumpleaños, el día de las madres o el día de los fieles difuntos. Y debido a esta situación sus tías no perdían oportunidad de echarle en cara su indiferencia. Y para evitarse disgustos o para no decirse cosas hirientes, Emilia optó por alejarse sutilmente de su parentela. Es verdad, reconocía que ni siquiera se acordaba de dedicarle una oración a su madre, mucho menos perdería su valioso tiempo llevándole flores a una fosa de cemento.
Pero ese día era distinto. Consideró un deber ir a darle gracias a su madre.
Después de algunos minutos se acercó, consiente que disponía de poco tiempo para aquella visita.
Despectiva y arrogante como era, (herencia de su mamá, desde luego, quien la enseñó que la gente vale por lo material que tiene, no por los sentimientos), un gesto de asco se le dibujó en el rostro, extendió la mano para quitar un poco el polvo que cubría el nombre en la grisácea placa, no deseaba ensuciar su costoso abrigo. Una mueca mezcla de ¿venganza? ¿odio? ¿triunfo tal vez? apareció en sus rosados labios.
-Me siento extraña al estar aquí, pero será la única vez, te lo aseguro. No estuviera yo aquí si no fuera importante lo que tengo que decirte.
Le importó poco mancharse la inmaculada ropa de polvo, se sentó sobre la fría plancha.
Su memoria retrocedió en el tiempo.

Continuará...

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