Ladrón de tu amor


Capítulo II

Ambos vivían en una colonia popular, de clase media baja.
Veía a Isela casi a diario en las mañanas cuando ella esperaba el autobús en la parada y él pasaba en su auto rumbo al trabajo. No era común en un barrio como aquel ver a una mujer enfundada en traje ejecutivo y zapatos cuidadosamente limpios. Ignoraba cual era su casa, pero eso no tenía la menor importancia, ya se las ingeniaría para averiguarlo. Sería hasta un domingo por la mañana cuando unos jóvenes pasaron haciendo tremendo escándalo y despertó, se asomó por la ventana que daba al patio y vio a su vecina tendiendo la ropa. Apenas si el reloj marcaría las 10:00 de la mañana. Demasiado temprano aún para él. Observó detenidamente. Aquella mujer le parecía conocida.
-Claro –exclamó- es ella. La guapa de la parada. Ya sabía yo que te encontraría pequeña.
De alguna manera le alegró saber que eran vecinos. Sus casas estaban separadas por una angosta callecita, colindando los patios traseros. La ventana del dormitorio de Daniel coincidía con la de ella, quien siempre tenía descorridas las cortinas. Una noche Isela había llegado un poco más tarde de lo normal, y quizá pensando que por ser de madrugada el vecindario estaría durmiendo, al desvestirse no cerró las cortinas. Daniel salía del baño e inesperadamente posó la mirada en su desnudez. No podía apartar la vista de esas tetas firmes, del suave movimiento de éstas, la cintura marcada por tanto tiempo de usar prendas ajustadas. Esas piernas cortitas se le antojaba tenerlas enredadas a su cuerpo........
Después de esa noche se hizo costumbre el observarla a través de la ventana. Tumbado en la cama, esperaba en la oscuridad hasta que ella encendía la luz y entonces se levantaba a admirarla; ignorando que era observada, la mujer empezaba por arrojar la falda, la blusa y por último el sostén, dejando respirar sus encantos. Daniel maldijo que no usara medias, eso la hubiera hecho lucir más sensual, pero no podía quejarse, aquel par de senos era una vista exquisita. Rogaba al cielo no ser descubierto, si lo hacía nunca más volvería a sentirse en el cielo con aquella diosa.
-Las cortinas las cierra hasta que se va, entonces… por la mañana………..…..
A la mañana siguiente la veía salir de la ducha con el cabello empapado, secarse con la toalla y luego untarse aceite por todo el cuerpo, su sexo oculto tras una tupida mata de vello oscuro. Lo más excitante era verla ponerse el brassiere y acomodar sus magníficas tetas en él.
No podía apartar aquellas imágenes de su mente, se estaba obsesionando con aquella mujer, y sabía que eso podía ocasionarle problemas. Intentó de nuevo acercarse a ella, pero fue rechazado.
Semanas después, una noche al volver a casa, Isela descendió del autobús, perdió pisada y cayó. Daniel se acercó a prestarle auxilio, Isela se comportó amable con él, le agradeció el gesto. Era la oportunidad que Daniel había estado esperando, por coincidencias del destino tenía su auto estacionado en la parada del autobús y le ofreció llevarla a casa, ella aceptó, tranquilamente abordó el auto, y antes de que se comenzara la marcha reaccionó y quiso bajarse, cosa que Daniel no estaba dispuesto a consentir.
-Sabes,,,,, mejor me voy caminando. No quiero molestarte.
-No me molestas, -la sujetó por el brazo, presionando firme pero sin lastimarla- no puedes apoyar bien el pie, te dolerá. Y aparte tu casa está un poco retirada.
-De verdad, tu tendrás otras cosas que hacer y yo…..
-Quiero hacer esto por ti, déjame hacerlo.
La mujer comenzó a alzar la voz y a buscar desesperadamente abrir la puerta. Sin perder tiempo, Daniel tomó un frasco de cloroformo que llevaba guardado en la guantera del auto, empapó un trozo de algodón, el forcejo duró unos momentos pero al fin logró dominarla y el anestésico cumplió su función.
Ya tenía a su presa y no iba a dejarla escapar.
-Lo siento palomita, pero me costó mucho trabajo que entraras en la jaula como para dejarte volar.


Continuará……

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