Árbol de Limón

Aburrida. Sentada a la mesa de mi blanca e inmaculada cocina en una soleada pero helada tarde de principio de noviembre. Mi café está caliente, pero no logra mitigar el frío que siento no por la temperatura, sino por la nostalgia de mis recuerdos. Es curioso como el dinero le cambia a uno la vida. La mayor parte de las veces cuando nos falta y de repente tenemos aunque sea un poco nos duele gastarlo; cayendo así en la avaricia.

Mi niñez transcurrió en la miseria, recuerdo que a veces no había ni para comer. Una vecina la mayor parte de las veces nos regalaba pasta y tortillas. Mi casa era la imagen de la miseria total: el techo era de lámina, con goteras la mayor parte, la puerta trasera no cerraba bien y había que atrancarla con un palo en la cerradura. Carecíamos de energía eléctrica, cocinábamos en una estufa de petróleo, pues el suministro de gas fue cortado porque no había para pagar. Aun así mis 2 hermanas y yo terminamos la educación secundaria. Eso garantizaba al menos conseguir un empleo mejor pagado y por consiguiente mejorar el nivel de vida.

Y así fue.

Cada una de nosotras logró su objetivo, en el trayecto mis padres murieron pero eso no nos detuvo ni mermó nuestro interés en superarnos profesionalmente.
Terminé la carrera de Administración de Empresas y comencé a trabajar en un imperio hotelero. Dos años después conocí a un interesante médico con quien me casé.

Podría decirse que soy feliz, tengo dinero suficiente para vivir sin preocupaciones el resto de mi vida, poseo una casa hermosa con todas las comodidades y asistentes que me ayudan en las tareas domésticas, me fascina mi trabajo y cada día lo realizo con el mismo amor y entrega que cuando comencé en él. Sin embargo algo falta. Algo que dentro de toda la miseria es lo único que echo de menos: aquellas tardes de octubre en el patio trasero de la casa. Tardes frías en las que jugábamos sin cansarnos en el columpio que mi padre nos hizo en los árboles de limón que había plantados. Como nos divertía la sensación de volar y que al mismo tiempo cayeran sobre nosotras las hojas secas del árbol junto con su jugoso fruto! El suelo estaba cubierto de hojas secas, era relajante escucharlas crujir bajo los pies.

Miro por la ventana deseando ver en mi patio aquel viejo y fuerte árbol esperándome como se espera a un amigo. Fructífero. Siempre verde. Siempre fresco. Árbol de limón.

Comentarios

Entradas populares