Desesperado Alivio


La peor manera de extrañar a alguien es tenerlo cerca y no poder hablarle.
Y soy un ejemplo vivo de ello.

Por más que me esforcé porque nuestra historia no tuviera final mi esfuerzo no dió fruto: te marchaste de mi casa sin decir una sola palabra. Y lo hiciste como un ladrón, aprovechando que yo estaría varios días fuera de la ciudad. Cual fue mi sorpresa al llegar y encontrar un inusual silencio esperándome. La bolsa de basura aun permanecía en la entrada del jardín. Abrí la puerta. La casa vacía. Sentí un frío de muerte recorrer mi espalda. Dejé la maleta en la sala, caminé hacia la cocina y ví que las cosas estaban tal como yo las dejé antes de partir: la tetera sobre la hornilla de la estufa, los trastes limpios en el escurridor, el periódico de la semana anterior sobre la mesa; claro que ahora todo estaba cubierto de una fina capa de polvo. Había hojas secas y basura acumulada en el patio trasero. Señal de abandono total. Volví mis pasos y llegué hasta nuestra recámara. Todo estaba limpio y en orden tal como lo había yo dejado esa cálida mañana de agosto. Pero no, algo no encajaba en el ambiente. De repente mis ojos se clavaron en el espejo del tocador y entendí: encaminé mis pasos al closet y al abrirlo me dí cuenta que faltaba tu ropa. Tus artículos de aseo y lociones no estaban en el baño, ni tampoco tu computadora en el espacio que adecuamos para estudio.
La noche anterior a mi viaje no viniste a dormir, bueno, en los pocos meses que estuvimos juntos fueron pocos los días que coincidimos en casa, la mayor parte del tiempo yo estaba sola, mi única compañía era ese bebé que a escasos 3 meses de concebido decidió no nacer.

Fueron los meses mas desesperantes de mi vida, nunca sabrás la rabia que sentí cada vez que me dejaste esperando por ti con el plato servido y terminaba comiendo sola. O cuando en mis revisiones médicas quedabas de alcanzarme en el consultorio y nunca llegabas. Y que decir de cada fin de semana que asistías a reuniones con tus amigos en vez de gastar tu tiempo con nosotros. Tampoco sabrás la tristeza que me invadía cuando yo te abrazaba y tu no querías sentirme, ni escucharme siquiera. Recuerdo una noche de tormenta, que asustada corrí a tu recámara y me metí en tu cama para abrazarte, a lo que obtuve como respuesta que me apartaras bruscamente de tu lado.

Sé que las cosas a la fuerza no se dan, pero tú aceptaste pagar un precio por guardar las buenas costumbres frente a la sociedad.
Ayer fue tu cumpleaños, me hubiera gustado compartir contigo esos momentos de alegría, aunque se que me consideras una cadena muy pesada para tu ascendente carrera. Y la verdad es que estás casado con la política. Con ella no necesitas ni amigos ni familia.

En los diarios de hoy ví tu fotografía junto con tus compañeros de partido, celebrando en algún elegante bar tu 39 aniversario. Te veías esplendorosamente apuesto, con esa sonrisa que tanto me gusta pero que también puso mi organizado mundo de cabeza. Y ahora que lo veo, a mí nunca me llevaste a ningún sitio de ese tipo. Preferías llegar a casa con comida preparada cuando teníamos algo que celebrar.

Me senté sobre la cama, suspiré profundo al tiempo que pensé:
“Ya todo terminó”.
Fue algo raro. No sentí ganas de llorar. Al contrario, sentí un gran alivio.

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