Todo hubiera sido tan sencillo



Capítulo II
Alíber.

Los rayos del sol se filtraron por la ventana e hirieron sus ojos, palpó el otro lado de la cama y no sintió a su mujer.
-Esa terquedad por continuar trabajando, si ya no tiene ninguna necesidad. Sabe que mis recursos están a su disposición en el momento que lo desee. Pero no. Se conforma con ser una empleada más en una fábrica de refrigeradores. Al diablo con eso!
No tenía ganas esa mañana de acudir a la empresa. Su empresa. Y de Raquel también, por supuesto. Ella concibió la idea, la dibujó en su mente y la plasmó sobre papel. Por ella aquel despachito humilde en que comenzaron los dos a ganarse la vida por medio de sus diseños, había cobrado prestigio a base del esfuerzo de ambos. Fue su esposa quien lo convenció de invertir todo su capital en ese sueño. Lo contagió con su entusiasmo. El cerebro de la empresa pudo haberse disuelto, pero su presencia estaría ahí siempre, en cada detalle, en cada rincón. Sin saber por qué sentía una extraña necesidad de quedarse en casa. La recorrió como si fuese la primera vez que entrase en ella. Se encontró de pronto ante aquella habitación. Giró el picaporte cuidadosamente. Aquel cuarto lo mantenía cerrado con llave desde que Raquel se marchara de su casa y de su vida. Sabía perfectamente cuanto tiempo había transcurrido desde aquel fatídico día.
Tan pronto como ella partió, sus cosas fueron trasladadas a la habitación que estaba destinada a los huéspedes. Su ropa, cosméticos, objetos personales, libros, la música que ella coleccionó y que fue una de sus pasiones, sus escritos, todo ahora yacía abandonado y cubierto de polvo. Su antigüa habitación, la alcoba nupcial, pertenecía a la nueva mujer de Áliber, y ninguno de los dos experimentaban el más mínimo remordimiento al estar haciendo el amor en la misma cama en que durmió su legítima esposa.
Aquella cajita atrajo su atención. La abrió y la bailarina comenzó a dar vueltas al ritmo de una música de piano. Reconoció la pieza: “Balada para Adelina” de Richard Clayderman. Una de las piezas favoritas de Raquel. Como hipnotizado iba y venía de la habitación. Un impulso lo llevó a abrir el cajón del escritorio, y un escalofrío recorrió su espalda. Tomó el cuaderno, comenzó a hojearlo y fue como si Raquel estuviera ahí; recordaba desde el momento en que se conocieron, la camaradería que surgió inmediatamente entre ellos, la confianza absoluta que tuvieron el uno con el otro. Todo era perfecto. Luego su matrimonio. Cinco maravillosos años compartidos. No había hijos ya que ambos acordaron tener una estabilidad psicológica y económica para poder enfrentar ese nuevo papel. Los recuerdos vinieron a su mente uno tras otro, provocando su sonrisa. Raquel fue la esposa perfecta en todos los sentidos: intelectual, sexual, profesional. Fijó la vista en el cuaderno: las lágrimas le nublaron la visión. Leyó despacio los versículos tomados de la Biblia, Raquel se tomó el trabajo de escribir a mano tan sabios consejos. Uno al comienzo de cada hoja. Ese fue el regalo de ella para él en su último cumpleaños. Bueno, el último que pasaron juntos. Casi un año atrás. Abrazó el cuaderno contra su pecho y dejó al llanto escapar de sus ojos.
-Las cosas no tenían porque haber terminado de ese modo, Raquel. Yo te amé. Y te extraño. No tienes idea de cuanto te extraño.
Continuará.....
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